Caprichoso aquel que caminaba a cara cubierta frente al viento. No debía ser visto, corría peligro. Por tal motivo este para nada vagabundo destinó sus pasos por senderos traicioneros para viajeros inexpertos donde el mal y la muerte se esconden y espían en cada esquina. No, pero eso no iba a detenerlo, nunca jamás. Había sido comandado, por un suspiro, por una corazonada. Debía continuar, nunca retroceder, probarse a si mismo al destino de unas letras perdidas.
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