lunes, 31 de octubre de 2011

Estimado Lector

Necesito que comprenda, estimado lector, ciertas reglas -no tan reglas- que estructuran las líneas de mis relatos, incluso de los más verídicos. Hay una música que todo lo abraza. Hay tonos y semi tonos, que le dan coherencia a sucesos que a simple vista nada tienen que ver. Hay notas al pie y al margen, para que siga conmigo mientras escribo. Ese repiqueteo pum tum pum es un compás, para que puedan mantener el ritmo de mi proza.

Me gusta pensar, y de tal forma entender, que la armonía proviene de la naturaleza del silencio. Como hace no mucho tiempo expliqué, un visionario que escribía sus memorias usaba un Cronógrafo para captar los gritos del mundo y transformarlos en tiempo. No es casualidad que así sea, un hecho meramente atemporal, sin comienzo ni final, bajado a la realidad del hombre para ser traducido en detalle, al final de cuentas, la historia viva de la palabra no hablada.

Todo lo que digo puedo ser comprobado y verificado, para que vean que más allá de mis cuentos, algunas leyendas, hasta ciertas fábulas que he compuesto, no todas son inventadas y muchas de ellas guardan celosamente una verdad que pocos tienen la habilidad de observar (diría yo, un don de los nacidos bajo la luna de Piscis). 

Sígame con la imaginación, en esta pradera verde de noche estrellada. Recuéstese en el pasto y mire hacía el Cielo. Allí en lo alto, miles de brillantes puntitos titilan difusos, semifusos, llenos y vacíos. Estire el brazo, delicadamente por favor, y usándolo a modo de pincel dibuje suaves líneas en la profundidad de la negrura, cinco para ser específicos, cinco líneas paralelas que en la lingüística que conocemos recibe el nombre de pentagrama. Ahora bien, es momento de dejarse llevar, observar la partitura, completada por mágicas notas que consuman la música de la cual les hablé. Si somos pacientes, veremos la luna pasar por el bastidor invisible, y Solfeo orgulloso sonríe desde algún lado, dando comienazo a esta orquesta primaveral.

Sean en paz, en la quietud de la fantasía que todo lo logra. Hay una melodía, con ritmo y canto, de miles de años que nos trae el tiempo; lástima que no tienen un Cronógrafo como el visionario para dar detalle de las historias que contiene. Yo si tengo uno, y si me tienen paciencia, voy a contarles incontables leyendas, todas aquellas que pueda traducir, de la naturaleza y la palabra no escrita.

Para ustedes, con placer.

jueves, 27 de octubre de 2011

Voy a escribir solo para mí porque a nadie le interesa tomarse cinco minutos en un texto de mas de dos oraciones.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Creo que estoy deprimido. No se, yo siempre fui anti depresión.

El Cronógrafo

Su alma había sido atada al campanario por los siglos de los siglos hasta que el tiempo se detenga. Desde la cúpula del gran reloj, el visionario analizaba el pasar de las edades anotando todo cuanto detalle sus ojos pudiesen observar. Sus memorias no eran mas que una leyenda, la misma que le daba sentido a la vida, al menos en su percepción, la descripción mas fiel de un punto de vista neutral a los sucesos que nacían y perecían bajo las nubes del Cielo. 

Para lograr llevar adelante su tarea y vocación, contaba de la ayuda de un artefacto que el mismo había creado mediante el poder de la imaginación. Allí en el monumento donde residía, escribía sin parar al compás de la música de un inmenso e imponente Cronógrafo. Así le había puesto, así lo había denominado. Un Cronógrafo; cuya palabra le daba la dulzura necesaria a la fuerza del significado. De base cuspidoimitoide y con tres manivelas (una en cada triángulo), veintiocho teclas negras y blancas se superponían a la armonía de un gran tazón platinoide circular. Apuntado al horizonte, el cronógrafo captaba los acordes de la naturaleza. Desde la percusión de los truenos hasta los invisibles flautistas que se esconden en los vientos, o descubriendo las tormentas con su aporte xilofónico de las gotas de lluvia, cada corchea de la tierra llegaba hasta el Cronógrafo el cual absorbía cada nota transformándolas en una suave música atemporal, pero que de atemporal, nada tenía.

martes, 25 de octubre de 2011

La Culpa Mentirosa

En mis bolsillos guardo adivinanzas de todos los lados del mundo, y en mi cabeza escondo sus respuestas. Es que no llegue hasta estas tablas en un teatro colmado para que me vean admitir una culpa mentirosa; y se que en la inocencia no creen, por lo tanto son mis palabras las únicas que guardan la esperanza a la cual me aferro y no me suelto.

Aquella tarde del sesenta y tres yo no era más que un pequeño más entre muchos. Se los repito para que lo tengan en claro. Si no les alcanza con observar dentro de mis ojos, quizás estén dispuestos a que les abra el corazón. Yo no tenía mas de diez y siete cuando la ví por primera vez, en un abrir y cerrar me escondí detrás del Ciruelo. Era de noche y ya se me hacía tarde para llegar en horario a la cena, me apuraba puesto que de no estar sentado en la mesa a las ocho en punto (con mis manos limpias, sin indicios de tierra bajo las uñas) entonces mi padre me daría una dura lección con su cinturón. Pero en aquel ocaso, mientras juntaba mis tijeras y quitaba mis guantes, la vi apoyada en la ventana, cerrando unas cortinas de seda blanca, finísimas que no lograban ocultar esas curvas de ensueño.

Si, he estado ahí ese día. ¿Pero es que eso me hace culpable? Odio la palabra culpable, casi tanto como la de cobarde. Era nada más que un polluelo, hipnotizado jardinero que se congela ante la belleza de una hembra desnuda disfrutando de un cálido baño perfumado, piel lechosa y cabellos de oro encandilante. Jamás la olvidaré, no podría, su figura caló ondo en mi memoria. Pero a su vez juro que yo no tuve nada que ver con lo que sucedió a continuación. Parado en silencio, un joven jardinero estupefacto por el deseo carnal dejó caer la podadora como quien no se presta a mantener la mandíbula en su lugar.

Y me escuchó. No recuerdo si logró verme o no, solo admito haber soltado todo y correr con la velocidad del viento a mis espaldas como si hubiese visto un fantasma. Perder mi oficio por perverso y fisgón era peor que llegar tarde a la cena familiar, por lo cual huí despavorido dejando mis herramientas atrás. Mi familia puede afirmar que aquella noche mi silla no quedó vacía y aunque sin apetito, terminé mi comida educadamente.

No entiendo que sucedió después; es injusto que me acusen a mí. Pero en esta obra soy el sospechoso, el apuntado por esos índices afilados y me animaría a arriesgar que aquel que intenta darme muerte no lo hará de frente, sino por la espalda, detrás del telón, cuando todos estén aplaudiendo de pie mi inocencia.

Tengan piedad, se los ruego.

viernes, 21 de octubre de 2011

De Mala Suerte

No quiero sonar fabulero ni tampoco que me acusen de mentiroso. En primer término, la palabra inventor no suena a insulto pero dicha fuera de contexto seguramente me generaría rechazo y una molestia (por lo cual no se aplica). Es que la leyenda que les traigo a continuación no es propia y ciertamente verdadera, como bien lo explican los textos encontrados después del terremoto, que dan cuenta de que lo sucedido es real. Y créanme cuando les digo que he pasado por penas y penurias para dar con esta historia, pero el relato de como llegué hasta allí lo guardo solamente para mi mismo, dulce tesoro bien ganado y fuertemente celado. Sin embargo aquí estoy ahora, de frente a ustedes, y he prometido una memoria no propia pero que da testimonio de un hecho que realmente ocurrió (aunque depende de ustedes creer o no) y que ahora me dispongo a narrar.

Hace ya incontables eternidades atrás, cuando los pueblos se veían obligados a vagar por lo ancho y lo largo del mundo (sin siquiera conocer un tercio de él), por causas divinas que prefiero omitir, un hombre fue confinado a la tristeza de la soledad, a vivir en un agujero profundo muy profundo, dónde no llegaba la luz de las estrellas y donde el aire apenas le dejaba respirar. Allí, en un pequeño cuarto circular, este desdichado se vió obligado a escribir sobre la mala suerte. En un principio, comenzó con su propia mala suerte, el cómo y el porqué de su abstracción del mundo terrenal, sus aciertos y sus errores. 

Con el paso de los años, de las décadas, de los siglos y los milenios, ya no le quedaron más gajos de su alma que descubrir. Como cuenta la propia búsqueda de nuevos caminos, cuando recién los hombres se reunían allí en la superficie para crear inmensas ciudades gracias a la memoria colectiva, fue que este prisionero decidió destinar su pluma entintada a la mala suerte de los demás, de aquellos que vivían en compañía y no en soledad como él. 

El mundo descubrió en su ignorancia una nueva era terrenal. Las grandes cosmópolis creadas hasta entonces se veían destruidas por montañas que escupían fuego y terror. Los mares devoraban las costas persiguiendo a los pescadores y sus familias. La tierra supuraba mala suerte, temblaba ante el llanto de los suyos que en vano le pedían a sus dioses por misericordia y ayuda. Aquellos que no caían por la infortunio de una mala cosecha debían verse obligados a huir de la peste que se cargaba a todo cuanto podía. Eran tiempos terribles, dónde la humanidad comprendió la impuntualidad de la palabra catástrofe.

Y allí en su profundidad dónde no existía día o noche, un hombre escribía sin parar sobre la mala suerte de los demás. Tantas ideas soltó en aquel primer tiempo que decidió racionar desgracias para dedicarse a detalles menores. Con el correr de los inviernos pulió su letra y ya no describía ríos envenenados o dioses que en su enojo le ordenaban a la lluvia esperar. Ahora, en cambio, su deber se centraba en la relación del hombre con la mujer.

La mala suerte del amor comenzó en aquel lugar, en esa mesa redonda y pequeña, de la mano de este sin nombre que velaba por el destino y el azar, dándole equilibrio a la canción de la vida. Con el correr del reloj inmortal se dió cuenta de algo mágico que unía los cataclismos que separaban pueblos con simples desgracias como nombrar al esposo por el nombre del amante.

En todos los casos, todos y sin excepción, la mala suerte comprendía una anécdota que abría nuevas puertas a caminos desconocidos. Caminos que, sin mencionar, llevaban a buen puerto (si es que acaso la sugestión del hechicero de la desdicha no había destruido ya), el de enfrentar la adversidad y vencerla.
Me absorvió la noche y por más que lo intente, jamás podré pegar un ojo. Insomnio que me acechas desde las sombras en esta lúgubre luz, te juego al ajedrez, cuento hasta tres y cuando menos lo esperes te hago una de judo, cuatro de kung fu y gancho al mentón para levantar los brazos triunfante y victorioso.

No, maldición, eres de acero. Mi mejor golpe de nada sirvió. Quizás con una pastilla te pueda vencer, o no. Contemos ovejas, soñemos despiertos, tres fogatas y un compás de rock n roll.

Denme una receta mágica, por favor (o un par de pechos donde reposar mi cabeza).

jueves, 20 de octubre de 2011

Si Subo Abajo

Si subo abajo entonces jamas podré llegar a la derecha. La solución sería cambiar de dirección hacia la izquierda para continuar por la paralela que me deja en la diagonal (sin descender porque sino me perdería otra vez). Entonces de ahí seguir por la perpendicular, hacer un semicirculo completo y continuar por el camino de arboles sin perder nunca la orientación, importante este ultimo dato y para lo cual me he tomado el trabajo de marcar con tiza el destino de mi andar.

Una vez llegada a la rotonda podría tomarme cinco minutos de descanso, quizás beber un poco de agua y resolver algunas adivinanzas de mi libro, las que el tiempo me permita. Pero basta de relajarse que aún queda bastante por delante. Siguiendo este curso, debería subir cuatro escaleras de trecientos cuarenta y tres escalones, dos hacia abajo y cinco hacia arriba, cruzar una puerta (que debería estar abierta, a menos que solo busque problemas) y mirar el suelo buscando la próxima respuesta. Allí habría de encontrar una llave que divide una biblioteca en dos dejando en evidencia una infinita escalera caracol escondida que sube hacia lo mas profundo del lado izquierdo, tomando dos atajos y sin mirar hacia atrás por nada del mundo ya que pocos pueden tolerar tanto vértigo.

Mejor me dibujo el mapa en la mano, no me quiero perder.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Tómelo o Déjelo!

Buenísimo! Una millonada de gracias!

Tómenlo o Déjenlo!

(o mejor dicho)

El Encuentro Con Un Eufenúz

Todos saben (ya sea en su conciencia o inconsciencia) que en algún momento de nuestras vidas nos vamos a cruzar con un eufenuz. Algunos tienen la suerte de encontrarse a varios durante su existencia, otros, en cambio, lo logran una sola vez y, en el peor de los casos, sucede cuando uno aun es joven e inexperto.

Los eufenuces están, van y vienen, los vemos y no los reconocemos. Son como nosotros, como ellos, como aquellos. Nadie los ve y sin embargo todos saben que caminan, respiran y nos hablan. Son imposibles de distinguir, excepto, cuando deciden que es el momento indicado de hacerlo.

Todos los eufenuces tienen algo místico. Son criaturas que se muestran en el momento menos pensado, de la manera más disimulada posible. Un amigo, un enemigo, un conocido o un desconocido. Jamás se sabe donde y cuando se van a aparecer. Sin embargo, si uno abre bien los ojos y se mantiene muy atento, quizás llegue a reconocer el momento exacto en que ellos hacen lo que mejor saben hacer, dar una oportunidad única.

Los eufenuces no son de este mundo. Son esa oportunidad menos pensada, la mano amiga, la respuesta necesaria en el momento justo. Son los mensajeros de la suerte y la bocanada de aire en tiempos de oscuridad. Cuando uno dice que el tren pasa una sola vez en la vida entonces esta esperando encontrarse con un eufenuz (si es que lo hizo y no lo reconoció).

Ellos se acercarán y ofrecerán, de la manera más extraña, una posibilidad única, dirían las fábulas, una chance mágica. Reconocerlo y aprovecharlo depende de uno mismo.

La clave es estar siempre abierto a vivir algo nuevo.

lunes, 17 de octubre de 2011

El Mar De Los Caídos

Era el manto gris de la nada misma. No había oleaje ni olor a mar, ni siquiera las estrellas se animaban al reflejo en el cielo. Ni barcos, ni botes, ni pescadores. No se veían por ningún lugar. Incluso las leyendas sobre las inmensas carabelas que vigilan las costas parecían ahora fábulas inventadas para asustar a los niños. Sin embargo había algo en el aire distinguible para todos aquellos que pertenecían a la tripulación (que hasta allí había llegado a pie). Frente a ellos, y en todo su tétrico esplendor, se desplegaba el mar de los perdedores y los caídos.

Los esclavos entraron en pánico, continúa la bitácora. Incluso los fuertes hombres de trabajo que tenían las piernas encadenadas intentaron escapar. Se arrastraban por el suelo inmersos en una enfermedad de espanto y miedo. En sus ojos se veía claramente que buscaban desesperadamente huir de la muerte. Intentamos controlarlos, pero preferimos darles descanso eterno, al menos a aquellos que no cayeron en el sueño mágico del lugar. Nos quedamos sin mano de obra antes de poner un pie en las aguas, de eso estoy seguro, termina la página.

Ajustadores y jubinos de armas se llenaron de dudas. Como habrían de cruzar semejante vacío, era una pregunta que daba terror contestar. Quizás ya habían perecido y esto era  el deber de cruzar hacía el infierno, muchos de ellos nombraban al barquero del Caronté, que obviamente, jamás apareció. Se escuchaban tintineos de monedas y rezos a dioses perdidos. Las cábalas no sirven para construir embarcaciones. Nadar no era una opción.

Ante esas costas donde la parca había decidido cobrar vidas, ya sea por el terror o las manos de sus dominados, los Valientes decidieron armar campamento hasta encontrar una forma de vencer la desesperanza, o cruzar de alguna forma aquel paisaje al costado del mundo que ni siquiera estas lineas pueden describir con la lealtad que se merece.
Hoy quiero fiesta!
Pese a los muchos años que habían pasado desde la partida de nuestro héroe en el pueblo aún se recordaban sus canciones pero con melodías levemente diferentes esculpidas por el paso del tiempo. Todas conservaban aún la esperanza en sus compases pero los trovadores poco a poco parecían perder el interés en su cantar. Aquellos que más hacían eco de tales leyendas eran los pequeños que corrían libres por los senderos jugando a ser Héroe de Héroes, anudados en luchas de brazos y agigantando la leyenda que ahora servía para imprimir valentía en los niños.

(Diría yo, que su recuerdo se marchitó el día en que el primer niño malforme mostró su rostro con protuberancias córnicas que hizo que el partero lo suelte en el aire, un niño maldito por los enemigos del héroe, decían en secreto, y desde entonces el pueblo se prepararó para lo peor).
Pensando como conseguir que este blog produzca orgasmos en sus lectores.

viernes, 14 de octubre de 2011

Posible Lo Imposible

Como es posible lo imposible, bajo un contexto de ciencia y religión. Todavía estamos lejos de comprender lo hasta ahora incomprensible, todo aquello que sucede sin poder explicar el porqué, serán milagros, o simplemente casualidades, al menos yo, no puedo entenderlo todavía en su totalidad. Poco a poco armo el rompecabezas y algún día lo conseguiré, con presta paciencia y mucho sudor, puesto que si hay algo que me mueve en esta vida es la búsqueda del saber sobre aquello que un sentido nuestro (que aún no dominamos) puede distinguir en el mundo, un polvo de estrellas que flota y forma objetos, da y quita vida, mueve los cometas en el cielo y nos llena de frescura con el viento así como también nos congela de pánico y terror en un abrir y cerrar de ojos. Hay mucho por aprender, este es mi destino, el de la investigación de un arte olvidado desde hace ya centurias, por los números y los dioses, en conclusión, por las masas y sus individuos.

jueves, 13 de octubre de 2011

Nadie jamás va a saber la verdad de donde estuve ayer hasta altas horas de la noche, ni que hice ni mucho menos el porqué. Es simplemente un secreto mas que guardo en mi cofre escondido, ese que ya casi está lleno y pide a gritos un recambio.

Shhh.
En mis propias fantasias no hay monstruos que me atemoricen; o villanos que me logren derrotar. En mi cabeza soy lo que quiero ser (y mucho más), porque puedo, porque así lo deseo.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Solemné

En estas hojas lastimadas por el tiempo vive la historia de Solemné, quién tuvo que cargar con la tarea de aprender las artes monarcales de su padre Atracio, Rey de Huna Harabis. Ya en sus épocas doradas, cuando las fronteras habían vencido los límites impuestos por las montañas, este señor del imperio decidió enfrentar las paredes del interminable océano y en pleno crecimiento comandó a todos los hombres que pudiesen levantar un martillo a construir barcos. Veinte años después, ya anciano de poca fuerza pero con mucha voluntad, vio la dimensión de su obra al cruzar los mares con un ejercito, descubriendo así nuevas tierras que abrirían nuevos caminos de comercio y prosperidad para su amado pueblo.

Solemné, que para entonces había alcanzado la adultez, tomó su lugar al lado de Atracio y este le derivó de a poco tareas de importancia con el fin de enseñarle toda su sabiduría, convertirlo en su heredero, una continuación de sangre con el objetivo de hacer de lo grande algo gigante. Solemné, con todas sus ganas de aprender, llevó adelante la pesada mochila de ser la sombra de un Héroe para los suyos, una eminencia y un creador entre aquellas ovejas que buscan un faro en la oscuridad. Y bien que lo hizo, ya que un lustro más tarde, Solemné ya caminaba por las calles de Huna Harabis con la frente en alto, haciendo mella de un respeto bien ganado, más allá de ser hijo de, una fardo que para la mayoría suele ser lo suficientemente fatigoso como para ahogarse en un charco.

Cuenta la historia que Solemné trabajó durante días de varios soles y veía pasar una gran cantidad de lunas hasta dejarse vencer por el sueño. No solo abrazó tareas de regente, sino que además bajaba a los terrenos lejanos solo a sentarse en las fogatas y escuchar los maravillosos relatos de sus habitantes, muchas de ellas plagadas de reclamos de ayuda, otras en cambio, contando los cuentos del hijo del Señor. Se sentía orgulloso, podía caminar por los senderos recolectando saludos y cantos de alabanza, sin dudas era un hombre amado y apreciado que había sabido poner su nombre en la lista de espera de las constelaciones que todo lo vigilan.

Sin embargo, por sobre su cabeza en alto, aún prosperaba la figura del Rey Atracio. Todos los días compartían almuerzos, mesas llenas de manjares de otros continentes, la majestuosidad de sus cosechas coloreaban sus paladares y entre bocadillo y bocadillo, Atracio le enseñaba de forma superada, exigiéndole cada vez más y más.

Durante los primeros inviernos, Solemné se sintió contento. Veía el amor en los ojos de los suyos, veía sus progresos en cada amanecer y su corazón vivía en paz. Respetó las palabras de su padre, a raja tabla, hizo caso exacto en cada reclamo, exigencia y reto con los ojos en dirección a la enseñanza y a la perfección de su propio ser. Prometía convertirse en un Rey sabio, si algún día llegaba a tal edad.

Sin embargo con el paso de los veranos, Solemné acumuló tareas sobre sus hombros. Buscó contener todo lo que sus manos pudieses sostener y las filas de hombres y mujeres que necesitaban de su consejo se extendían por kilómetros lejos del palacio. Su figura ya comenzaba a hacerle sombra a Atracio quien ya no salía de sus bibliotecas y planeaba nuevas tareas para su primogénito. Tal es así que las charlas entre padre e hijo se hicieron cada vez menos frecuentes y las enseñanzas se transformaron de a poco en llamados de atención de aquel quien había vivido para ver sus logros hacía aquél que debía conseguir nuevos, siempre había un nuevo objetivo por conquistar. No había tiempo para detenerse en victorias, no se celebraban las fiestas y el aire cambió llevando consigo un aroma de que siempre algo faltaba por hacer.

Y Solemné, educado hijo imperial, comenzó a menguar en sus fuerzas. 

Un día, Atracio llegó hasta él con gritos de falta y resto, escupiendo a voces sobre todas las cosas que quedaban en carpeta y sobre el fin de los tiempos. Una discusión se dio en aquellos lugares y entonces nada fue igual. Solemné no contuvo sus frustraciones y le dijo en cara todo aquello que sentía, que para él, su labor jamás lo complacía.

- Hijo, algún día sabrás comprender, le arremetió con la mirada pesada. Lamento que lo veas de esa forma.

- No lo entiendes padre, no me hacen falta días que duren años para cumplir con tus designios,con una felicitación de vez en cuando basta para robarme una sonrisa y darme ese empujón para lograr aquello que me pidas, hasta lo imposible si es necesario.

Esta vez, Atracio Rey de Huna Harabis no le devolvió la vista. Mirando al costado repitió sus palabras, lo lamento, algún día sabrás comprender. Contundente.

Solemné masticó bronca, juró venganza silenciosa y sin decir palabra la sombra de su alma se retiró mordiendo fuerte los labios, con una negrura en el alma por un padre que cometió un único error en toda su majestuosa vida, la de no reconocer los logros de su propio y amado hijo.
Quien haya dicho que todo está perdido irá directo a la hogera, por visionario y hechicero.

martes, 11 de octubre de 2011

Una vez más retorno de lugares extremos, espero que me hayan extrañado.

jueves, 6 de octubre de 2011

Una Demostración De Poder

Admiren el suave movimiento de mis manos, hipnotizan con sus curvas serpentinas mientras dibujan imágenes invisibles que flotan en el aire. Disfruten la prosa de mi cantar, endulcen sus oídos con estas palabras llenas de misterio e incertidumbre, puesto que lo que hoy les traigo es una demostración de poder que la razón no puede explicar ni mucho menos comprender.

Enfoquen su concentración en mis ojos. Profundos ojos negros sin fondo, no dicen nada de nada. Busquen una respuesta, intenten entender. Hoy (ni mañana, tampoco ayer), voy a lograr lo que nunca nadie antes logró. Un visionario, un manipulador de las artes taciturnas de tal porte, hoy les extraerá de sus mentes la certeza del saber. Usted lo ha escuchado bien, la certeza que reside allí en su corazón.

Fijaos en mis dedos, estos dedos que se mueven viperinamente, largos y puntiagudos envueltos en perfumes acaramelados, entran delicadamente por la imaginación y se roban, de manera silenciosa, tu certeza, tu seguridad y algo más que no diré, por mas que me torturen, nunca lo diré.

Y con eso que quité y no te diré, desaparezco en una sombra para que siempre te preguntes el -como- y el -porqué-, de lo acontecido mientras tu mente intentó perseguir las letras de este humilde cuento disfraz de un mago timador.
Somos lo que hacemos.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Un Lugar Llamado Cielo

"Del paraíso no puedo hablar, porque no estuve ahí."
Sir John Mandeville (siglo XIV)

Después de haber pasado una vida entera bajo las estrictas normas de la honestidad, la lealtad, el respeto y la fé, aquel hombre llegaba a las puertas del Cielo portando una sonrisa triunfadora y celestina. Recordemos que en lo que duraron sus años mortales, este caballero no solo había sido estricto a la hora de batallar contra todo aquello considerado maligno e impuro, sino que además se tomó el gran trabajo de enseñar y esparcir la idea de Dios a lo largo y lo ancho del mundo. Aquellos que aún lo nombraban se referían a el como un Santo, un pregonero de la bondad y la misericordia quién en justa causa se había ganado un lugar en los altos templos donde los ángeles escuchan nuestros rezos y sollozos.

Habiendo cumplido con su meta en vida, el fraile se encontraba ante unas inmensas rejas retorcidas de metal escarlata. Hacía la derecha o hacía la izquierda, sea donde fuere que mirase, estas se perdían en el infinito de las nubes. No había puerta, no había entrada, no había carteles, no había Sol, no había Noche, solo una interminable reja gris que le impedía el paso.

Confundido, el buen fraile se rascó la cabeza. Durante un tiempo esperó. Su alma conocía la perseverancia así como la paciencia y en la mas absoluta calma se sentó sobre una nube. Una vez más, sus obras rindieron para ver el fruto de sus cosecha y después de tanto tiempo sentado logró divisar una figura que caminaba del otro lado de la verja. Lo llamó con un suave movimiento del brazo y para felicidad del santino, aquel paseador se acercó a su encuentro.

Separados nomas por la interminable reja, finalmente se vieron las caras. Él, un fraile de buen corazón, el otro, un caminante de los cielos.

- Digame buen hombre, ¿dónde puedo encontrar las puertas del paraíso? Setenta y cinco años de sudor lleva mi frente y no veo la hora de descansar entre amigos. Mi alma se encuentra exhausta, allí abajo, la batalla contra el mal no da respiro.

Se tomó un tiempo en contestar. Ese misterioso ser, aquel que vagaba por los senderos de lo que el fraile creía ser el Cielo, lo miró a los ojos y le respondió:

- Siempre llegan aquí, de una forma u otra, algunos abrazando sentimientos de victoria sin importar la causa, otros derrotados, llenos de promesas para cambiar y hacer el bien en esta nueva etapa en el camino del señor. Lo que ves, es lo que hay compañero. La imagen del paraíso no existe, así como la misma idea del infierno. Ambos mundos conviven juntos, allí abajo, en lo que dura la vida. Tu ya has caminado los jardines de tu propio elíseo y has luchado firmemente contra los demonios del infierno que te ha tocado conocer. No esperes más, si alguna vez creíste en disfrutar un lugar llamado Cielo, deberías haberlo hecho en vida, cuando todavía te era posible.

martes, 4 de octubre de 2011

La Cultura Del Verdugo

Bostezando como quien no quiere la cosa movió displicentemente la mano dando así por finalizada aquella  trágica ceremonia. En el medio del salón, quince cabezas separadas de sus cuerpos decoraban una masacre, sus restos desplomados sin vida se apiñaban en un costado siguiendo el charco de sangre formando un gran piletón de color rojo profundo. El hedor ya comenzaba a tomar protagonismo y este humilde y macabro señor cubría su nariz con un fino pañuelo de seda blanca. 

En aquel lugar, alejado de los hábitos de occidente, no se acostumbraba a practicar la cultura del verdugo. Pero fue él, quien una vez que tomase posesión del trono hace dos eternidades atrás, doblegó las leyes e instauró nuevamente este ejercicio para dar fin a la ola de asesinatos que cosechó su pueblo en aquel invierno post coronación. Crease o no, gracias a su personalidad dura de puño de hierro, logró terminar poniéndole punto final a tales actos de terror.

Lo que acababa de suceder, puesto que ya no era necesario, al menos hasta entonces, fue que un grupo de presidarios condenados a trabajos forzados había intentado un motín, tomando prisioneros a los carceleros y hasta algunos familiares que se encontraban allí, justo en vigilia de los festejos por el nacimiento de la nueva estrella del año. Injusto puede parecerles, pero para él, la solución era una sola, rápida y certera. Formaba parte de su deber como sumo señor el de limpiar las calles de tales prácticas y adoctrinar a su rebaño, sea como sea, cueste lo que cueste. Pragmático él, sin pulgas y de pocas palabras, mandó a citar a su campeón para que lleve adelante la proeza de implementar control y devolver la paz, al fin y al cabo, los caminos de piedra debían ser terminados antes del solsticio venidero.

Y este campeón, cuyo brazo no iba a temblar en dar muerte si se le era ordenado, no necesitó de brutalidad semejante para cumplir con su labor. Sangre corrió, miembros se cercenaron si, pero después de unas horas de batalla logró capturar a los rebeldes, con vida, para que sean juzgados como corresponde, bajo la mirada de la ley y de los hombres que la componen.

Bostezó nuevamente sin quitar la pañola de su rostro y levantó su débil cuerpo del trono real. No sentía compasión alguna, no debía tenerla, en su cabeza estaba convencido de que las medidas rápidas y ortodoxas eran la mejor manera de imprimir enseñanza y respeto. Su tarea había concluido y, excepto para aquellos que ahora descansaban en partes separadas bajo la atención de las aves de rapiña, para el bien de su reino que ahora podía seguir con sus diarias rutinas de expansión y crecimiento.

(A los pocos días habrían de tallar un mural recordando la matanza).
Se consideraba a si mismo como el hombre mas honesto que el mundo hubiese conocido, un paladín de la verdad que jamás jugaría con la mentira o el engaño. Era una persona sensible pero que siempre decía con pocas palabras lo justo y necesario, nunca había tenido la obligación de omitir sinceridad por esconder un hecho, fiel al sendero de la vida que tanta gente evita con sus molestos atajos que a ningún lado llevan. Pese a sus silencios, aquel quien obervase directamente a sus ojos, sentiría la puerta de un alma abrirse de par en par, y allí en lo profundo, un cómodo sillón para recostarse y escuchar la realidad de sus historias mágicas.

Pero tenía un defecto, uno horrible, por cierto.
Despúes de viajar al fin del mundo y más allá, he vuelto con un saco lleno de relatos fantásticos.