En estas hojas lastimadas por el tiempo vive la historia de Solemné, quién tuvo que cargar con la tarea de aprender las artes monarcales de su padre Atracio, Rey de Huna Harabis. Ya en sus épocas doradas, cuando las fronteras habían vencido los límites impuestos por las montañas, este señor del imperio decidió enfrentar las paredes del interminable océano y en pleno crecimiento comandó a todos los hombres que pudiesen levantar un martillo a construir barcos. Veinte años después, ya anciano de poca fuerza pero con mucha voluntad, vio la dimensión de su obra al cruzar los mares con un ejercito, descubriendo así nuevas tierras que abrirían nuevos caminos de comercio y prosperidad para su amado pueblo.
Solemné, que para entonces había alcanzado la adultez, tomó su lugar al lado de Atracio y este le derivó de a poco tareas de importancia con el fin de enseñarle toda su sabiduría, convertirlo en su heredero, una continuación de sangre con el objetivo de hacer de lo grande algo gigante. Solemné, con todas sus ganas de aprender, llevó adelante la pesada mochila de ser la sombra de un Héroe para los suyos, una eminencia y un creador entre aquellas ovejas que buscan un faro en la oscuridad. Y bien que lo hizo, ya que un lustro más tarde, Solemné ya caminaba por las calles de Huna Harabis con la frente en alto, haciendo mella de un respeto bien ganado, más allá de ser hijo de, una fardo que para la mayoría suele ser lo suficientemente fatigoso como para ahogarse en un charco.
Cuenta la historia que Solemné trabajó durante días de varios soles y veía pasar una gran cantidad de lunas hasta dejarse vencer por el sueño. No solo abrazó tareas de regente, sino que además bajaba a los terrenos lejanos solo a sentarse en las fogatas y escuchar los maravillosos relatos de sus habitantes, muchas de ellas plagadas de reclamos de ayuda, otras en cambio, contando los cuentos del hijo del Señor. Se sentía orgulloso, podía caminar por los senderos recolectando saludos y cantos de alabanza, sin dudas era un hombre amado y apreciado que había sabido poner su nombre en la lista de espera de las constelaciones que todo lo vigilan.
Sin embargo, por sobre su cabeza en alto, aún prosperaba la figura del Rey Atracio. Todos los días compartían almuerzos, mesas llenas de manjares de otros continentes, la majestuosidad de sus cosechas coloreaban sus paladares y entre bocadillo y bocadillo, Atracio le enseñaba de forma superada, exigiéndole cada vez más y más.
Durante los primeros inviernos, Solemné se sintió contento. Veía el amor en los ojos de los suyos, veía sus progresos en cada amanecer y su corazón vivía en paz. Respetó las palabras de su padre, a raja tabla, hizo caso exacto en cada reclamo, exigencia y reto con los ojos en dirección a la enseñanza y a la perfección de su propio ser. Prometía convertirse en un Rey sabio, si algún día llegaba a tal edad.
Sin embargo con el paso de los veranos, Solemné acumuló tareas sobre sus hombros. Buscó contener todo lo que sus manos pudieses sostener y las filas de hombres y mujeres que necesitaban de su consejo se extendían por kilómetros lejos del palacio. Su figura ya comenzaba a hacerle sombra a Atracio quien ya no salía de sus bibliotecas y planeaba nuevas tareas para su primogénito. Tal es así que las charlas entre padre e hijo se hicieron cada vez menos frecuentes y las enseñanzas se transformaron de a poco en llamados de atención de aquel quien había vivido para ver sus logros hacía aquél que debía conseguir nuevos, siempre había un nuevo objetivo por conquistar. No había tiempo para detenerse en victorias, no se celebraban las fiestas y el aire cambió llevando consigo un aroma de que siempre algo faltaba por hacer.
Y Solemné, educado hijo imperial, comenzó a menguar en sus fuerzas.
Un día, Atracio llegó hasta él con gritos de falta y resto, escupiendo a voces sobre todas las cosas que quedaban en carpeta y sobre el fin de los tiempos. Una discusión se dio en aquellos lugares y entonces nada fue igual. Solemné no contuvo sus frustraciones y le dijo en cara todo aquello que sentía, que para él, su labor jamás lo complacía.
- Hijo, algún día sabrás comprender, le arremetió con la mirada pesada. Lamento que lo veas de esa forma.
- No lo entiendes padre, no me hacen falta días que duren años para cumplir con tus designios,con una felicitación de vez en cuando basta para robarme una sonrisa y darme ese empujón para lograr aquello que me pidas, hasta lo imposible si es necesario.
Esta vez, Atracio Rey de Huna Harabis no le devolvió la vista. Mirando al costado repitió sus palabras, lo lamento, algún día sabrás comprender. Contundente.
Solemné masticó bronca, juró venganza silenciosa y sin decir palabra la sombra de su alma se retiró mordiendo fuerte los labios, con una negrura en el alma por un padre que cometió un único error en toda su majestuosa vida, la de no reconocer los logros de su propio y amado hijo.