Su alma había sido atada al campanario por los siglos de los siglos hasta que el tiempo se detenga. Desde la cúpula del gran reloj, el visionario analizaba el pasar de las edades anotando todo cuanto detalle sus ojos pudiesen observar. Sus memorias no eran mas que una leyenda, la misma que le daba sentido a la vida, al menos en su percepción, la descripción mas fiel de un punto de vista neutral a los sucesos que nacían y perecían bajo las nubes del Cielo.
Para lograr llevar adelante su tarea y vocación, contaba de la ayuda de un artefacto que el mismo había creado mediante el poder de la imaginación. Allí en el monumento donde residía, escribía sin parar al compás de la música de un inmenso e imponente Cronógrafo. Así le había puesto, así lo había denominado. Un Cronógrafo; cuya palabra le daba la dulzura necesaria a la fuerza del significado. De base cuspidoimitoide y con tres manivelas (una en cada triángulo), veintiocho teclas negras y blancas se superponían a la armonía de un gran tazón platinoide circular. Apuntado al horizonte, el cronógrafo captaba los acordes de la naturaleza. Desde la percusión de los truenos hasta los invisibles flautistas que se esconden en los vientos, o descubriendo las tormentas con su aporte xilofónico de las gotas de lluvia, cada corchea de la tierra llegaba hasta el Cronógrafo el cual absorbía cada nota transformándolas en una suave música atemporal, pero que de atemporal, nada tenía.
1 comentario:
(Chh...manivela va con V)
Qué es cuspideimitoide? Ya lo gugleo.
Por lo demás, bello como siempre. Me lo imaginé y todo.
Bueh, ando poco expresiva, pero sabelo que le doy 5 peperinas.
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