En mis bolsillos guardo adivinanzas de todos los lados del mundo, y en mi cabeza escondo sus respuestas. Es que no llegue hasta estas tablas en un teatro colmado para que me vean admitir una culpa mentirosa; y se que en la inocencia no creen, por lo tanto son mis palabras las únicas que guardan la esperanza a la cual me aferro y no me suelto.
Aquella tarde del sesenta y tres yo no era más que un pequeño más entre muchos. Se los repito para que lo tengan en claro. Si no les alcanza con observar dentro de mis ojos, quizás estén dispuestos a que les abra el corazón. Yo no tenía mas de diez y siete cuando la ví por primera vez, en un abrir y cerrar me escondí detrás del Ciruelo. Era de noche y ya se me hacía tarde para llegar en horario a la cena, me apuraba puesto que de no estar sentado en la mesa a las ocho en punto (con mis manos limpias, sin indicios de tierra bajo las uñas) entonces mi padre me daría una dura lección con su cinturón. Pero en aquel ocaso, mientras juntaba mis tijeras y quitaba mis guantes, la vi apoyada en la ventana, cerrando unas cortinas de seda blanca, finísimas que no lograban ocultar esas curvas de ensueño.
Si, he estado ahí ese día. ¿Pero es que eso me hace culpable? Odio la palabra culpable, casi tanto como la de cobarde. Era nada más que un polluelo, hipnotizado jardinero que se congela ante la belleza de una hembra desnuda disfrutando de un cálido baño perfumado, piel lechosa y cabellos de oro encandilante. Jamás la olvidaré, no podría, su figura caló ondo en mi memoria. Pero a su vez juro que yo no tuve nada que ver con lo que sucedió a continuación. Parado en silencio, un joven jardinero estupefacto por el deseo carnal dejó caer la podadora como quien no se presta a mantener la mandíbula en su lugar.
Y me escuchó. No recuerdo si logró verme o no, solo admito haber soltado todo y correr con la velocidad del viento a mis espaldas como si hubiese visto un fantasma. Perder mi oficio por perverso y fisgón era peor que llegar tarde a la cena familiar, por lo cual huí despavorido dejando mis herramientas atrás. Mi familia puede afirmar que aquella noche mi silla no quedó vacía y aunque sin apetito, terminé mi comida educadamente.
No entiendo que sucedió después; es injusto que me acusen a mí. Pero en esta obra soy el sospechoso, el apuntado por esos índices afilados y me animaría a arriesgar que aquel que intenta darme muerte no lo hará de frente, sino por la espalda, detrás del telón, cuando todos estén aplaudiendo de pie mi inocencia.
Tengan piedad, se los ruego.
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