Su nombre había sido desterrado de este mundo por siempre. Desde entonces vivió atormentado, atraído solo por los onomatopeyas de los desconocidos, chasquidos de dedos o silbidos burlones que hacían referencia a su ser pero que no tenían ninguna intención en darle significado siquiera a un apodo propio. Arrastrado y cabizbajo, no se sentía mas que un perro vagabundo o una rata de alcantarilla.
Miraba con desprecio desde la sombra de un callejón, escondido a los ojos de jueces y verdugos por igual, a todos ellos, pequeños y niños, damas y señoras, los aborrecía con el pensamiento y el alma. Un oscuro designio, un deseo de venganza, atrocidades espeluznantes de torturas incomprendidas por una civilización que le dio la espalda, que lo dejó sin nombre, sin un mísero y barato nombre.
Pero en tanta maldad, tanta envidia y tanto rencor, más tarde que temprano algo nació en su profundo abismo interior. Y en la carencia de luz brotó la llama, aunque en este caso sea una llama del mal y no de la bondad o la paz. Este fuego maldito danzaba con intenciones de devorarse a todos por igual, disfrutando los pecados y los pecadores, del sufrimiento ajeno y la desdicha de todos. Ya nadie jamás le negará un plato de comida, ya nadie le esquivará la mirada. Ya nadie lo recordaría como el sin nombre. Pero antes, debía buscar una víctima.
A pasos agigantados ese resplandor negro emergió de un cuerpo marchito y pútrido. Lo entumeció y sus cuencas cavernosas y se volvieron violáceas encerrando redondos ojos blancuzcos, que respiraban traición y trampa. Como un motor que comienza su ronroneo letal, la sangre volvió a correr libre y calurosa por sus venas cerradas. Abrió las fauces y tragó una bocanada de aire, de humo industrial en una ciudad que lo había confinado al olvido eterno.
Se arrastró una noche fuera del callejón. Como una víbora que sale del cascarón, dejando un hilo de inmundicia detrás, un rastro de muerte que avisa del veneno, que mata flores y obliga a los pasantes a cubrirse el rostro por el hedor. Hierve en su interior, devorando tripas y entrañas, cauterizando las heridas lejanas para volver a abrirlas en purulentas llagas de pus y odio, en una llama de terror.
Del otro lado de una adoquinada callezuela, al costado de un basural, un banco de madera y un pequeño niño de mejillas rosadas. Sus medias caían por debajo de las rodillas, su cabello finamente peinado hacía un costado, una sonrisa y una inocencia que había sido vista por un hombre sin nombre, que ya había dejado de ser hombre, que ahora gateaba a tientas olfateando una presa impoluta de tristeza, que llenaba su paladar con aromas de ignorancia y niñez intocable.
A su lado, sin madres o padres que le prestaran la mínima atención, el pequeño supo que no se encontraba solo. Una gran sombra a su lado se elevó como un humo que todo lo abarca y envolviéndolo en una pregunta misteriosa supo cual era su nombre. Ahora me llamarán como a ti, Lumartré, con la diferencia que aquellos que deseen recordarte lo harán nombrando a tu asesino y captor, a tu depredador y dueño perpetuo en la gloria del mal que tanto me hicieron ya que todos ellos que te dejaron aquí son culpables por tu pérdida, por mi victoria.
Lo tomó de la mano, lo llevó al callejón, lo devoró hasta los huesos, con la crudeza de un tiburón famélico luchando por su propia vida.
Lumartré. Gordo en su ser, repitió su nombre robado. Lumartré, un demonio cuyo viaje recién había comenzado.
