miércoles, 29 de febrero de 2012

En La Carencia De Luz

Su nombre había sido desterrado de este mundo por siempre. Desde entonces vivió atormentado, atraído solo por los onomatopeyas de los desconocidos, chasquidos de dedos o silbidos burlones que hacían referencia a su ser pero que no tenían ninguna intención en darle significado siquiera a un apodo propio. Arrastrado y cabizbajo, no se sentía mas que un perro vagabundo o una rata de alcantarilla.

Miraba con desprecio desde la sombra de un callejón, escondido a los ojos de jueces y verdugos por igual, a todos ellos, pequeños y niños, damas y señoras, los aborrecía con el pensamiento y el alma. Un oscuro designio, un deseo de venganza, atrocidades espeluznantes de torturas incomprendidas por una civilización que le dio la espalda, que lo dejó sin nombre, sin un mísero y barato nombre.

Pero en tanta maldad, tanta envidia y tanto rencor, más tarde que temprano algo nació en su profundo abismo interior. Y en la carencia de luz brotó la llama, aunque en este caso sea una llama del mal y no de la bondad o la paz. Este fuego maldito danzaba con intenciones de devorarse a todos por igual, disfrutando los pecados y los pecadores, del sufrimiento ajeno y la desdicha de todos. Ya nadie jamás le negará un plato de comida, ya nadie le esquivará la mirada. Ya nadie lo recordaría como el sin nombre. Pero antes, debía buscar una víctima.

A pasos agigantados ese resplandor negro emergió de un cuerpo marchito y pútrido. Lo entumeció y sus cuencas cavernosas y se volvieron violáceas encerrando redondos ojos blancuzcos, que respiraban traición y trampa. Como un motor que comienza su ronroneo letal, la sangre volvió a correr libre y calurosa por sus venas cerradas. Abrió las fauces y tragó una bocanada de aire, de humo industrial en una ciudad que lo había confinado al olvido eterno.

Se arrastró una noche fuera del callejón. Como una víbora que sale del cascarón, dejando un hilo de inmundicia detrás, un rastro de muerte que avisa del veneno, que mata flores y obliga a los pasantes a cubrirse el rostro por el hedor. Hierve en su interior, devorando tripas y entrañas, cauterizando las heridas lejanas para volver a abrirlas en purulentas llagas de pus y odio, en una llama de terror.

Del otro lado de una adoquinada callezuela, al costado de un basural, un banco de madera y un pequeño niño de mejillas rosadas. Sus medias caían por debajo de las rodillas, su cabello finamente peinado hacía un costado, una sonrisa y una inocencia que había sido vista por un hombre sin nombre, que ya había dejado de ser hombre, que ahora gateaba a tientas olfateando una presa impoluta de tristeza, que llenaba su paladar con aromas de ignorancia y niñez intocable.

A su lado, sin madres o padres que le prestaran la mínima atención, el pequeño supo que no se encontraba solo. Una gran sombra a su lado se elevó como un humo que todo lo abarca y envolviéndolo en una pregunta misteriosa supo cual era su nombre. Ahora me llamarán como a ti, Lumartré, con la diferencia que aquellos que deseen recordarte lo harán nombrando a tu asesino y captor, a tu depredador y dueño perpetuo en la gloria del mal que tanto me hicieron ya que todos ellos que te dejaron aquí son culpables por tu pérdida, por mi victoria.

Lo tomó de la mano, lo llevó al callejón, lo devoró hasta los huesos, con la crudeza de un tiburón famélico luchando por su propia vida.

Lumartré. Gordo en su ser, repitió su nombre robado. Lumartré, un demonio cuyo viaje recién había comenzado.

jueves, 23 de febrero de 2012

Hoy desperté con super poderes (I woke up pretty sexual).

miércoles, 22 de febrero de 2012

A La Vanidad

En mis inconclusas memorias figura de puño y letra los nombres de aquellos que mantuvieron contacto conmigo y me enseñaron más allá de lo fáctico. He dejado entonces constancia de quienes son, descripciones detalladas y nombres (en caso de recordarlos) para que otros puedan descubrirlos y de ellos aprender. A la edad de catorce fue mi primer encuentro y así decía entonces:

Ella no tenía nombre y supe que era la Sabiduría. Me dio de probar una gota de luxor y se me reveló una verdad que juré en su honor guardar para mi y nadie mas.

Como es posible observar, en estas letras no revelo nombres. Pueden ser encontrados en mis posesiones post mortem, llegado el día o la noche y aún sin terminar. La historia de mi viaje en estos años continúa y a los veinte años ya como un pequeño hombre recuerdo una situación extraña y oscura:

Hubiese perdido el juego al caer al abismo. Fue su mano la que me tomó justo a tiempo y me regaló unos años más en esta vida. Antes de partir, sin ganas de recibir mis gracias, se refirió a mi como Nu Tarkos Etum Klustim Akothel (no es tu momento aún, te reclamaré con campanas).

Tengo mis versiones sobre mi atracción a las deidades y los fundamentos principales. He conocido pecados también. Con muchos de ellos compartí penas, aunque siempre exento de castigo alguno. Antes de la treintena celaba una anécdota maravillosa:

No solo era una mujer, eran todas las mujeres hermosas de la tierra. No solo era un hombre, eran todos los hombres bellos del mundo. No era una reunión, era el sentimiento de placer por placer, de hacer por deshacer, de disfrutar con los manjares del cuerpo y la tentación absoluta. A todos sus encantos sucumbí, pese a tener esposa, por cada uno de ellos me dejé llevar.

Todo temblará el día que suenen las campanas. Mis leyendas estarán guardadas, no por eso a salvo. Por hoy, un último tema, mi encuentro con la vanidad a quien le dediqué las siguientes líneas:

Dime quien eres, me ordenó. Respondí entonces que en mis inconclusas memorias figura de puño y letra los nombres de aquellos que mantuvieron contacto conmigo y me enseñaron más allá de lo fáctico.

Me escucho hablar, y los dos sonreimos.
Hoy no estoy de ánimos para escribir.

Sigan al próximo blog de la lista, como siempre.

viernes, 17 de febrero de 2012

Tertulia De Jueves

Era la típica tertulia de los Jueves. Alrededor de una gran mesa redonda siete hombres con sus diferentes características se miraban fijamente, enfrentados, de costado, en diagonales. Uno llevaba su nombre como bandera y era conocido como Claustrio Poloktzi, el gran capital del Oeste, apodo bien ganado por sus incontables millones, por haber sido financista en la construcción del tren costero y consejero de uno de los tantos papas.

Este último dato no es menor y ponía seriamente incómodo a Jaqcues Buvauert, un descreedor de las religiones, un enemigo de todo dios, un rebelde de todos los sistemas. Un hombre sin reglas. Esto, a su vez, no era suficiente para convertirlo en un libertino y pese a estar ausente de ciertos dogmas comunes llevaba con él una elegancia y una educación que le rendía frutos a la hora de ser bienvenido en reuniones como la de los Jueves. 

Volviendo al tema, el Sr. Bauvert consideraba repulsivo que Polotzki haya oficiado de concilieri de un magistrado de la iglesia, del mensajero del señor. Detestaba verlo sentado allí a su lado, con su mirada superior y sus aires de elevado. Si tan solo supiese que su fe es de mentira, pensaba, pero no se animaba a decirlo. Agregando, todos allí sabían y conocían su postura al respecto pero por respeto al círculo nadie sacaba el tema a la luz.

Podría describir al resto de los cinco contertulios abandonados en este relato pero me parece insignificante. Pese a sus nobles virtudes y condenables vicios ellos no tienen mención en lo sucedido aquel día post miércoles de verano del sur. Solo atinaron a observar y cerrar la boca.

Polotzki y Bauvert se conocían bastante bien. No eran enemigos sin embargo tampoco amigos. Solo conocidos del rejunte cultural que los unía por obligación, una obligación que tomaban como una responsabilidad en favor de encontrar una verdad verdadera. Pero en este camino Claustrio y Jacques siempre se mostraban opuestos y cada cual sabía defender su postura con los ejércitos de miles de palabras elocuentes y bien pronunciadas. Para sumar al trabajo de discernir en temas no físicos, Polotzki discutía en idioma polaco como su apellido lo delata mientras que Bauvert subía la temperatura en alemán (vivió en Freiburgo unas dos décadas) pese a haber nacido en Francia.

Bastaba con oírlos elevar la voz, gesticular con movimientos de brazos dignos de un director de orquesta. Y todo por una verdad verdadera, que para uno no era verdad, para el otro tampoco verdadera; Si guardaba en secreto alguna realidad, solo la razón podría descubrirlo, decía Bauvert. Es la fe en la esperanza la que revela el camino puro, contrariaba Polotzki. Los demás prestaban atención.

Todos los Jueves todos, siete hombres se reunían en una tertulia dedicada a una verdad que todavía no habían descubierto. Una verdad que para cuatro era mentira, para dos verdadera, para uno era relativa. Una verdad que era a su vez todas las verdades, todas las mentiras y era tan relativa que, luego de suficientes Jueves como para contar unos muchos años, entendieron que no existe verdad mas absoluta que la siguiente. 

En esta vida todo se reduce al amor.

Así nació la reunión de los Viernes, destinada al desarrollo del manifesto correspondiente.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Doble O Nada

Debo hacerles llegar esta historia y daré lo mejor de mi para ser fiel a la realidad. Pese a que mis relatos pueden sonar extraños y poco naturales juro que éste en especial guarda una verdad perturbadora y a la vez clarificadora. 

Sucedió hace no mucho tiempo atrás, una noche de luna redonda en lo alto del cielo de Buenos Aires donde la humedad parece impregnarse en el cuerpo y en los brazos tirándonos hacía abajo. Revolotea y juega con los peinados de las muchachas. Se me había roto la ventilación y todo era sufrimiento, calor y más sufrimiento. La heladera se había apagado, el hielo se había derretido. El agua fue usada para regar las plantas. Antes de desaparecer, me dije, mejor aparecer. Entonces me escapé a un destino incierto.

Un oscuro bar de Coghlan allí cerca de las vías de Balbín, el único abierto a tales horas. Me encontré de casualidad con un extraño conocido no tan conocido, Don Barón, que apaleaba la pesadez nocturna con pequeños sorbos de ginebra. No necesité invitación alguna para unirme, simplemente acerqué mi silla a la usanza de los machos del barrio, sin mirarlo a los ojos y pidiendo dos de lo mismo, pago yo esta vez.

Me miro de refilón, sin mirarme en realidad, aunque mirándome, digamos. 

- Le juego a algo, bufoneó. Tal era la costumbre allí.

- No quiero dejarlo seco, retruqué. Dos más, por favor.

- Me gusta su sombra, le da un aspecto misterioso. Las sombras son nuestras guardaespaldas de la oscuridad. Sabe usted que en la luz ellas aparecen siempre siguiendo nuestros pasos. No hay forma de evitarlas. En la penumbra estamos seguros y ellas desaparecen. En fin, le propongo lo siguiente. A ojo de pájaro, ¿ve aquella dama sola en el ventanal? 

- Claro, respondí.

- Tremendo escote, agregó. Ella no tiene sombra porque la perdió hace un tiempo ya. Todas las noches viene aquí en su búsqueda pero al amanecer desaparece con las manos vacías. Hagamos lo siguiente. Debo confesarle que yo colecciono sombras, de todo tipo y color, no discrimino. Los motivos me los reservo. Su nombre es Estela. Hoy se puso ropa interior para la ocasión. Si adivina el color, entonces yo le devuelvo el alma que le gané aquella vez. Usted podrá devolvérsela y le garantizo que de premio se llevara no solo a la mujer sino la mejor noche de su vida. Si pierde, bueno... me quedo con su sombra.

No necesité pensarlo, el juego era inofensivo. Nunca me había detenido a pensar en el tema y ciertamente que la mujer estaba para el asesinato. Me limpié la saliva de la comisura de labio. Cerré los ojos y los volví a abrir. La imaginé semi desnuda, con esos pechos al aire, entre color piel y rosa claro. Mi nombre salía en suaves gemidos, me llamaba. Se acostaba en la cama. Su cuerpo se arqueaba, sus piernas se abrían y se cerraban hacia otro costado. Sus brazos se unían y esos pechos parecían explotar. Se mordía los labios y ponía carita triste. ¿Dónde estás? me susurraba...

- Rojo, grite golpeando la mesa con fuerza, ¡rojo! ¡Tiene una tanga de color rojo!

Don Barón sonrió y entonces supe que había perdido la apuesta. 

Es negra y de encaje. No es una tanga, es un culote hermoso y si no me cree entonces mire ahora mismo.

Estela se levantó y fue al baño. En el camino se acomodó la pollera y claramente se marcó el secreto. De una curva pronunciada se veía un elástico oscuro. Pasó a mi lado. Ni siquiera me miró. Que rico perfume, el perfume del amor.

- Es el perfume de la desesperación, me dijo. Y usted me debe una sombra. No se olvide de pagar la bebida, eso también le corresponde. Vivo acá nomas, acompáñeme por favor. Deudas son deudas.

Vacié mi billetera y salimos del lugar. A una cuadra un duplex humilde se levantaba en la esquina. Don Barón no vivía en el primer piso, tampoco en el segundo. Atrás pasando la terraza, entrando por un largo pasillo angosto, subiendo unas rotas escaleras de piedra, en un altillo, allí había una pieza desordenada y sumamente asquerosa. Allí vivía él.

Entonces me llené de dudas. No sentía peligro alguno pero a la vez no me sentía a salvo. Cómodo, esa palabra allí no tenía significado alguno. Incómodo, me sentía muy incómodo. Extraño, inquieto. No pertenecía a tal agujero inmundo. El mundo mismo parecía caerme encima. Me sentía solo, abandonado. En compañía, pero solo al fin. 

Un rayo de luz entraba por un pequeño ventanal. Don Barón prendió tres velas. El zaguán se lleno de una aire crepuscular. La pequeña llama de las velas titilaba sutilmente rebotando en las paredes. Allí vi mi sombra, mi oscura y amada sombra. Quieta, tal como yo, quieto. Me miraba como yo a ella. Nos despedimos sin decir una palabra. Ahora entiendo, esta es la soledad.

Don Barón sonreía. Los dos fuimos testigos de como mi sombra se aferró a mis manos. Quise sostenerla pero se esfumó entre mis dedos. Un grupo de otras sombras aparecieron en el crepúsculo de los vértices, detrás del ropero, por debajo de la cama, desde el techo. Salieron fugazmente, danzando y bailando. Entre ellas. Solas. Con mi sombra. La envolvieron sin que yo lo permitiese. No había nada que pudiese hacer al respecto. Y Don Barón seguía sonriendo.

- Preste atención, me dijo. Aquella contra la ventana es el reflejo tenue de Estela. Fíjese en esas líneas, en esas piernas. A la izquierda sobre la almohada de la cama. Esa es la sombra del panadero. El vagabundo de la calle Holmberg, allí sobre la repisa. La pequeña nieta de Doña Adelaida, escondida abajo de la mesita de luz, allí mire. Son todas mías. La que baila en lo alto, era suya, ya no más.

Me desplomé en una silla polvorienta. Solo, absolutamente solo. Me había traicionado a mi mismo.

Don Barón me miró. No dejó de sonreír pero algo de lástima debe haber sentido.

- Miré, me dijo sin quererlo. Mañana mismo volveré a ahogar penas. Si usted cree tener un llanto que compartir, le presto mi hombro. Quien le dice, quizás que podamos jugar una revancha. No desespere buen hombre. Sea como Estela y nunca deje de creer.

Absolutamente abandonado y destruido me fui a mi casa. Salió el sol pero no hubo sombra conmigo. El día fue eterno. Aquella noche volví al tugurio de Coghlan. Estela seguía junto a la ventana. Don Barón me esperaba con la ginebra en mano.

- ¡Doble o nada!, grite. Y entré dando un portazo.

lunes, 13 de febrero de 2012

Así que mañana es el día de los enamorados. Pobres ellos, todos van a terminar (tarde o temprano) con el corazón roto. Deberíamos fundar un club social ergo cofradía de Gente que Descree en el Amor o Descreedores Del Amor. Obvio que no tendríamos festejo alguno y tampoco nos correspondería. Nuestras victorias serían siempre casuales y espontáneas, una sonrisa en el tren, un piropo en la calle o un levante en el bar.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Una Propia Verdad

Dicen algunos que para conocer todas las verdades del mundo es menester ser un dios de las matemáticas, no literalmente hablando, pero capaz de encontrar la unión numérica donde nadie la puede ver. Así, creen, es posible bajar una incógnita a ecuación y resolver su significado. Otros, como por ejemplo los religiosos, aseguran que para elevarse en el plano de la verdad lo único que se necesita es la santa fé y una vida de sacrificio a la causa. Solo de esa forma se nos abrirá el camino a la luz. El gran problema es que verán respuestas una vez cruzado el límite de la vida. Yo no puedo esperar a morir. Tampoco se de logaritmos y derivadas. Yo creo en mi propia verdad.

Es más fácil para la gente seguir una idea que otro ya elaboró. O ni siquiera, en seguir una verdad divina que nació antes que los pueblos, incluso que pudo haber creado estos mismos. Es al contrario mucho mas complicado formular una verdad y darla a conocer. Todos creen tener su propia verdad, o la verdad ajena que toman como de uno, o la mía, que no suelo compartir pero que alguna vez el viento supo llevar a oídos desconocidos.  

Tan difícil es reconocer la verdad (todos tienen su versión) que la mentira encontró el territorio suficiente para triunfar. Ante las miles de voces pregonando por infinitas verdades, la mentira se disfrazó de cada una de ellas. Para decir una realidad, que no siempre es la verdad, ni la sombra puede seguir a una mentira. Como las palabras de este texto, que nunca jamás nadie escribió, que hablan de verdades que conocemos y sin embargo nunca vimos. Probablemente, hasta mi propia verdad haya sido asesinada por una mentira que no supe ver venir.

O si. Y todo esto podría ser un engaño articulado y premeditado. Sea como sea, no necesito matemáticas o esperanza. Yo verdaderamente creo en mi propia verdad. Aunque deba mentir al respecto.

martes, 7 de febrero de 2012

lunes, 6 de febrero de 2012

El Cazador De Estrellas II

Había caminado interminables eternidades a lo largo del mundo y luego de haberlo visto todo decidió que aquel era el lugar indicado. No solo por las montañas del horizonte que coronaban sus picos en blanco nube, tampoco por la interminable pradera verde que moría en las tranquilas fauces de un mar turquesa, mucho menos por los sonidos del viento suave o la cantidad de aves que allí le daban la bienvenida. La decisión pasaba por otro lado. 

Su vida había sido un viaje y de todos los extraños, hermosos y terribles paisajes que le había tocado contemplar solo allí podía él observar el Cielo en su mas majestuosa infinidad absoluta. Fue por eso, agregado a la idea de que allí en lo alto las estrellas siempre habían sido sus únicas e incondicionales testigos, que decidió finalmente asentarse y descansar el cuerpo de una buena vez.

Es que el cielo y sus titilantes habitantes lo fascinaban. Lo enamoraban. Le servían de guía en la oscuridad, de refugio para el alma e inspiración divina para la prosa y el canto. Las admiraba en su mas absoluta belleza, la negrura abismal en una lejanía inalcanzable, pero que para él era tan cercana que se sentía parte de la misma. 

Entonces pasó el tiempo, cuanto, nadie lo sabe. Pero importa poco y nada en esta leyenda ya que para estos héroes, los días duran meses, los meses años y los años se convierten en vidas enteras. En una saliente de roca había tallado un mirador y allí descansaba todas las noches en busca de nuevas historias que contar.

Y su preferida era la del Cazador de Estrellas, la del hombre que todos los ocasos salía a la intemperie con la vista preparada. Porque aunque el titulo de su fábula lo omita, este no era tan solo un Cazador de Estrellas, sino un Cazador de Deseos. 

Cuenta la historia que aparecía en los llanos con el último rayo de luz y desaparecía con el primero. Recorría y vigilaba las alturas esperando ver viajeros estelares. Estos viajeros, como él, guardaban un celoso secreto. Estrellas fugaces, les decía, tan fugaces que eran más rápidas que la vista misma. Aquellos con paciencia y buen corazón podían esperarlas. Atentos, podrían encontrarlas. Y atrapar una estrella fugaz significaba hacerse de un tesoro mágico. Ver una implicaba la posibilidad de pedir un deseo. Un deseo que podía cumplirse.

Así remiten los reglones del tiempo, que tantos deseos cazó este buen hombre que viajeros de todos los lados del mundo salieron a su encuentro. Movidos por la esperanza, la idea de que el cazador de Estrellas pueda regalarles un deseo sin pedir mucho a cambio. 

Los que saben, los que todavía recuerdan, aseguran que aquellos días el mundo fue un lugar más feliz.

viernes, 3 de febrero de 2012

jueves, 2 de febrero de 2012

El Reloj

En lo que refiere al don y la magia mucho se ha dicho y poco se ha comprobado. Las historias pueblan el mundo en libros que sirven para matar el tiempo del hombre común y sin embargo muy alejados están de la realidad que habitan. Lo digo, lo sé, porque me he cruzado con un hechicero hace mucho tiempo atrás.

En aquel entonces yo no era más que un pobre hombre que vivía sin familia ni amigos en un humilde rancho en las afueras de la Ciudad. Me servía bien, sin lujos innecesarios en los cuales distraerme, buscando trabajo en épocas de escasez y mala fortuna. Siendo quien era, un pobre tipo, se me hacía cuesta arriba conseguir un empleo digno. Entonces podrán deducir como obtenía un plato de comida o el abrigo, robando a los débiles que no podían defenderse. No era algo que me llenara de orgullo y siempre lo tomé como algo pasajero, pero el tiempo transcurrió y me acostumbré.

En una de esas noches en las que el estómago me pedía a gritos salir de cacería de bolsillos, me lo crucé en un oscuro callejón de las adoquinadas callezuelas del Bajo. El río supuraba humo, lo recuerdo bien, y escondido detrás de unos barriles lo tomé por sorpresa cuando paso por mi lado. Lo tumbé de forma seca sobre el suelo y para su desgracia su cabeza golpeó contra el cordón de la vereda. Rápidamente un charco de sangre brotó de la herida y supe que había tomado su vida cuando el menos lo esperaba.

Atiné a huir rápidamente pero mis piernas se congelaron. Antes de escapar, pensé, mejor revisarlo. Hurgué en sus bolsillos y encontré una pequeña cajita negra. Además le quité un brillante reloj de plata que llevaba colgado del chaleco. Antes de partir en las sombras algo me llamó la atención. La niebla del río comenzó a acercarse. Lo envolvió haciéndolo desaparecer. Mis ojos nunca habían visto algo semejante.

Una vez en la soledad de mi morada (con una pequeña marmita al fuego y los pies descalzos secándose al calor) tomé el botín y fue inmensa mi sorpresa con lo que vi. El reloj, hermoso y noble como si fuese hecho por un suizo, no tenía los números de las horas. Que extraño, pensé, pero imaginé que era uno de esos diseños nuevos que usaban los ricos. Tan bello era que sin dudarlo lo enganche del pliegue del ojal de mi vestidura y ante un espejo impostaba voces graves llamando a la servidumbre con órdenes obscenas.

Esa noche caí preso del sueño antes de abrir la segunda mitad del botín.

A la mañana siguiente desperté renovado. Me serví del té que había sobrado y con los últimos dos bizcochos viejos decidí salí a trotar. De repente no era trotar, sino correr. Cuando retorné no podía creer que a mi edad pudiese haber dado la vuelta a los tres barrios lindantes, no una vez sino cuatro veces. Me sentía lleno de energía y fuerza. En una palangana con agua del arrollo me lavé las manos y la cara. Me dio hambre, se acercaba el mediodía.

Terminé de secarme el rostro cuando clavé mis ojos en el reloj. Que extraño. Además de no tener las horas, la aguja gira en sentido contrario. ¿Qué baratija es esta?

Me miré en un pequeño pedazo de espejo roto que tenía colgado de la pared. Entonces lo comprendí todo. Las suaves arrugas de mis cuarentas habían desaparecido. El pelo comenzaba a crecer nuevamente. Parecía que estaba retrocediendo en el tiempo. Nuevamente, volví a mirar el reloj que giraba al revés.

Busqué entonces la caja negra que le había quitado al hechicero la noche anterior. Pero lo que encontré en su interior es digno de otro relato.

miércoles, 1 de febrero de 2012

EL Boceto De Prueba


Si estoy escribiendo menos es porque me concentro en la totalidad. Va tomando forma...