jueves, 2 de febrero de 2012

El Reloj

En lo que refiere al don y la magia mucho se ha dicho y poco se ha comprobado. Las historias pueblan el mundo en libros que sirven para matar el tiempo del hombre común y sin embargo muy alejados están de la realidad que habitan. Lo digo, lo sé, porque me he cruzado con un hechicero hace mucho tiempo atrás.

En aquel entonces yo no era más que un pobre hombre que vivía sin familia ni amigos en un humilde rancho en las afueras de la Ciudad. Me servía bien, sin lujos innecesarios en los cuales distraerme, buscando trabajo en épocas de escasez y mala fortuna. Siendo quien era, un pobre tipo, se me hacía cuesta arriba conseguir un empleo digno. Entonces podrán deducir como obtenía un plato de comida o el abrigo, robando a los débiles que no podían defenderse. No era algo que me llenara de orgullo y siempre lo tomé como algo pasajero, pero el tiempo transcurrió y me acostumbré.

En una de esas noches en las que el estómago me pedía a gritos salir de cacería de bolsillos, me lo crucé en un oscuro callejón de las adoquinadas callezuelas del Bajo. El río supuraba humo, lo recuerdo bien, y escondido detrás de unos barriles lo tomé por sorpresa cuando paso por mi lado. Lo tumbé de forma seca sobre el suelo y para su desgracia su cabeza golpeó contra el cordón de la vereda. Rápidamente un charco de sangre brotó de la herida y supe que había tomado su vida cuando el menos lo esperaba.

Atiné a huir rápidamente pero mis piernas se congelaron. Antes de escapar, pensé, mejor revisarlo. Hurgué en sus bolsillos y encontré una pequeña cajita negra. Además le quité un brillante reloj de plata que llevaba colgado del chaleco. Antes de partir en las sombras algo me llamó la atención. La niebla del río comenzó a acercarse. Lo envolvió haciéndolo desaparecer. Mis ojos nunca habían visto algo semejante.

Una vez en la soledad de mi morada (con una pequeña marmita al fuego y los pies descalzos secándose al calor) tomé el botín y fue inmensa mi sorpresa con lo que vi. El reloj, hermoso y noble como si fuese hecho por un suizo, no tenía los números de las horas. Que extraño, pensé, pero imaginé que era uno de esos diseños nuevos que usaban los ricos. Tan bello era que sin dudarlo lo enganche del pliegue del ojal de mi vestidura y ante un espejo impostaba voces graves llamando a la servidumbre con órdenes obscenas.

Esa noche caí preso del sueño antes de abrir la segunda mitad del botín.

A la mañana siguiente desperté renovado. Me serví del té que había sobrado y con los últimos dos bizcochos viejos decidí salí a trotar. De repente no era trotar, sino correr. Cuando retorné no podía creer que a mi edad pudiese haber dado la vuelta a los tres barrios lindantes, no una vez sino cuatro veces. Me sentía lleno de energía y fuerza. En una palangana con agua del arrollo me lavé las manos y la cara. Me dio hambre, se acercaba el mediodía.

Terminé de secarme el rostro cuando clavé mis ojos en el reloj. Que extraño. Además de no tener las horas, la aguja gira en sentido contrario. ¿Qué baratija es esta?

Me miré en un pequeño pedazo de espejo roto que tenía colgado de la pared. Entonces lo comprendí todo. Las suaves arrugas de mis cuarentas habían desaparecido. El pelo comenzaba a crecer nuevamente. Parecía que estaba retrocediendo en el tiempo. Nuevamente, volví a mirar el reloj que giraba al revés.

Busqué entonces la caja negra que le había quitado al hechicero la noche anterior. Pero lo que encontré en su interior es digno de otro relato.

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