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jueves, 19 de abril de 2012

Criatura

A ti que no comprendes el bien o el mal, que llevas un rostro deformado por la locura y el horror, he de darte un regalo divino. Puesto que llevas cicatrices que jeden a la distancia, ahora como nidos de moscas que encontraron allí la dulzura del terror salado, de lágrimas rojas que caen de tus varios ojos, de todas las cuencas de un pútrido ser.

Y pese a la monstruosidad, dentro de lo que fuese eso que es cuerpo, claramente reside un alma. No está en mi juzgar por tu bondad o contrario, ahora bien no se que eres. Pero al tener esencia entonces compartes algo conmigo, por tan alejado que sea, somos parte de lo mismo. Ya sea que los espejos no nos reconozcan como iguales, incluso ellos pueden equivocarse en su reflejo.

A ti criatura asquerosa, te obsequio tres amigos fieles que nunca te temerán, sin importar lo que piense el mundo.

lunes, 16 de abril de 2012

Siete Otoños Más

Al Oeste, una luna asomaba la mitad de su mejilla. Con vergüenza y timidez se levantaba por sobre las montañas del olvido. Al Norte, un vasto mar calmo se perdía detrás de un manto de estrellas, como si alguien hubiese estornudado polvo de plata sobre un telón negro. Al Este, el nacimiento de un río y cuarenta carabelas ancladas en el puerto con sus velas altas celebrando la victoria. Al Sur, la promesa de esperanza.

Trágico había sido aquel día para la Ciudad de Jub. Los cadáveres todavía conservaban el calor de la vida y su sangre seca maldecía los prados alguna vez verdes. Mientras soldados ataviados de acero crudo limpiaban la inmundicia de la tierra, despojaban a los enemigos de sus posesiones y cruelmente seleccionaban a los esclavos entre los escasos sobrevivientes, un General miraba el horizonte desentendido de la matanza que allí se había dado lugar.

En su corazón cantaba fábulas de conquista.

Por su espalda se acercó un joven consejero y preguntó de forma inocente que observaba con tanta atención. El hombre, que tenía la mano derecha apoyada en la empuñadura de su espada envainada, tardó unos instantes en contestar. Finalmente, rompió el silencio.

Dícen que la historia del mundo se escribe día a día, pero a mi me han enseñado lo contrario. Hace ya veinte inviernos de los largos mientras lideraba una tropa en los bosques más allá del horizonte encontré un hombre herido en la pierna. Había sufrido el ataque de un lobo. Lo ayudamos, lo atendimos y a los pocos días ya caminaba por sus propios medios. Fue entonces que me enseño su verdadera esencia y me entregó un secreto sagrado.

Sabes Gyund que soy cruel ante mis enemigos. Pero con justa causa. Dicen, que la historia del mundo se escribe día a día, pero yo estoy destinado desde mi concepción del mal. Ese hombre que había salvado de una muerte segura se encontraba en este lugar en el día de ayer. Y fueron mis manos quienes le arrebataron la vida. Me preguntaras porque, pero yo te preguntaría porque no. La respuesta querido Guynd no la tengo yo, sino que está en la música. La noche llora una serenata en mi nombre, en una clave de sol invertida, dándome siete otoños más de existencia.

Llévale ahora la orden a mis hombres de que acerquen hasta mí el Cronógrafo. Acompáñalos velando por su integridad, de que no se caiga ni se golpee en el camino.  No deseo perder tiempo en afinarlo. Una vez que retornes con él, te enseñaré lo que aquel hombre me enseño a mí hace ya mucho tiempo atrás.

Es hora de que escuches la balada del Héroe.

viernes, 13 de abril de 2012

Conciliábulo

Los cuentos sobre conspiradores son traicioneros hasta para el propio lector. Es imposible distinguir si están jugando con uno, si están confabulando o simplemente es artimaña de baja calaña. Por tal motivo he puesto en movimiento mis dones de poder para juntar en un antiguo almacén a ciento catorce actores y cuarentaysiete actrices. Cada cual con órdenes específicas sobre que decir y como responder ante las palabras de los otros cientos, misiones y objetivos a la carta y un antiguo caserón convertido en planchas de teatro libre. He de llegar, con cuaderno y pluma en mano, ha descubrir la verdad sobre los conspiradores, sobre sus aventuras y redes tramposas. Perfecciono mis ojos, agudizo mis oídos y créanme, que no le creo a nadie, ni ustedes deberían creerme a mi, ni a ellos a nosotros, ni ustedes  a ustedes mismos.

Porque les cuento un secreto, en este exacto momento si mis crónicas están en lo cierto, alguien esta conspirando contra usted.

miércoles, 11 de abril de 2012

De La Profundidad Que Albergan Los Cielos

El hijo desaparecido había vuelto, sin más no era el mismo que ojos antiguos habían conocido. Sus formas eran oscuras y sus deseos, a diferencia del ayer, ahora se ocultaban tras una coraza de sombras. Ya no había sonrisa en su rostro, ni siquiera una pizca de alegría o júbilo alguno. Quien era este ser, que siglos atrás supo ser maravilloso, nadie podía explicarlo. Su nombre ya no lo representaba. Tras una bruma de misterio y mirada azul escarcha, decía llamarse a sí mismo como un monstruo formado de letras de otro alfabeto, traducido solo en una sensación de venganza que lograba serpentear bajo la piel de todo aquel que osara sostenerle la mirada.

Oh tú (antiguo perdido), que bajas de una profundidad que albergan los cielos, ¿es acaso este el infierno del cual habla el paraíso? Contagias temor, las flores se cierran a tu andar y los perros salvajes aullan en tu honor, ¿debemos acaso esperar que las cosechas mueran bajo tu susurro? Ten piedad de estos humildes hombres que nada te han hecho, solo sufrir tu ausencia.

Allí contemplando la vida, se encontraba el impronunciable. Imposible describir, como esas cuencas vacías gritaban, tan solo conservadas por un brillo tenue de un olvidado resplandecer. Sin embargo, tanto decían, que era mejor permanecer con la boca cerrada. Era muerte y vida a la vez, una vida que supo encenderse tras arrebatar una inocencia que le habían quitado, o que, muy probablemente, había perdido quien sabe por que causa macabra.

¿Has venido entonces a pedir el tan postergado perdón, héroe?

No se inmutó. Ni los vientos tuvieron la valentía de interrumpirlo.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Dos relatos que se embarcan en viajes similares, a la vez diferentes. Una historia refiere a un hombre que se enamora de una mujer. La otra de un hombre que se enamora de la mujer de sus sueños.

Resulta que para la curiosidad de los dioses, ambas velas bajan ancla en un mismo puerto la misma noche. Es la taberna oscura la que les da la bienvenida, les ofrece bebida y los invita a jugar al compás del aire de mar y comidas exóticas. 

Continuará...

lunes, 26 de marzo de 2012

Las Orillas Del Zheng Hé

Pasajes perdidos de esta leyenda han sido reescritos por una serie de autores anónimos a través de una historia que data de incontables años y extensos períodos de búsquedas por los párrafos extraviados. Ha sido una ardua tarea la de completar este maravilloso puzzle o rempecabezas, que me ha traído una miseria, que me ha apartado del camino para concentrarme tan solo en un único pensamiento.

Consta el décimo segundo capítulo, completo y original, sobre trece campesinos oriundos de un pueblo a orillas del río Zheng Hé al noreste de Asia siempre, cuando y donde uno ponga sus pies en el mapa. Allí, siete eran parientes entre si fruto del incesto. Seis restantes eran simplemente seis, gran número entre números, repetidos incansables veces hasta su trinorma infernal.

Resumen tras resumen y a resumidas cuentas, las agrietadas hojas escritas a mano en tinta de carbón sobre papiros de piel de cabra (piel no papiros, pero se disculpa la expresión) detallan el modesto cambio de comportamiento de cuatro de estos hermanos o primos de entre los siete para hacerse súbitamente de la vida de dos de los seis, la octava noche de un cuarto mes. Armados únicamente por dagas templadas en la árida y fría tundra de un paisaje alguna vez dominado por Kahn, treparon techos de paja abriéndose paso al interior de una morada privada donde la mitad había festejado aquella noche. 

Ebrios ellos, ya desmayados habían encontrado descanso donde fuese que el alcohol les haya dado el golpe seco. Unos sobre un colchón de paja, otros sobre el suelo de tierra, uno abrazando un bote de madera. Sus ronquidos delataban, entre movimientos y murmullos de borrachos, un festejo que había tenido lugar en aquel lugar del mundo. 

Para cuatro que eclipsados bajo una luna traicionera luna juraban venganza, no había motivo de alegría. Habrían de dar muerte a los suyos, tres entre cuatro (uno más sino tres menos uno), quienes habían dado tres hermanas en forma de pago a cambio de una elevada posición o casa con nombre propio. No era tan solo el poco honor de haberlos dejado fuera del negocio, sino que lucraron con sangre que no les correspondía ensuciar. Afilando armas en las sombras, decidieron que esa sangre debía ser reclamada.

El tono y modo usado en la narración meramente explicativa sobre el instante en que las hojas se deslizaban suavemente sobre gargantas, vientres, miembros y tripas, es tan horrorosa y detallada que se requiere de un estómago duro y curtido para soportar semejante matanza. Innecesario decir que en este breve discurso tal volumen ha sido eliminado.

Capitulo décimo segundo, original, de las orillas del Zheng Hé

jueves, 22 de marzo de 2012

Legado De Una Metáfora

Matadores y verdugos figuran en enciclopedias que lamentablemente han visto su final en bibliotecas atacadas por enemigos, quemadas hasta sus cimientos. Papeles, tinta, telares y grabados, en todos los confines de esta esfera han sido borrados in eternum. La herida que nos produce haberlo perdido todo para siempre es profunda y se infecta velozmente.

De una destrucción que data de épocas sin números he rescatado unos párrafos olvidados.

Así refieren:

Para los mortales la vida se reduce al nacimiento y a la muerte. Para los historiadores la vida se reduce a los nacimientos y las muertes de otras personas que no son ellos mismos. Para los traidores la vida se reduce al día en que vendieron sus valores e ideales, para los valientes al día en que enfrentaron sus miedos y los vencieron.

El mundo como tal, como esfera y plano superior en el cual hacemos nuestro camino, ya sea como individuos o como pueblos, tiene un proceso no lineal muy diferente a nuestros cantares. En este caso (generalizando porque estamos hablando de un ente que todo lo abarca en un universo reducido, pero universo al fin), no hay nacimiento ni muerte semejante. El devenir crónico de sus vidas esta estrictamente sujeto a vicios extraordinariamente mayores y que no por eso le resta importancia a la gloria del mecanismo cíclico.

Convengamos entonces que, así como los historiadores juntan, estudian y recolectan sobre acontecimientos pasados, lo mismo sucede (no sabría afirmar desde cuando porque el tiempo es atemporal en este presente) en el hilo conductor de una tierra que habla por si misma contando un relato infinito sin secretos. Lástima que la humanidad es sorda, ciega y muda.

Esa es la humanidad que nos hace lo que somos. La ambición, el poder de crear y destruir de igual forma, una magia que comprendemos y no aceptamos como tal  aunque le modifiquemos el nombre y la denominemos -razón- como conciencia lógica, no nos permite ver, ni oír, ni contar lo que sucede bajo nuestra nariz.

En la idea de individuo singular el concepto muere antes de nacer. En la idea colectiva social de historia a través de los tiempos tenemos límites, como el del arte de la escritura, su principio aquel de los primeros caracteres con significado, como dibujos hechos en tinta y pigmento triturado de piedras o carbón, labrada la piedra y erguido el menir. Pero antes, el traspaso de boca en boca de hechos y nociones. Pero cuidado ya que corren un serio riesgo de modificarse a través de las edades y que por ende no guardan veracidad suficiente. Ambos rumbos mueren cuando intentamos encontrar donde comenzaron, cual laberinto.

Hay que ser inmortal para no caer en la humillación. Poder estar en todos los lugares en un mismo instante. Abrir la mente para comprenderlo todo en un microsegundo. Unirlo con el pasado sin principio y suponer con delicadeza como será el futuro próximo. Pero tan solo si uno puede vencer al tiempo, abrazar la omnipresencia y jugar a ser un dios, porque para aquellos que recorren los senderos del hombre común ese será nuestro nombre y apodo, basado en una ignorancia que predomina bajo el éter de la desunión.

Pero seamos sinceros con nosotros mismos. No podemos permitirnos el lujo de hablar siquiera sin discusión de cárceles invisibles, o en su contra opuesto, de divinidades que no supimos conseguir. El hombre en singular, una vez mas, funciona a modo de hilo conductor. Una hebra de conocimiento y experiencia que se enreda con otra, para que ambas se anuden a una tercera y una cuarta. Así decora un lapso determinado la unión de las personas, asesinando la ironía del reloj ya nombrada en otros fascículos y tomos perdidos. Eso que antes moría, ahora sobrevive gracias al legado de una metáfora de cadenas inquebrantables que significa el padre, el hijo, el nieto y la herencia de los unos hacía los otros.


Estas son las palabras de Moulant de Meridi, retratadas en lo que fue su descargo final en el juicio no exonerable por prácticas oscuras, hechicería y non santa brujería entre una gran serie de acusaciones, la mayoría jamás comprobadas.

Es menester que sus palabras no mueran en el olvido.

miércoles, 21 de marzo de 2012

El Sobre Gris

Me encontré con él bajo la fría mirada de la parroquia de Freiburgo cerca de la frontera con Francia una tarde cerrada de febrero. Allí habíamos quedado por carta, allí era la cita, allí llegamos los dos de forma puntual cada cual mirando su respectivo reloj. Nos saludamos a la distancia antes de acercarnos y estrecharnos la mano con tono cordial.

Nos conocíamos, no nos queríamos. Yo deseaba a Ulrike, él jamás me permitiría tenerla, bajo ningún punto de vista. No era una competencia, pese a que mi sentimiento le disgustaba, para Ulrike yo apenas era un nombre más en una lista interminable. No tenía con qué ganarme su mirada, y él, muy bien lo sabía.

Se abrió el Loben largo que le llegaba a los pies. De un bolsillo interno sacó un sobre gris y me lo extendió. Lo tomé, lo guardé dentro de mi abrigo. Me ajuste el sombrero y le extendí el brazo para saludarlo pero dio media vuelta y desapareció detrás del Münster perdiéndose en los pasillos del Hoff.

Allí quedé inmóvil un rato. Hacía frío, mucho frío y ya se me congelaban las rodillas. Todavía debía viajar hacia Genevè (Ginebra) por los Alpes y con bajas temperaturas tales trechos pueden volverse deprimentes. Miré el sobre, gris ceniza, volví a esconderlo. Por sobre mi hombro creí que alguien me prestaba atención pero debe haber sido mi paranoia. Hacía días que la paranoia me perseguía. Pero no solo por ser paranoico significa que nadie está observando. Todos lo hacían. Era el único allí con mi propia quietud poco ortodoxa bajo la catedral de piedra, en la plazoleta del Heimburger, un mercado casi abandonado.

(pequeño extracto, es demasiado largo para subir el completo acá).

miércoles, 14 de marzo de 2012

Anden Catorce

En el andén catorce de la vía abandonada de Minas Altas nadie esperaba ese tren que jamás iba a pasar. El puesto de venta tenía la ventana rota a piedrazos, los fierros torcidos y el maderón agrietado por la humedad y el paso del tiempo. Los faroles al costado de los rieles se curvaban buscando el suelo como ancianos que luchaban evitando la antigüedad. Los postes de telégrafo, ya no quedaban si quiera, tres únicos caídos al costado de un gran árbol frondoso, típico del lugar.

Era una noche de lluvia torrencial en aquel lugar abandonado.  La tormenta azotaba fuerte, el viento soplaba con furia y el cielo soltaba su enojo contra una estación de trenes que el mundo había olvidado. Debe ser que a pesar de haber sido enterrado en el olvido, que exista en mi memoria debe de tener algún significado. Esos son los lugares que traen paz, que nadie se atreve a caminar, mucho menos bajo el azote de un diluvio semejante.

Por allí caminaba yo cubierto por un gran piloto negro, sombrero de media ala y manos profundas en los bolsillos interminables. Anden trece y anden catorce, a la izquierda del décimo quinto, sin nadie que perturbara mi descanso. A la altura de un antiguo despacho de correo, un único farol en lo alto aún conservaba su perpetua luz. ¿Que obra de magia le habría permitido mantenerse con vida? Allí cortando la oscuridad del cielo sobre una banca empotrada a la pared, con esos grandes tablones de madera. Desee sentarme, así lo hice.

Estiré las piernas aún con las manos metidas en el abrigo y el rostro escondido en la sombra del sombrero. Mirar hacía arriba era lo mismo que mirar hacía abajo, un abismo negro que todo lo devoraba. Sin embargo allí, bajo el farol, levantar la mirada significaba empaparse de un millar de gotas rebeldes que bajaban a una velocidad hiriente con destino lastimero. Parecía un viaje en el tiempo, donde la nada misma era cortada por lucesitas brillantes que no eran nada mas que agua y que, siendo tan poco, eran a la vez algo tan gigante. 

Tan hermosas eran, que decidí detener el mundo.

La lluvía se congeló en un abrir y cerrar de ojos. El viento cesó de repente y todos esos rayitos de agua quedaron fríamente suspendidos en el aire. Me quité el sombrero, lo apoyé a mi costado. Miré mi reloj, quieto a las once menos cuarto.

Quince minutos que jamás llegarán, un tren que nunca pasará, una memoria y un momento que quien sabe que significado tendrá. Y digamos que, pese a pasear un rato por una estación perdida de Minas Altas, lo extraño es que mas allá de lo imposible, a lo lejos parecía venir un tren.

miércoles, 29 de febrero de 2012

En La Carencia De Luz

Su nombre había sido desterrado de este mundo por siempre. Desde entonces vivió atormentado, atraído solo por los onomatopeyas de los desconocidos, chasquidos de dedos o silbidos burlones que hacían referencia a su ser pero que no tenían ninguna intención en darle significado siquiera a un apodo propio. Arrastrado y cabizbajo, no se sentía mas que un perro vagabundo o una rata de alcantarilla.

Miraba con desprecio desde la sombra de un callejón, escondido a los ojos de jueces y verdugos por igual, a todos ellos, pequeños y niños, damas y señoras, los aborrecía con el pensamiento y el alma. Un oscuro designio, un deseo de venganza, atrocidades espeluznantes de torturas incomprendidas por una civilización que le dio la espalda, que lo dejó sin nombre, sin un mísero y barato nombre.

Pero en tanta maldad, tanta envidia y tanto rencor, más tarde que temprano algo nació en su profundo abismo interior. Y en la carencia de luz brotó la llama, aunque en este caso sea una llama del mal y no de la bondad o la paz. Este fuego maldito danzaba con intenciones de devorarse a todos por igual, disfrutando los pecados y los pecadores, del sufrimiento ajeno y la desdicha de todos. Ya nadie jamás le negará un plato de comida, ya nadie le esquivará la mirada. Ya nadie lo recordaría como el sin nombre. Pero antes, debía buscar una víctima.

A pasos agigantados ese resplandor negro emergió de un cuerpo marchito y pútrido. Lo entumeció y sus cuencas cavernosas y se volvieron violáceas encerrando redondos ojos blancuzcos, que respiraban traición y trampa. Como un motor que comienza su ronroneo letal, la sangre volvió a correr libre y calurosa por sus venas cerradas. Abrió las fauces y tragó una bocanada de aire, de humo industrial en una ciudad que lo había confinado al olvido eterno.

Se arrastró una noche fuera del callejón. Como una víbora que sale del cascarón, dejando un hilo de inmundicia detrás, un rastro de muerte que avisa del veneno, que mata flores y obliga a los pasantes a cubrirse el rostro por el hedor. Hierve en su interior, devorando tripas y entrañas, cauterizando las heridas lejanas para volver a abrirlas en purulentas llagas de pus y odio, en una llama de terror.

Del otro lado de una adoquinada callezuela, al costado de un basural, un banco de madera y un pequeño niño de mejillas rosadas. Sus medias caían por debajo de las rodillas, su cabello finamente peinado hacía un costado, una sonrisa y una inocencia que había sido vista por un hombre sin nombre, que ya había dejado de ser hombre, que ahora gateaba a tientas olfateando una presa impoluta de tristeza, que llenaba su paladar con aromas de ignorancia y niñez intocable.

A su lado, sin madres o padres que le prestaran la mínima atención, el pequeño supo que no se encontraba solo. Una gran sombra a su lado se elevó como un humo que todo lo abarca y envolviéndolo en una pregunta misteriosa supo cual era su nombre. Ahora me llamarán como a ti, Lumartré, con la diferencia que aquellos que deseen recordarte lo harán nombrando a tu asesino y captor, a tu depredador y dueño perpetuo en la gloria del mal que tanto me hicieron ya que todos ellos que te dejaron aquí son culpables por tu pérdida, por mi victoria.

Lo tomó de la mano, lo llevó al callejón, lo devoró hasta los huesos, con la crudeza de un tiburón famélico luchando por su propia vida.

Lumartré. Gordo en su ser, repitió su nombre robado. Lumartré, un demonio cuyo viaje recién había comenzado.

miércoles, 22 de febrero de 2012

A La Vanidad

En mis inconclusas memorias figura de puño y letra los nombres de aquellos que mantuvieron contacto conmigo y me enseñaron más allá de lo fáctico. He dejado entonces constancia de quienes son, descripciones detalladas y nombres (en caso de recordarlos) para que otros puedan descubrirlos y de ellos aprender. A la edad de catorce fue mi primer encuentro y así decía entonces:

Ella no tenía nombre y supe que era la Sabiduría. Me dio de probar una gota de luxor y se me reveló una verdad que juré en su honor guardar para mi y nadie mas.

Como es posible observar, en estas letras no revelo nombres. Pueden ser encontrados en mis posesiones post mortem, llegado el día o la noche y aún sin terminar. La historia de mi viaje en estos años continúa y a los veinte años ya como un pequeño hombre recuerdo una situación extraña y oscura:

Hubiese perdido el juego al caer al abismo. Fue su mano la que me tomó justo a tiempo y me regaló unos años más en esta vida. Antes de partir, sin ganas de recibir mis gracias, se refirió a mi como Nu Tarkos Etum Klustim Akothel (no es tu momento aún, te reclamaré con campanas).

Tengo mis versiones sobre mi atracción a las deidades y los fundamentos principales. He conocido pecados también. Con muchos de ellos compartí penas, aunque siempre exento de castigo alguno. Antes de la treintena celaba una anécdota maravillosa:

No solo era una mujer, eran todas las mujeres hermosas de la tierra. No solo era un hombre, eran todos los hombres bellos del mundo. No era una reunión, era el sentimiento de placer por placer, de hacer por deshacer, de disfrutar con los manjares del cuerpo y la tentación absoluta. A todos sus encantos sucumbí, pese a tener esposa, por cada uno de ellos me dejé llevar.

Todo temblará el día que suenen las campanas. Mis leyendas estarán guardadas, no por eso a salvo. Por hoy, un último tema, mi encuentro con la vanidad a quien le dediqué las siguientes líneas:

Dime quien eres, me ordenó. Respondí entonces que en mis inconclusas memorias figura de puño y letra los nombres de aquellos que mantuvieron contacto conmigo y me enseñaron más allá de lo fáctico.

Me escucho hablar, y los dos sonreimos.

viernes, 17 de febrero de 2012

Tertulia De Jueves

Era la típica tertulia de los Jueves. Alrededor de una gran mesa redonda siete hombres con sus diferentes características se miraban fijamente, enfrentados, de costado, en diagonales. Uno llevaba su nombre como bandera y era conocido como Claustrio Poloktzi, el gran capital del Oeste, apodo bien ganado por sus incontables millones, por haber sido financista en la construcción del tren costero y consejero de uno de los tantos papas.

Este último dato no es menor y ponía seriamente incómodo a Jaqcues Buvauert, un descreedor de las religiones, un enemigo de todo dios, un rebelde de todos los sistemas. Un hombre sin reglas. Esto, a su vez, no era suficiente para convertirlo en un libertino y pese a estar ausente de ciertos dogmas comunes llevaba con él una elegancia y una educación que le rendía frutos a la hora de ser bienvenido en reuniones como la de los Jueves. 

Volviendo al tema, el Sr. Bauvert consideraba repulsivo que Polotzki haya oficiado de concilieri de un magistrado de la iglesia, del mensajero del señor. Detestaba verlo sentado allí a su lado, con su mirada superior y sus aires de elevado. Si tan solo supiese que su fe es de mentira, pensaba, pero no se animaba a decirlo. Agregando, todos allí sabían y conocían su postura al respecto pero por respeto al círculo nadie sacaba el tema a la luz.

Podría describir al resto de los cinco contertulios abandonados en este relato pero me parece insignificante. Pese a sus nobles virtudes y condenables vicios ellos no tienen mención en lo sucedido aquel día post miércoles de verano del sur. Solo atinaron a observar y cerrar la boca.

Polotzki y Bauvert se conocían bastante bien. No eran enemigos sin embargo tampoco amigos. Solo conocidos del rejunte cultural que los unía por obligación, una obligación que tomaban como una responsabilidad en favor de encontrar una verdad verdadera. Pero en este camino Claustrio y Jacques siempre se mostraban opuestos y cada cual sabía defender su postura con los ejércitos de miles de palabras elocuentes y bien pronunciadas. Para sumar al trabajo de discernir en temas no físicos, Polotzki discutía en idioma polaco como su apellido lo delata mientras que Bauvert subía la temperatura en alemán (vivió en Freiburgo unas dos décadas) pese a haber nacido en Francia.

Bastaba con oírlos elevar la voz, gesticular con movimientos de brazos dignos de un director de orquesta. Y todo por una verdad verdadera, que para uno no era verdad, para el otro tampoco verdadera; Si guardaba en secreto alguna realidad, solo la razón podría descubrirlo, decía Bauvert. Es la fe en la esperanza la que revela el camino puro, contrariaba Polotzki. Los demás prestaban atención.

Todos los Jueves todos, siete hombres se reunían en una tertulia dedicada a una verdad que todavía no habían descubierto. Una verdad que para cuatro era mentira, para dos verdadera, para uno era relativa. Una verdad que era a su vez todas las verdades, todas las mentiras y era tan relativa que, luego de suficientes Jueves como para contar unos muchos años, entendieron que no existe verdad mas absoluta que la siguiente. 

En esta vida todo se reduce al amor.

Así nació la reunión de los Viernes, destinada al desarrollo del manifesto correspondiente.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Doble O Nada

Debo hacerles llegar esta historia y daré lo mejor de mi para ser fiel a la realidad. Pese a que mis relatos pueden sonar extraños y poco naturales juro que éste en especial guarda una verdad perturbadora y a la vez clarificadora. 

Sucedió hace no mucho tiempo atrás, una noche de luna redonda en lo alto del cielo de Buenos Aires donde la humedad parece impregnarse en el cuerpo y en los brazos tirándonos hacía abajo. Revolotea y juega con los peinados de las muchachas. Se me había roto la ventilación y todo era sufrimiento, calor y más sufrimiento. La heladera se había apagado, el hielo se había derretido. El agua fue usada para regar las plantas. Antes de desaparecer, me dije, mejor aparecer. Entonces me escapé a un destino incierto.

Un oscuro bar de Coghlan allí cerca de las vías de Balbín, el único abierto a tales horas. Me encontré de casualidad con un extraño conocido no tan conocido, Don Barón, que apaleaba la pesadez nocturna con pequeños sorbos de ginebra. No necesité invitación alguna para unirme, simplemente acerqué mi silla a la usanza de los machos del barrio, sin mirarlo a los ojos y pidiendo dos de lo mismo, pago yo esta vez.

Me miro de refilón, sin mirarme en realidad, aunque mirándome, digamos. 

- Le juego a algo, bufoneó. Tal era la costumbre allí.

- No quiero dejarlo seco, retruqué. Dos más, por favor.

- Me gusta su sombra, le da un aspecto misterioso. Las sombras son nuestras guardaespaldas de la oscuridad. Sabe usted que en la luz ellas aparecen siempre siguiendo nuestros pasos. No hay forma de evitarlas. En la penumbra estamos seguros y ellas desaparecen. En fin, le propongo lo siguiente. A ojo de pájaro, ¿ve aquella dama sola en el ventanal? 

- Claro, respondí.

- Tremendo escote, agregó. Ella no tiene sombra porque la perdió hace un tiempo ya. Todas las noches viene aquí en su búsqueda pero al amanecer desaparece con las manos vacías. Hagamos lo siguiente. Debo confesarle que yo colecciono sombras, de todo tipo y color, no discrimino. Los motivos me los reservo. Su nombre es Estela. Hoy se puso ropa interior para la ocasión. Si adivina el color, entonces yo le devuelvo el alma que le gané aquella vez. Usted podrá devolvérsela y le garantizo que de premio se llevara no solo a la mujer sino la mejor noche de su vida. Si pierde, bueno... me quedo con su sombra.

No necesité pensarlo, el juego era inofensivo. Nunca me había detenido a pensar en el tema y ciertamente que la mujer estaba para el asesinato. Me limpié la saliva de la comisura de labio. Cerré los ojos y los volví a abrir. La imaginé semi desnuda, con esos pechos al aire, entre color piel y rosa claro. Mi nombre salía en suaves gemidos, me llamaba. Se acostaba en la cama. Su cuerpo se arqueaba, sus piernas se abrían y se cerraban hacia otro costado. Sus brazos se unían y esos pechos parecían explotar. Se mordía los labios y ponía carita triste. ¿Dónde estás? me susurraba...

- Rojo, grite golpeando la mesa con fuerza, ¡rojo! ¡Tiene una tanga de color rojo!

Don Barón sonrió y entonces supe que había perdido la apuesta. 

Es negra y de encaje. No es una tanga, es un culote hermoso y si no me cree entonces mire ahora mismo.

Estela se levantó y fue al baño. En el camino se acomodó la pollera y claramente se marcó el secreto. De una curva pronunciada se veía un elástico oscuro. Pasó a mi lado. Ni siquiera me miró. Que rico perfume, el perfume del amor.

- Es el perfume de la desesperación, me dijo. Y usted me debe una sombra. No se olvide de pagar la bebida, eso también le corresponde. Vivo acá nomas, acompáñeme por favor. Deudas son deudas.

Vacié mi billetera y salimos del lugar. A una cuadra un duplex humilde se levantaba en la esquina. Don Barón no vivía en el primer piso, tampoco en el segundo. Atrás pasando la terraza, entrando por un largo pasillo angosto, subiendo unas rotas escaleras de piedra, en un altillo, allí había una pieza desordenada y sumamente asquerosa. Allí vivía él.

Entonces me llené de dudas. No sentía peligro alguno pero a la vez no me sentía a salvo. Cómodo, esa palabra allí no tenía significado alguno. Incómodo, me sentía muy incómodo. Extraño, inquieto. No pertenecía a tal agujero inmundo. El mundo mismo parecía caerme encima. Me sentía solo, abandonado. En compañía, pero solo al fin. 

Un rayo de luz entraba por un pequeño ventanal. Don Barón prendió tres velas. El zaguán se lleno de una aire crepuscular. La pequeña llama de las velas titilaba sutilmente rebotando en las paredes. Allí vi mi sombra, mi oscura y amada sombra. Quieta, tal como yo, quieto. Me miraba como yo a ella. Nos despedimos sin decir una palabra. Ahora entiendo, esta es la soledad.

Don Barón sonreía. Los dos fuimos testigos de como mi sombra se aferró a mis manos. Quise sostenerla pero se esfumó entre mis dedos. Un grupo de otras sombras aparecieron en el crepúsculo de los vértices, detrás del ropero, por debajo de la cama, desde el techo. Salieron fugazmente, danzando y bailando. Entre ellas. Solas. Con mi sombra. La envolvieron sin que yo lo permitiese. No había nada que pudiese hacer al respecto. Y Don Barón seguía sonriendo.

- Preste atención, me dijo. Aquella contra la ventana es el reflejo tenue de Estela. Fíjese en esas líneas, en esas piernas. A la izquierda sobre la almohada de la cama. Esa es la sombra del panadero. El vagabundo de la calle Holmberg, allí sobre la repisa. La pequeña nieta de Doña Adelaida, escondida abajo de la mesita de luz, allí mire. Son todas mías. La que baila en lo alto, era suya, ya no más.

Me desplomé en una silla polvorienta. Solo, absolutamente solo. Me había traicionado a mi mismo.

Don Barón me miró. No dejó de sonreír pero algo de lástima debe haber sentido.

- Miré, me dijo sin quererlo. Mañana mismo volveré a ahogar penas. Si usted cree tener un llanto que compartir, le presto mi hombro. Quien le dice, quizás que podamos jugar una revancha. No desespere buen hombre. Sea como Estela y nunca deje de creer.

Absolutamente abandonado y destruido me fui a mi casa. Salió el sol pero no hubo sombra conmigo. El día fue eterno. Aquella noche volví al tugurio de Coghlan. Estela seguía junto a la ventana. Don Barón me esperaba con la ginebra en mano.

- ¡Doble o nada!, grite. Y entré dando un portazo.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Una Propia Verdad

Dicen algunos que para conocer todas las verdades del mundo es menester ser un dios de las matemáticas, no literalmente hablando, pero capaz de encontrar la unión numérica donde nadie la puede ver. Así, creen, es posible bajar una incógnita a ecuación y resolver su significado. Otros, como por ejemplo los religiosos, aseguran que para elevarse en el plano de la verdad lo único que se necesita es la santa fé y una vida de sacrificio a la causa. Solo de esa forma se nos abrirá el camino a la luz. El gran problema es que verán respuestas una vez cruzado el límite de la vida. Yo no puedo esperar a morir. Tampoco se de logaritmos y derivadas. Yo creo en mi propia verdad.

Es más fácil para la gente seguir una idea que otro ya elaboró. O ni siquiera, en seguir una verdad divina que nació antes que los pueblos, incluso que pudo haber creado estos mismos. Es al contrario mucho mas complicado formular una verdad y darla a conocer. Todos creen tener su propia verdad, o la verdad ajena que toman como de uno, o la mía, que no suelo compartir pero que alguna vez el viento supo llevar a oídos desconocidos.  

Tan difícil es reconocer la verdad (todos tienen su versión) que la mentira encontró el territorio suficiente para triunfar. Ante las miles de voces pregonando por infinitas verdades, la mentira se disfrazó de cada una de ellas. Para decir una realidad, que no siempre es la verdad, ni la sombra puede seguir a una mentira. Como las palabras de este texto, que nunca jamás nadie escribió, que hablan de verdades que conocemos y sin embargo nunca vimos. Probablemente, hasta mi propia verdad haya sido asesinada por una mentira que no supe ver venir.

O si. Y todo esto podría ser un engaño articulado y premeditado. Sea como sea, no necesito matemáticas o esperanza. Yo verdaderamente creo en mi propia verdad. Aunque deba mentir al respecto.

lunes, 6 de febrero de 2012

El Cazador De Estrellas II

Había caminado interminables eternidades a lo largo del mundo y luego de haberlo visto todo decidió que aquel era el lugar indicado. No solo por las montañas del horizonte que coronaban sus picos en blanco nube, tampoco por la interminable pradera verde que moría en las tranquilas fauces de un mar turquesa, mucho menos por los sonidos del viento suave o la cantidad de aves que allí le daban la bienvenida. La decisión pasaba por otro lado. 

Su vida había sido un viaje y de todos los extraños, hermosos y terribles paisajes que le había tocado contemplar solo allí podía él observar el Cielo en su mas majestuosa infinidad absoluta. Fue por eso, agregado a la idea de que allí en lo alto las estrellas siempre habían sido sus únicas e incondicionales testigos, que decidió finalmente asentarse y descansar el cuerpo de una buena vez.

Es que el cielo y sus titilantes habitantes lo fascinaban. Lo enamoraban. Le servían de guía en la oscuridad, de refugio para el alma e inspiración divina para la prosa y el canto. Las admiraba en su mas absoluta belleza, la negrura abismal en una lejanía inalcanzable, pero que para él era tan cercana que se sentía parte de la misma. 

Entonces pasó el tiempo, cuanto, nadie lo sabe. Pero importa poco y nada en esta leyenda ya que para estos héroes, los días duran meses, los meses años y los años se convierten en vidas enteras. En una saliente de roca había tallado un mirador y allí descansaba todas las noches en busca de nuevas historias que contar.

Y su preferida era la del Cazador de Estrellas, la del hombre que todos los ocasos salía a la intemperie con la vista preparada. Porque aunque el titulo de su fábula lo omita, este no era tan solo un Cazador de Estrellas, sino un Cazador de Deseos. 

Cuenta la historia que aparecía en los llanos con el último rayo de luz y desaparecía con el primero. Recorría y vigilaba las alturas esperando ver viajeros estelares. Estos viajeros, como él, guardaban un celoso secreto. Estrellas fugaces, les decía, tan fugaces que eran más rápidas que la vista misma. Aquellos con paciencia y buen corazón podían esperarlas. Atentos, podrían encontrarlas. Y atrapar una estrella fugaz significaba hacerse de un tesoro mágico. Ver una implicaba la posibilidad de pedir un deseo. Un deseo que podía cumplirse.

Así remiten los reglones del tiempo, que tantos deseos cazó este buen hombre que viajeros de todos los lados del mundo salieron a su encuentro. Movidos por la esperanza, la idea de que el cazador de Estrellas pueda regalarles un deseo sin pedir mucho a cambio. 

Los que saben, los que todavía recuerdan, aseguran que aquellos días el mundo fue un lugar más feliz.

jueves, 2 de febrero de 2012

El Reloj

En lo que refiere al don y la magia mucho se ha dicho y poco se ha comprobado. Las historias pueblan el mundo en libros que sirven para matar el tiempo del hombre común y sin embargo muy alejados están de la realidad que habitan. Lo digo, lo sé, porque me he cruzado con un hechicero hace mucho tiempo atrás.

En aquel entonces yo no era más que un pobre hombre que vivía sin familia ni amigos en un humilde rancho en las afueras de la Ciudad. Me servía bien, sin lujos innecesarios en los cuales distraerme, buscando trabajo en épocas de escasez y mala fortuna. Siendo quien era, un pobre tipo, se me hacía cuesta arriba conseguir un empleo digno. Entonces podrán deducir como obtenía un plato de comida o el abrigo, robando a los débiles que no podían defenderse. No era algo que me llenara de orgullo y siempre lo tomé como algo pasajero, pero el tiempo transcurrió y me acostumbré.

En una de esas noches en las que el estómago me pedía a gritos salir de cacería de bolsillos, me lo crucé en un oscuro callejón de las adoquinadas callezuelas del Bajo. El río supuraba humo, lo recuerdo bien, y escondido detrás de unos barriles lo tomé por sorpresa cuando paso por mi lado. Lo tumbé de forma seca sobre el suelo y para su desgracia su cabeza golpeó contra el cordón de la vereda. Rápidamente un charco de sangre brotó de la herida y supe que había tomado su vida cuando el menos lo esperaba.

Atiné a huir rápidamente pero mis piernas se congelaron. Antes de escapar, pensé, mejor revisarlo. Hurgué en sus bolsillos y encontré una pequeña cajita negra. Además le quité un brillante reloj de plata que llevaba colgado del chaleco. Antes de partir en las sombras algo me llamó la atención. La niebla del río comenzó a acercarse. Lo envolvió haciéndolo desaparecer. Mis ojos nunca habían visto algo semejante.

Una vez en la soledad de mi morada (con una pequeña marmita al fuego y los pies descalzos secándose al calor) tomé el botín y fue inmensa mi sorpresa con lo que vi. El reloj, hermoso y noble como si fuese hecho por un suizo, no tenía los números de las horas. Que extraño, pensé, pero imaginé que era uno de esos diseños nuevos que usaban los ricos. Tan bello era que sin dudarlo lo enganche del pliegue del ojal de mi vestidura y ante un espejo impostaba voces graves llamando a la servidumbre con órdenes obscenas.

Esa noche caí preso del sueño antes de abrir la segunda mitad del botín.

A la mañana siguiente desperté renovado. Me serví del té que había sobrado y con los últimos dos bizcochos viejos decidí salí a trotar. De repente no era trotar, sino correr. Cuando retorné no podía creer que a mi edad pudiese haber dado la vuelta a los tres barrios lindantes, no una vez sino cuatro veces. Me sentía lleno de energía y fuerza. En una palangana con agua del arrollo me lavé las manos y la cara. Me dio hambre, se acercaba el mediodía.

Terminé de secarme el rostro cuando clavé mis ojos en el reloj. Que extraño. Además de no tener las horas, la aguja gira en sentido contrario. ¿Qué baratija es esta?

Me miré en un pequeño pedazo de espejo roto que tenía colgado de la pared. Entonces lo comprendí todo. Las suaves arrugas de mis cuarentas habían desaparecido. El pelo comenzaba a crecer nuevamente. Parecía que estaba retrocediendo en el tiempo. Nuevamente, volví a mirar el reloj que giraba al revés.

Busqué entonces la caja negra que le había quitado al hechicero la noche anterior. Pero lo que encontré en su interior es digno de otro relato.

lunes, 30 de enero de 2012

La Idea De Amar y No Ser Amado

La idea de amar y no ser amado es demasiado catastrófica como para no tener mención de honor en los terrores más comunes del hombre normal. Lo mismo pasa para las mujeres. Sin embargo para aquellos que no entran en este rubro los sujetos se invierten, desde lo que aterra y lo que deleita. Para ellos la idea de no amar y ser amado es sinónimo de grandeza y gloria divina.

Para esta clase de gente no hace falta dar, sino recibir. La gran mayoría de ellos cuentan con hechizos diversos que les otorgan el don necesario como para recibir cuantos aplausos, sonrisas y cartas románticas posibles. Claro, sin devolver ni un solo gesto. Yo conocí una vez a un hombre de esta calaña. Descreía del amor y sin embargo le llovían las mujeres. A todas ellas las llevó a su cama pero nunca más les permitió volver.

Así fue que una noche decidió salir a regar las flores del jardín. A cada margarita le hablaba en tono profundo, a las rosas les cantaba y a los jazmines les relataba poemas de amor. Entonces entre un ciruelo y un limonero encontró para su sorpresa una pequeña hada de armonioso vuelo y sin dudarlo la invitó a pasar.

Le sirvió una taza de té y comenzó a escuchar las mil historias que la hermosa criatura tenía para contar, de lugares lejanos y combates épicos, de desaventura y esperanza. Sus ojos brillaban y cada vez que el hada tomaba una pausa para sostener la tacita entonces él suspiraba sin saberlo. Antes de que salga el sol se fundieron en un apasionado abrazo de amor debajo de las sabanas de la alcoba.

A la mañana siguiente el hombre despertó, a su costado no había más que un espacio vacío. Se sintió solo. Bajo las escaleras y la buscó pero jamás la encontró. Entonces recordó una libreta de teléfonos pero solo había dos nombres, antiguas novias despechadas. Decidió llamarlas igual.

La primera no le respondió. La segunda lo rechazo con insultos y maldiciones. Pobre hombre, ese era el espanto de ser solo, se decía.

Lo que sucedió realmente solo yo lo sé. Esa pequeña hada alguna vez había amado, alguna vez me había amado a mí y no a él. Pero lamentablemente nunca tuve ojos para ella. Herida en el sentimiento no correspondido bajó al mundo de los dolores y allí lo encontró, entonándole estrofas románticas a las flores. Y entonces todo se dio vuelta.

El hombre que no amaba y era amado perdió su corazón ante una divinidad que buscaba ahogar una pena. Ella que amaba y no era amada conocía gracias a él el poder de una gloria divina. A no sufrir mas por amor, se dijo antes de abandonarlo aquella mañana. 

El sufriría su ausencia por el resto de sus días.

viernes, 27 de enero de 2012

Caja De Zapatos (Llena De Zanahorias)

Este pobre hombre (quien supo ser inmensamente millonario en aquel entonces) hubiese intercambiado la totalidad de su fortuna por haber tenido al menos una mínima posibilidad de cambiar los acontecimientos de la historia, de su propia historia.

Corrían los años noventa en una chacra al sur de Buenos Aires, días de opulencia y extravaganza. De autos de colección estacionados sobre la pradera, de glorietas infestadas por gente vestida de frac y manjares sobre las bandejas de los criollos servidores. Alcohol en veintisiete variedades diferentes fluyendo libre por las lenguas de los invitados al casamiento y una prometida con el mejor amigo del futuro esposo, ambos enroscados en un abrazo pasional que era mas de lo que aparenta ser; Un engaño, una traición, un marido de mentira que los observada tras la oscuridad de unas lágrimas de desamor.

El matrimonio se suspendió. Ella, al ser puesta en evidencia, saltó de la colina quitándose la vida. Su amante, sin palabras con las cuales defenderse, intentó explicar un inexplicable. Antes de terminar su relato se arrojó al vacío cerrando así un terrible capítulo en la vida de Rómulo Rogelio.

Rómulo sufrió el tormento de los recuerdos hasta la actualidad. Agotó todo su dinero en encontrar la forma de quitar sus penas. Busco formas concretas, ahogarse en alcohol, las sustancias peligrosas, científicos y curanderos. Pero eran solo una salvación mentirosa, en la paranoia del escape Rómulo solo encontraba mas tormento. Regaló sus propiedades, quemó su ropa y con las manos vacías dejó su pasado atrás esperando que el destino repartiera la baraja una vez más.

Pero convengamos que la historia no está escrita para todos y son pocos aquellos que realmente merecen una segunda oportunidad. Rómulo camina todavía las veredas de la Ciudad. Harapiento, sucio y con la mirada perdida vaga por las calles buscando un amor perdido. Dicen que en una esquina casi lo encuentra, pero era nada más que una caja de zapatos llena de zanahorias. 

Pobre Rómulo Rogelio quien alguna vez fuese poseedor de envidiable fortuna y amor, cuantos cambiarían lo que tuviste por lo que perdiste.

jueves, 26 de enero de 2012

Nada Dicen Por Si Solas

He conocido hombres inmensos en alma y espíritu que han logrado superar los imposibles y que jamás habían leído un libro en sus vidas. De haber leído un poco al menos, hoy estos héroes serían leyenda. Es una lástima entonces que hayan perecido en el olvido, como letras sueltas que no tienen significado alguno y nada dicen por sí solas.

Es por tal motivo que salgo a la intemperie en busca de letras movedizas difíciles de encontrar, para cazarlas y darles un destino justo acorde a la historia que quiero contar, o mejor dicho, dejar como legado. Porque una vez me enseñó un héroe, de esos que caminan a lo largo y a lo ancho del mundo recolectando anécdotas y fábulas, que nosotros somos la memoria de lo que otros fueron.

Como esa eÑe y esas dos Zetas que reposan alegres sobre el escritorio. Como esa O de hilos sueltos que casi acaba con mi vida, o aquella eMe oxidada que espera tranquila por una nueva mano de pintura que la ayude a unir los labios en una fonética dulce y romántica.

Pero por si solas no tienen sentido, solo la unión les dará vida. Yo soy nada más que un humilde cazador de letras, un soldado del habla y, para tales asuntos, debería quizás hacerme de la ayuda de un mago o alguien con artes de hechicería encantada para que se una a mi búsqueda.

lunes, 23 de enero de 2012

Un día triste, de esos grises de invierno (no como estos agoviantes y húmedos días calurosos), Valderroble escuchó con atención la charla entre dos hombres allí en el bar, a tres mesas de distancia de la suya. Uno sufría por la pasión de un amor no correspondido al que llamaba por el nombre imposible, mientras que el otro se quejaba de haber desperdiciado toda su vida con una misma y única aburrida mujer.