Me encontré con él bajo la fría mirada de la parroquia de Freiburgo cerca de la frontera con Francia una tarde cerrada de febrero. Allí habíamos quedado por carta, allí era la cita, allí llegamos los dos de forma puntual cada cual mirando su respectivo reloj. Nos saludamos a la distancia antes de acercarnos y estrecharnos la mano con tono cordial.
Nos conocíamos, no nos queríamos. Yo deseaba a Ulrike, él jamás me permitiría tenerla, bajo ningún punto de vista. No era una competencia, pese a que mi sentimiento le disgustaba, para Ulrike yo apenas era un nombre más en una lista interminable. No tenía con qué ganarme su mirada, y él, muy bien lo sabía.
Se abrió el Loben largo que le llegaba a los pies. De un bolsillo interno sacó un sobre gris y me lo extendió. Lo tomé, lo guardé dentro de mi abrigo. Me ajuste el sombrero y le extendí el brazo para saludarlo pero dio media vuelta y desapareció detrás del Münster perdiéndose en los pasillos del Hoff.
Allí quedé inmóvil un rato. Hacía frío, mucho frío y ya se me congelaban las rodillas. Todavía debía viajar hacia Genevè (Ginebra) por los Alpes y con bajas temperaturas tales trechos pueden volverse deprimentes. Miré el sobre, gris ceniza, volví a esconderlo. Por sobre mi hombro creí que alguien me prestaba atención pero debe haber sido mi paranoia. Hacía días que la paranoia me perseguía. Pero no solo por ser paranoico significa que nadie está observando. Todos lo hacían. Era el único allí con mi propia quietud poco ortodoxa bajo la catedral de piedra, en la plazoleta del Heimburger, un mercado casi abandonado.
(pequeño extracto, es demasiado largo para subir el completo acá).
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