En el andén catorce de la vía abandonada de Minas Altas nadie esperaba ese tren que jamás iba a pasar. El puesto de venta tenía la ventana rota a piedrazos, los fierros torcidos y el maderón agrietado por la humedad y el paso del tiempo. Los faroles al costado de los rieles se curvaban buscando el suelo como ancianos que luchaban evitando la antigüedad. Los postes de telégrafo, ya no quedaban si quiera, tres únicos caídos al costado de un gran árbol frondoso, típico del lugar.
Era una noche de lluvia torrencial en aquel lugar abandonado. La tormenta azotaba fuerte, el viento soplaba con furia y el cielo soltaba su enojo contra una estación de trenes que el mundo había olvidado. Debe ser que a pesar de haber sido enterrado en el olvido, que exista en mi memoria debe de tener algún significado. Esos son los lugares que traen paz, que nadie se atreve a caminar, mucho menos bajo el azote de un diluvio semejante.
Por allí caminaba yo cubierto por un gran piloto negro, sombrero de media ala y manos profundas en los bolsillos interminables. Anden trece y anden catorce, a la izquierda del décimo quinto, sin nadie que perturbara mi descanso. A la altura de un antiguo despacho de correo, un único farol en lo alto aún conservaba su perpetua luz. ¿Que obra de magia le habría permitido mantenerse con vida? Allí cortando la oscuridad del cielo sobre una banca empotrada a la pared, con esos grandes tablones de madera. Desee sentarme, así lo hice.
Estiré las piernas aún con las manos metidas en el abrigo y el rostro escondido en la sombra del sombrero. Mirar hacía arriba era lo mismo que mirar hacía abajo, un abismo negro que todo lo devoraba. Sin embargo allí, bajo el farol, levantar la mirada significaba empaparse de un millar de gotas rebeldes que bajaban a una velocidad hiriente con destino lastimero. Parecía un viaje en el tiempo, donde la nada misma era cortada por lucesitas brillantes que no eran nada mas que agua y que, siendo tan poco, eran a la vez algo tan gigante.
Tan hermosas eran, que decidí detener el mundo.
La lluvía se congeló en un abrir y cerrar de ojos. El viento cesó de repente y todos esos rayitos de agua quedaron fríamente suspendidos en el aire. Me quité el sombrero, lo apoyé a mi costado. Miré mi reloj, quieto a las once menos cuarto.
Quince minutos que jamás llegarán, un tren que nunca pasará, una memoria y un momento que quien sabe que significado tendrá. Y digamos que, pese a pasear un rato por una estación perdida de Minas Altas, lo extraño es que mas allá de lo imposible, a lo lejos parecía venir un tren.
1 comentario:
Guess who's back! Jiji.
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