Había algo extraño en aquel hombre que me generaba desconfianza. No sabría decir que es lo que me tiene a mal traer, debe ser que su misterio me incomoda. Recostado allí de medio cuerpo en un sillón, con esa tosca mirada perdida en el vacío de la pared. No me gustan sus cejas tupidas, tan pobladas de cabellos que le envuelven los techos de los ojos. Y esos ojos, sin fondo, a medio cerrar. Uno apenas deja ver el blanco del iris y sabemos (lo sabemos bien), que es la puerta del alma. ¿Cómo puedo confiar yo en un hombre que cierra sus emociones? Pero no es solo eso. Parece no tener voz ni vida. Sigue allí recostado de forma torcida, con su rostro deformado por una mano que lo sosiente. Un largo brazo que forma una columna desde el codo hasta la palma. Su piel se retuerce en todo el peso de la cara, deformando las arrugas y las lineas del tiempo. Mudo, el hombre debe ser mudo o esta en trance. Es cuestión de mirarle esa boca. De allí no hay palabras que se animen a salir, cruzar esos labios morados y pálidos; simplemente no puedo imaginar como una bonita frase puede nace de ahí.
Permanece sentado y en la mas absoluta quietud mientras lo observo. Parece no notar mi presencia. Es tarde ya, casi la hora de las brujas. De a poco el lugar se va vaciando, no va quedando nadie. A medida que el silencio crece, mi desconfianza también. El sigue allí y ahora somos dos, no se mueve. A veces me cuesta descubrir su respiración. Clavo mis ojos para encontrar algún hilo de vida, pero me requiere concentración. La temperatura cae, ya es la noche profunda y hace frío. Me abrigo con discreción. Y él sigue allí, quieto.
Doy fe de que esta vivo. Ahora puedo ver el vapor salir de su boca con cada bocanada lenta y pausada. Hay calor en ese cuerpo, por más helado que se vea. La expresión de sus ojos sigue ausente. ¿Que extraños sueños surcaran esa mente? No voy a irme de aquí hasta averiguarlo. Creo que cuando uno llega a este punto debe continuar, no debo dejarme vencer. El es la clave, se que lo es, tengo la seguridad. Debo esperar, ser cauto y paciente. Si había algo extraño en aquel hombre que me generaba desconfianza, ahora se había convertido en fascinación, pero una fascinación morbosa que logra helarme la sangre.
Cada vez la brisa es mas fuerte. Las ventanas se abren de par en par y golpean contra las paredes. Los candelabros tintinean y la llama de las velas amagan con apagarse dando así lugar a una sombra bailarina en la pared detrás de aquel misterioso hombre. Una luz tenue y la sombra allí, danzando y repiqueteando de aquí para allá, feliz entre tanta penumbra. La quietud del hombre le sirve de trampolín y del sillón a la pared da vueltas haciendo giros, construyendo trapecios. Es una sombra mal educada y traviesa, corre agitando su oscuridad entre las mesas del lugar, jugando a las escondidas detrás de las columnas. Me daba cierta gracia observarla, como si bailara para mi, su único espectador.
¿Y aquel extraño hombre? Seguía en calma e inmóvil, era sin embargo su sombra la que me llamaba ahora. Abría sus brazos y los cerraba, caía detrás de los cuadros y de rodillas pedía (o rogaba, imploraba o suplicaba) por algo que no podía comprender. A estas horas mi cabeza me esta jugando una mala pasada.
Pero realmente sucedía. La tiniebla del lugar era palpable, pequeñas lucecillas de velas a medio apagar, a medio encender, suficiente para darle música a esta opera de la umbría. Deseaba saltar de mi espera y bailar, tomarle las manos y salir a pasear por el mundo de la sombra. Que sea así entonces. Levanté mi cuerpo del reposo y con miedo me acerqué a la profunda oscuridad danzante. Para mi sorpresa se quedó fija cuando le extendí mis dedos, como un dibujo de tinta china, o un manchón. En su negrura se que me miró, casi que pude verla a los ojos. También entendí lo que hasta ahora era un secreto.
La brisa amainó y la música de a poco fue bajando su volumen invisible. La sombra se arqueo en su propio vacío y tomó la forma de un hombre a medio recostar en un sillón, de cejas frondosas y cabellos gris ceniza. Y aquel extraño hombre sin reacción, de a poco comenzó a abrir los ojos. Su mano se separó de un rostro marcado por el letargo y las edades. Su espalda se fue desencorvando de a poco, como una serpiente de sangre fria que se despereza ante el primer rayo de sol al mediodía.
Gracias por devolver mi sombra, susurró despacio, gracias.