viernes, 18 de noviembre de 2011

Nuestra Casa Es El Mundo Entero

El viaje a través de los mares fue maligno, eso lo recuerdo bien aunque con mucho pesar. No le guardo respeto a las aguas abiertas desde entonces, muchos de los nuestros cayeron por el hacinamiento y la enfermedad. He visto al demonio disfrazado de plaga e infección llevándose a todo aquel que podía con él. Yo no le tengo miedo a la muerte, ella y yo tenemos un pacto.

Pasamos por momentos difíciles. Fue la necesidad la que nos impulsó a abandonar las tierras que en otras épocas habían sido tan verdes, tan ricas. Ya no era así, no más. Los cielos se habían oscurecido y la siembra crecía cuando quería, en mal estado. Nuestro ganado moría por la peste, nuestro pueblo pasaba hambre. Así fue que juntamos una vez más nuestras pocas pertenencias, el oro y las joyas, nuestras historias y leyendas. Con el tesoro de la cultura en nuestras manos dimos un paso más allá. Somos valientes, no nos dejamos doblar las rodillas por nadie, mucho menos por el destino. A donde sea que haya que ir nosotros estamos dispuestos, nuestra casa es el mudo entero.

Llegamos al puerto una madrugada de Octubre. Hacía calor -lo recuerdo-, el aire era húmedo y pesado. Se hacía difícil caminar y no agitarse. De los trescientos que subimos a la embarcación solo una centena habremos llegado en condiciones; los que quedaron en el camino fueron lanzados al mar del olvido. En aquella época juré que recordaría todos los nombres que la edad me permitiese. Hoy en otra vida diferente, en una realidad opuesta, ya no recuerdo ninguno. Tan solo el mío.

Renzo me decían, el malevo romaní; para los extraños era el Gitano. El destino me impuso un castigo, el de morir joven. Pero era tan malevo que volvería a nacer, ya en mi séptima vida. Corrían seis veces que veía la luz y creía saber sobre los secretos mortales del ciclo del tiempo. Inmortal me hacia llamar y aquel que se plantara recibía cuchillazo. Puñal en el cinto, ante la primera de cambio el ritual era el mismo, volaban los naipes por el aire y las camisas se abrían de un tirón. Los pechos envueltos en sudor, mostrando al hombre y su furia detrás. Venga, que el primero que apunta golpea dos veces. Pese a ser un asesino, en la buena ley de los míos y con el debido respeto, me tocó perder una única vez. Tajazo al cuello, seco y veloz. Aquel día mi alma abandonó el cuerpo calé, pero tendría revancha en una nueva vida. 

Dejé a un hijo bastardo en manos de la madre, prima hermana de mi misma sangre. Sin herencia más que mis dos dientes de oro, mis collares (una preciosa cadenilla dorada engarzando un rubí furioso y otra un zafiro de Zares del Danubio) y obviamente, la faca que empuñe a la hora de mi muerte. Con mi nombre labrado en la platería más fina espero que mi pequeño la haya blandido con el honor de los suyos.

No quiero saber que fue de ellos. En aquella vida enterré un recuerdo. Pese a haber nacido y perecido varias veces, uno nunca termina de prepararse para la próxima vez.

4 comentarios:

sofía dijo...

Esto viene genial. ¿Yo también puedo elegir como Peperina?

Anónimo dijo...

Obvio, sera un placer, elija una vida.

Anónimo dijo...

Soy anonimo, Tom.

Belén dijo...

Me encantó. Quiero un malevo romaní.

Epselente, señor, EP SE LEN TE