martes, 29 de mayo de 2012

Ni Jamás Lo Harán

Esta historia es traicionera para la memoria y el recuerdo, no solo por sus laberintos de fechas y hechos sino también porque no tiene un hilo conductor que diferencie lo sucedido de lo que sucedió, mucho menos aún con momentos que (quizás) jamás tuvieron lugar o que lamentablemente pasaron demasiado rápido para ser comprendidos.

Convengamos entonces que la noche de mil novecientos treinta y cuatro, un septiembre mes décimo en un calendario de catorce lunas y más noches que días, fecha tercera posterior al aniversario octavo del nacimiento de Cárpato, no fue bajo ningún contexto una noche común y corriente. 

Todos sabían que algo se gestaba en las nubes, que su negrura era vozarrón de nuevas malas y que tarde o temprano escupirían una voz al viento. Sería un trueno o un relámpago, tal vez un día veinteavo o decimoquinto si fuese al atardecer, aunque todos podían sentir esa sensación de incomodidad en sus entrañas, de que (sin aviso alguno) en la inocente espera, algo ya había despertado y ellos todavía no habían advertido.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Pruríto Púncino

Hay una cuota de peligro visceral en todo, mas aún si me recuesto sobre las tripas que envuelven mis huesos amarillos. El piso crepita y es duro. Gede a humedad y a vejez, a descuido de hombre antiguo. No son mas que sensaciones, de una mente cruel que necesita alimentarse de oscuridad para volver a la transparencia que no asuste a las masas, que guste en sociedad.

Es esta citroléa de maldición, no siempre he sido así. Alguna vez he llegado amar, hoy jamás. Con que manos podría yo acariciar una mejilla, mis uñas saltan en todas las direcciones, las que quedan todavía sujetas a la carne viva de mis manos sin piel poco atractivas se ven mas que para mi boca hambrienta de nervura. El resto, entre mis dientes como restos de jugoso banquete.

No he nacido bajo esta mala estrella. He sabido nadar en riqueza, de la emocional que los niños derrochan, de lágrimas y suplicas, que la risa nunca llegue a su fin. Eso era yo, allí en un pasado lejano, cuando apenas aprendía lo que escondía la vida, eso que sabemos funciona en la muerte, en el daño y el sufrimiento.

Hoy, mis manos tiemblan en su pruríto púncino de una jagea de estoril.

lunes, 21 de mayo de 2012

lunes, 14 de mayo de 2012

Una Y Cada Una

Por encima del hombro cargaba una gran bolsa de arpillera. Se la notaba pesada por el esfuerzo que hacía para transportarla. Arrastraba los pies sobre los adoquines. Su cuerpo se doblaba para la derecha y de tanto en tanto se frenaba para tomar un poco de envión, levantar la carga y seguir por su camino lentamente. 

Allí iba él, quien sabe llevando qué, pero nadie preguntaba y a nadie le interesaba. Sus épocas de gloria habían quedado en el olvido, en la memoria de unos pocos que a esta altura del tiempo se encontraban distraídos con otros asuntos mundanos de poca magia y fantasía. No los juzgo, él tampoco lo hacía. Era un mundo extraño y ensombrecido, pero no hay que echarle la culpa a nadie. Quién transportaba el bolsón y yo coincidimos en este punto. Nosotros entendemos, ellos no.

Las gotas de sudor le nacían en la frente, recorrían la fina nariz y morían al caer de su mentón. Unas luchaban contra los cabellos que se hacían nudos con la humedad, otras eran absorbidas de vuelta por una barba dura y gris. Seguía llevando la bolsa, ahora en el hombro izquierdo, con dificultad notoria y cansancio, mucho cansancio.

Era menester que salga de esa ciudad. Debía escapar, llegar a puerto seguro. Lo perseguían, lo buscaban, querían lo que llevaba con él. Era paranoia pura, sus ojos ya no tenían la luz de antaño, su sonrisa era ahora un lejano recuerdo transformado en unos dientes afilados haciendo fuerza mandíbula contra mandíbula. Realmente nadie sabe si lo seguía, si conocían su rastro o si alguna vez siquiera alguien preguntó por él o su tesoro. ¿Pero a quien le importa? Su misión era extrema y riesgosa. En su concepción de peligro todos parecían conocer a la perfección que el era un hombre que escapaba con un gran poder.

Llegó hasta el fin de un sendero de piedra que moría en la plaza central. Las carpas infestaban el lugar de gritos y mercaderes, vendedores ambulantes con canastas de comidas exóticas, compradores, peregrinos que llegaban llenos de esperanza. Deben estar todos detrás de mí, pensó. Se inquietó, dio dos pasos al costado y chocó contra un niño que corría llevando un conejo ya sin vida. Trastabilló hacia una tienda de lino dejando caer su peso muerto. Impactó de lleno contra un tablón donde un carnicero faenaba carne. Las herramientas volaron por el aire y la madera se partió en dos con un gran estruendo. Un cuenco de proporciones exageradas lleno de agua roja (por la sangre de los encereres que allí se habían limpiado anteriormente) se dio vuelta inundando la escena. Gritos, gritos y mas gritos. Un alarido. Todo se convirtió en una nube de polvo y desesperación.

Allí de espaldas nadie le fue a dar la mano, mucho menos brindar ayuda. Escuchaba las voces al aire pero todo era caos. Un viento de poco destino limpió el aire de inmundicia. Y entonces un gran silencio sepulcral.

Una tienda destruida, un hombre entregado y una bolsa de arpillera rasgada en un costado. En el suelo y como si el cielo hubiese dejado caer las estrellas, un sin fin de letras sueltas yacían ahora perdidas y sin dueño, sin historias que contar o moralejas que enseñar.

Allí había una O de hilos sueltos, unas zetas y una eñe desanudada. Muchas vocales. Sobraban las As entre mayúsculas y minúsculas de dudosa procedencia y antiguedad. Unas se habían roto y se confundían con otras señoras del abecedario desarmado que se repetía como el contenido de una bolsa de arena tajeada. Una niña levantó una U y se fue corriendo velozmente como quien roba un caramelo. Una señora se llevó la falda cargada de letras y el dueño de la tienda reprendía al pobre hombre que miraba la situación desconsolado.

Mis letras, decía, mis letras por favor no se lleven mis letras.

Pero era demasiado tarde. La gente se acercó más y mas, cada vez más. En un abrir y cerrar de ojos el mercado central pareció oscurecercer los corazones llenándolos con desmedida ambición. Hombres y mujeres y niños por igual, no humanos, sino hienas, buitres y moscas hambrientas al rededor de una presa indefensa que perdió su secreto.

No había nada más que hacer.

Le robaron todas las letras. Toda una vida de trabajo.

viernes, 11 de mayo de 2012

Reflejos

Aquel era un espejo que tenía el don de invertir el reflejo y contar una historia, que podía ser real o no, pero que a fin de cuentas imponía un posible sobre una imagen que debería ser fiel a nosotros mismos. Esto último no sucedía y, al mirarse fijamente, se encontraba con un otro yo sonriendo o concentrado en alguna tarea extraña, como puede ser cepillarse el cabello o mirarse las líneas de la nariz. No conozco de otros espejos similares, por lo que se, es único. De todas formas cabe agregar que hace años ya que no tengo noticias de él ni de cual fue de su destino.

Recuerdo si la última vez que me observé. Estaba de pie mirándome fijo, ojo a ojo y la respiración salía suave de mi boca empañando la imagen. Me acuerdo bien, estaba riendo como ahora. También me viene a la mente como con mi reflejo nos sumergimos en un sueño. Entonces si, frente a frente, cruzamos miradas y con la mano borré mi aliento de la superficie. Mi otro yo se asustó, le volví a sonreír, y me fui de allí a seguir guardando cosas en cajas.

Al otro día comenzó la mudanza y por esas cosas extrañas de la vida nunca más volví a encontrar aquel espejo de marcos de plata. Así comenzo una nueva historia, la del reflejo de aquella persona que solía ser.

jueves, 3 de mayo de 2012

La palabra que había escrito en el cuaderno se deshizo en una línea de humo sobre la hoja amarillenta. Quedó suspendida en el aire unos instantes. Antes de desaparecer, giró velozmente alrededor de mi mano y de alguna forma logró introducirse por mi muñeca. Las venas se me ennegrecieron y las finas lineas comenzaron a marcarse como caminos trepadores hasta mi codo.

Desde entonces no escribo por temor.