Por encima del hombro cargaba una gran bolsa de arpillera. Se la notaba pesada por el esfuerzo que hacía para transportarla. Arrastraba los pies sobre los adoquines. Su cuerpo se doblaba para la derecha y de tanto en tanto se frenaba para tomar un poco de envión, levantar la carga y seguir por su camino lentamente.
Allí iba él, quien sabe llevando qué, pero nadie preguntaba y a nadie le interesaba. Sus épocas de gloria habían quedado en el olvido, en la memoria de unos pocos que a esta altura del tiempo se encontraban distraídos con otros asuntos mundanos de poca magia y fantasía. No los juzgo, él tampoco lo hacía. Era un mundo extraño y ensombrecido, pero no hay que echarle la culpa a nadie. Quién transportaba el bolsón y yo coincidimos en este punto. Nosotros entendemos, ellos no.
Las gotas de sudor le nacían en la frente, recorrían la fina nariz y morían al caer de su mentón. Unas luchaban contra los cabellos que se hacían nudos con la humedad, otras eran absorbidas de vuelta por una barba dura y gris. Seguía llevando la bolsa, ahora en el hombro izquierdo, con dificultad notoria y cansancio, mucho cansancio.
Era menester que salga de esa ciudad. Debía escapar, llegar a puerto seguro. Lo perseguían, lo buscaban, querían lo que llevaba con él. Era paranoia pura, sus ojos ya no tenían la luz de antaño, su sonrisa era ahora un lejano recuerdo transformado en unos dientes afilados haciendo fuerza mandíbula contra mandíbula. Realmente nadie sabe si lo seguía, si conocían su rastro o si alguna vez siquiera alguien preguntó por él o su tesoro. ¿Pero a quien le importa? Su misión era extrema y riesgosa. En su concepción de peligro todos parecían conocer a la perfección que el era un hombre que escapaba con un gran poder.
Llegó hasta el fin de un sendero de piedra que moría en la plaza central. Las carpas infestaban el lugar de gritos y mercaderes, vendedores ambulantes con canastas de comidas exóticas, compradores, peregrinos que llegaban llenos de esperanza. Deben estar todos detrás de mí, pensó. Se inquietó, dio dos pasos al costado y chocó contra un niño que corría llevando un conejo ya sin vida. Trastabilló hacia una tienda de lino dejando caer su peso muerto. Impactó de lleno contra un tablón donde un carnicero faenaba carne. Las herramientas volaron por el aire y la madera se partió en dos con un gran estruendo. Un cuenco de proporciones exageradas lleno de agua roja (por la sangre de los encereres que allí se habían limpiado anteriormente) se dio vuelta inundando la escena. Gritos, gritos y mas gritos. Un alarido. Todo se convirtió en una nube de polvo y desesperación.
Allí de espaldas nadie le fue a dar la mano, mucho menos brindar ayuda. Escuchaba las voces al aire pero todo era caos. Un viento de poco destino limpió el aire de inmundicia. Y entonces un gran silencio sepulcral.
Una tienda destruida, un hombre entregado y una bolsa de arpillera rasgada en un costado. En el suelo y como si el cielo hubiese dejado caer las estrellas, un sin fin de letras sueltas yacían ahora perdidas y sin dueño, sin historias que contar o moralejas que enseñar.
Allí había una O de hilos sueltos, unas zetas y una eñe desanudada. Muchas vocales. Sobraban las As entre mayúsculas y minúsculas de dudosa procedencia y antiguedad. Unas se habían roto y se confundían con otras señoras del abecedario desarmado que se repetía como el contenido de una bolsa de arena tajeada. Una niña levantó una U y se fue corriendo velozmente como quien roba un caramelo. Una señora se llevó la falda cargada de letras y el dueño de la tienda reprendía al pobre hombre que miraba la situación desconsolado.
Mis letras, decía, mis letras por favor no se lleven mis letras.
Pero era demasiado tarde. La gente se acercó más y mas, cada vez más. En un abrir y cerrar de ojos el mercado central pareció oscurecercer los corazones llenándolos con desmedida ambición. Hombres y mujeres y niños por igual, no humanos, sino hienas, buitres y moscas hambrientas al rededor de una presa indefensa que perdió su secreto.
No había nada más que hacer.
Le robaron todas las letras. Toda una vida de trabajo.