La palabra que había escrito en el cuaderno se deshizo en una línea de humo sobre la hoja amarillenta. Quedó suspendida en el aire unos instantes. Antes de desaparecer, giró velozmente alrededor de mi mano y de alguna forma logró introducirse por mi muñeca. Las venas se me ennegrecieron y las finas lineas comenzaron a marcarse como caminos trepadores hasta mi codo.
Desde entonces no escribo por temor.
2 comentarios:
Dicen los que saben que si la escribís nuevamente en una hoja milimetrada toda la agonía termina...pero claro,lo tétrico de la situación no te permite recordar ese término fatídico.
Ah no se si me gustan las hojas milimetradas, voy a ver si puedo escribir en la pared.
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