En números que no lo son, una vida entera puede durar un puñado de recuerdos. La alegría en cambio, no más de uno. Pero este no es el caso y, sumando tristezas, tan solo tuve que mirar hacia atrás para arrepentirme. Necesité dos segundos, quizás tres.
Me había costado ciento cuarenta minutos tocar el cielo. Algo así como dos eternidades en un mundo que no es el nuestro. Sin embargo, a mi propia impresión, todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos. La vi de pie a mi merced, entendí el error y, antes de que pudiese hablar, ella se había marchado. Quedé completamente solo (aunque para ser fiel a esta historia hay que admitir que ni la soledad me acompañaba entonces).
Dividimos por cero.
3 comentarios:
No hay error si se puede aprender de ellos...nunca uno está solo...aunque lo crea...
Un saludito
Dividir por cero ¿Indefinido o tan definido que no tiene solución?
La captura de una imagen que se ajusta a nuestro ideal, puede dejarnos ciegos.
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