El enemigo de todos había decidido disfrutar aquella noche, no por nada en especial, sino porque necesitaba un descanso a pesar de que afuera de su tienda un ejército sediento de sangre esperaba sus órdenes. Que disfruten hoy, pensó, y no se le movió un pelo al imaginar a sus esclavas siendo violadas hasta la muerte por sus tropas en celo, se lo han ganado en buena ley.
Haciendo uso aún de sus botas de cuero con punta plateada, vistiendo pantalones ajustados a la piel y una camisola blanca de seda a medio abotonar, se dejó caer pesadamente sobre un sillón de terciopelo negro, con respaldo alto que lo escondía de aquellos que lo vieran desde atrás. Estiró las piernas sobre la pequeña mesa ratona que aún conservaba los soldados de barro que iluminaban su mesa de juego y pateó un candelabro encendido que se apagó al caer contra el suelo. Con un leve movimiento de su mano, indicando con su dedo índice y anular, ordenó a sus consejeros que lo dejaran solo, en la penumbra de su morada, al menos por esa noche, antes de partir hacia las colinas más allá del río que serpenteaba las costas de las tierras salvajes.
Ya en la soledad de su propia oscuridad, nuestro enemigo se encontraba listo para dejarse caer en el descanso de la mente y la carne, transportar su alma lejos de la crueldad y la batalla al menos por unos instantes. Buscó en el bolsillo de su camisola y, abriendo un broche de plata, encontró en su interior unas flores violetas secas por el tiempo. Cerró su puño haciéndolas añicos, al mismo tiempo que su otra mano alcanzó una pipa de metal larga y curva. La sostuvo en lo alto y vació su contenido en el suelo. La acercó a su pecho y con sumo cuidado llenó su vacío con los restos purpúreos de pétalos rotos. Con un fósforo y usando la suela de su bota para encenderlo, le dio luz al instrumento, el cual como siguiendo una música que no se podía escuchar se dirigió como una flecha mansa hacia sus labios. La pipa se tiñó de rojo, dándole un brillo de terror a la cara del antihéroe. Sus pulmones se llenaron de humo y soltó una gran bocanada de niebla espesa que lo escondió en la negrura de sus propios miedos y terrores.
Ya sumergido en un sueño que solo su mente disfrutaba, otra figura se hizo presente en el lugar. Las telas de la puerta se abrieron y a contra luz se observaron las curvas de una dama, de pequeña cintura, caderas prominentes y pechos que pedían atención. No fue hasta que entró por completo que nuestro hombre pudo distinguir una cabellera color azabache, con tintes de color carmesí en los mechones que le caían hasta las piernas. La dama se acercó en silencio, apoyando sus rodillas y manos en el suelo, caminando con la cabeza gacha hasta el sillón de nuestro enemigo preferido, ya perdido en la lejanía de su pipa.
Con el cariño que solo las amantes conocen, desabrochó su pantalón botón a botón y sin que nadie se lo pida, abrió sus gruesos labios para devorarse la hombría del Capitán de Capitanes.
Nuestro enemigo preferido buscaba placer, y así lo conseguía, con la orden de un simple pensamiento. Hundido en sus penas y glorias, en los días pasados y por venir, solo tenía fuerzas para sostenerle la cabeza y guiarla en su trabajo, aquel que culminó un rato más tarde, sin dejar escapar nada de su boca, usando su lengua para limpiar las comisuras sucias de sexo.
Que disfruten hoy, pensó nuevamente, mañana tenemos una cita con La Muerte.