Aquél hombre debía rondar los ochenta años pero los disimulaba muy bien. Su rostro de color tostado mostraba finas arrugas cuando cerraba sus ojos, la comisura de sus labios se agrietaban con sus cantos oscuros de lenguas desconocidas. Sus cabellos de color azabache se entremezclaban con mechones blancos de épocas de antaño. Plumas de aves de la selva decoraban su peinado, con caracoles de las costas y dientes de animales que no se dejan ver a los ojos inexpertos.
El chamán de la tribu no miraba a nadie. Concentrado en un trance que le permitía hablar con los espíritus, el anciano desenvolvió un pequeño paño de tela descubriendo así un sin fin de materiales extraños, desde polvos de raíces hasta plantas secas, pasando por pezuñas de criaturas salvajes, semillas húmedas y flores varias.
Y nuestro héroe era el invitado, aquél que sería agasajado en el peligroso viaje a la tierra de los muertos y traería las respuestas del más allá.
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