lunes, 16 de abril de 2012

Siete Otoños Más

Al Oeste, una luna asomaba la mitad de su mejilla. Con vergüenza y timidez se levantaba por sobre las montañas del olvido. Al Norte, un vasto mar calmo se perdía detrás de un manto de estrellas, como si alguien hubiese estornudado polvo de plata sobre un telón negro. Al Este, el nacimiento de un río y cuarenta carabelas ancladas en el puerto con sus velas altas celebrando la victoria. Al Sur, la promesa de esperanza.

Trágico había sido aquel día para la Ciudad de Jub. Los cadáveres todavía conservaban el calor de la vida y su sangre seca maldecía los prados alguna vez verdes. Mientras soldados ataviados de acero crudo limpiaban la inmundicia de la tierra, despojaban a los enemigos de sus posesiones y cruelmente seleccionaban a los esclavos entre los escasos sobrevivientes, un General miraba el horizonte desentendido de la matanza que allí se había dado lugar.

En su corazón cantaba fábulas de conquista.

Por su espalda se acercó un joven consejero y preguntó de forma inocente que observaba con tanta atención. El hombre, que tenía la mano derecha apoyada en la empuñadura de su espada envainada, tardó unos instantes en contestar. Finalmente, rompió el silencio.

Dícen que la historia del mundo se escribe día a día, pero a mi me han enseñado lo contrario. Hace ya veinte inviernos de los largos mientras lideraba una tropa en los bosques más allá del horizonte encontré un hombre herido en la pierna. Había sufrido el ataque de un lobo. Lo ayudamos, lo atendimos y a los pocos días ya caminaba por sus propios medios. Fue entonces que me enseño su verdadera esencia y me entregó un secreto sagrado.

Sabes Gyund que soy cruel ante mis enemigos. Pero con justa causa. Dicen, que la historia del mundo se escribe día a día, pero yo estoy destinado desde mi concepción del mal. Ese hombre que había salvado de una muerte segura se encontraba en este lugar en el día de ayer. Y fueron mis manos quienes le arrebataron la vida. Me preguntaras porque, pero yo te preguntaría porque no. La respuesta querido Guynd no la tengo yo, sino que está en la música. La noche llora una serenata en mi nombre, en una clave de sol invertida, dándome siete otoños más de existencia.

Llévale ahora la orden a mis hombres de que acerquen hasta mí el Cronógrafo. Acompáñalos velando por su integridad, de que no se caiga ni se golpee en el camino.  No deseo perder tiempo en afinarlo. Una vez que retornes con él, te enseñaré lo que aquel hombre me enseño a mí hace ya mucho tiempo atrás.

Es hora de que escuches la balada del Héroe.

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