miércoles, 11 de abril de 2012

De La Profundidad Que Albergan Los Cielos

El hijo desaparecido había vuelto, sin más no era el mismo que ojos antiguos habían conocido. Sus formas eran oscuras y sus deseos, a diferencia del ayer, ahora se ocultaban tras una coraza de sombras. Ya no había sonrisa en su rostro, ni siquiera una pizca de alegría o júbilo alguno. Quien era este ser, que siglos atrás supo ser maravilloso, nadie podía explicarlo. Su nombre ya no lo representaba. Tras una bruma de misterio y mirada azul escarcha, decía llamarse a sí mismo como un monstruo formado de letras de otro alfabeto, traducido solo en una sensación de venganza que lograba serpentear bajo la piel de todo aquel que osara sostenerle la mirada.

Oh tú (antiguo perdido), que bajas de una profundidad que albergan los cielos, ¿es acaso este el infierno del cual habla el paraíso? Contagias temor, las flores se cierran a tu andar y los perros salvajes aullan en tu honor, ¿debemos acaso esperar que las cosechas mueran bajo tu susurro? Ten piedad de estos humildes hombres que nada te han hecho, solo sufrir tu ausencia.

Allí contemplando la vida, se encontraba el impronunciable. Imposible describir, como esas cuencas vacías gritaban, tan solo conservadas por un brillo tenue de un olvidado resplandecer. Sin embargo, tanto decían, que era mejor permanecer con la boca cerrada. Era muerte y vida a la vez, una vida que supo encenderse tras arrebatar una inocencia que le habían quitado, o que, muy probablemente, había perdido quien sabe por que causa macabra.

¿Has venido entonces a pedir el tan postergado perdón, héroe?

No se inmutó. Ni los vientos tuvieron la valentía de interrumpirlo.

1 comentario:

N dijo...

Me gustó, Tom, me gustó.

Sé que te lo dije pero te lo repito, me ubico enseguida en tus cuentos! Eso me encanta.

Un beso.