Pasajes perdidos de esta leyenda han sido reescritos por una serie de autores anónimos a través de una historia que data de incontables años y extensos períodos de búsquedas por los párrafos extraviados. Ha sido una ardua tarea la de completar este maravilloso puzzle o rempecabezas, que me ha traído una miseria, que me ha apartado del camino para concentrarme tan solo en un único pensamiento.
Consta el décimo segundo capítulo, completo y original, sobre trece campesinos oriundos de un pueblo a orillas del río Zheng Hé al noreste de Asia siempre, cuando y donde uno ponga sus pies en el mapa. Allí, siete eran parientes entre si fruto del incesto. Seis restantes eran simplemente seis, gran número entre números, repetidos incansables veces hasta su trinorma infernal.
Resumen tras resumen y a resumidas cuentas, las agrietadas hojas escritas a mano en tinta de carbón sobre papiros de piel de cabra (piel no papiros, pero se disculpa la expresión) detallan el modesto cambio de comportamiento de cuatro de estos hermanos o primos de entre los siete para hacerse súbitamente de la vida de dos de los seis, la octava noche de un cuarto mes. Armados únicamente por dagas templadas en la árida y fría tundra de un paisaje alguna vez dominado por Kahn, treparon techos de paja abriéndose paso al interior de una morada privada donde la mitad había festejado aquella noche.
Ebrios ellos, ya desmayados habían encontrado descanso donde fuese que el alcohol les haya dado el golpe seco. Unos sobre un colchón de paja, otros sobre el suelo de tierra, uno abrazando un bote de madera. Sus ronquidos delataban, entre movimientos y murmullos de borrachos, un festejo que había tenido lugar en aquel lugar del mundo.
Para cuatro que eclipsados bajo una luna traicionera luna juraban venganza, no había motivo de alegría. Habrían de dar muerte a los suyos, tres entre cuatro (uno más sino tres menos uno), quienes habían dado tres hermanas en forma de pago a cambio de una elevada posición o casa con nombre propio. No era tan solo el poco honor de haberlos dejado fuera del negocio, sino que lucraron con sangre que no les correspondía ensuciar. Afilando armas en las sombras, decidieron que esa sangre debía ser reclamada.
El tono y modo usado en la narración meramente explicativa sobre el instante en que las hojas se deslizaban suavemente sobre gargantas, vientres, miembros y tripas, es tan horrorosa y detallada que se requiere de un estómago duro y curtido para soportar semejante matanza. Innecesario decir que en este breve discurso tal volumen ha sido eliminado.
Capitulo décimo segundo, original, de las orillas del Zheng Hé
3 comentarios:
las orillas del Zheng Hé, no es un lugar que vayan a encontrar en ningun mapa que se compre en librerias.
Y debería escribir mas sobre aventuras, viajes y desamores pero la realidad es que ese cuento maldito del blog (si, ese que esta madlito y no diré cual es) me tiene a mal traer.
Quedé un poco mareadaaaa,y con ganas de saber cuál es el cuento maldito!!!
Imposible que revele semjante dato. Sería peor maldad que el castigo de leerlo y no saberlo.
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