Debo hacerles llegar esta historia y daré lo mejor de mi para ser fiel a la realidad. Pese a que mis relatos pueden sonar extraños y poco naturales juro que éste en especial guarda una verdad perturbadora y a la vez clarificadora.
Sucedió hace no mucho tiempo atrás, una noche de luna redonda en lo alto del cielo de Buenos Aires donde la humedad parece impregnarse en el cuerpo y en los brazos tirándonos hacía abajo. Revolotea y juega con los peinados de las muchachas. Se me había roto la ventilación y todo era sufrimiento, calor y más sufrimiento. La heladera se había apagado, el hielo se había derretido. El agua fue usada para regar las plantas. Antes de desaparecer, me dije, mejor aparecer. Entonces me escapé a un destino incierto.
Un oscuro bar de Coghlan allí cerca de las vías de Balbín, el único abierto a tales horas. Me encontré de casualidad con un extraño conocido no tan conocido, Don Barón, que apaleaba la pesadez nocturna con pequeños sorbos de ginebra. No necesité invitación alguna para unirme, simplemente acerqué mi silla a la usanza de los machos del barrio, sin mirarlo a los ojos y pidiendo dos de lo mismo, pago yo esta vez.
Me miro de refilón, sin mirarme en realidad, aunque mirándome, digamos.
- Le juego a algo, bufoneó. Tal era la costumbre allí.
- No quiero dejarlo seco, retruqué. Dos más, por favor.
- Me gusta su sombra, le da un aspecto misterioso. Las sombras son nuestras guardaespaldas de la oscuridad. Sabe usted que en la luz ellas aparecen siempre siguiendo nuestros pasos. No hay forma de evitarlas. En la penumbra estamos seguros y ellas desaparecen. En fin, le propongo lo siguiente. A ojo de pájaro, ¿ve aquella dama sola en el ventanal?
- Claro, respondí.
- Tremendo escote, agregó. Ella no tiene sombra porque la perdió hace un tiempo ya. Todas las noches viene aquí en su búsqueda pero al amanecer desaparece con las manos vacías. Hagamos lo siguiente. Debo confesarle que yo colecciono sombras, de todo tipo y color, no discrimino. Los motivos me los reservo. Su nombre es Estela. Hoy se puso ropa interior para la ocasión. Si adivina el color, entonces yo le devuelvo el alma que le gané aquella vez. Usted podrá devolvérsela y le garantizo que de premio se llevara no solo a la mujer sino la mejor noche de su vida. Si pierde, bueno... me quedo con su sombra.
No necesité pensarlo, el juego era inofensivo. Nunca me había detenido a pensar en el tema y ciertamente que la mujer estaba para el asesinato. Me limpié la saliva de la comisura de labio. Cerré los ojos y los volví a abrir. La imaginé semi desnuda, con esos pechos al aire, entre color piel y rosa claro. Mi nombre salía en suaves gemidos, me llamaba. Se acostaba en la cama. Su cuerpo se arqueaba, sus piernas se abrían y se cerraban hacia otro costado. Sus brazos se unían y esos pechos parecían explotar. Se mordía los labios y ponía carita triste. ¿Dónde estás? me susurraba...
- Rojo, grite golpeando la mesa con fuerza, ¡rojo! ¡Tiene una tanga de color rojo!
Don Barón sonrió y entonces supe que había perdido la apuesta.
Es negra y de encaje. No es una tanga, es un culote hermoso y si no me cree entonces mire ahora mismo.
Estela se levantó y fue al baño. En el camino se acomodó la pollera y claramente se marcó el secreto. De una curva pronunciada se veía un elástico oscuro. Pasó a mi lado. Ni siquiera me miró. Que rico perfume, el perfume del amor.
- Es el perfume de la desesperación, me dijo. Y usted me debe una sombra. No se olvide de pagar la bebida, eso también le corresponde. Vivo acá nomas, acompáñeme por favor. Deudas son deudas.
Vacié mi billetera y salimos del lugar. A una cuadra un duplex humilde se levantaba en la esquina. Don Barón no vivía en el primer piso, tampoco en el segundo. Atrás pasando la terraza, entrando por un largo pasillo angosto, subiendo unas rotas escaleras de piedra, en un altillo, allí había una pieza desordenada y sumamente asquerosa. Allí vivía él.
Entonces me llené de dudas. No sentía peligro alguno pero a la vez no me sentía a salvo. Cómodo, esa palabra allí no tenía significado alguno. Incómodo, me sentía muy incómodo. Extraño, inquieto. No pertenecía a tal agujero inmundo. El mundo mismo parecía caerme encima. Me sentía solo, abandonado. En compañía, pero solo al fin.
Un rayo de luz entraba por un pequeño ventanal. Don Barón prendió tres velas. El zaguán se lleno de una aire crepuscular. La pequeña llama de las velas titilaba sutilmente rebotando en las paredes. Allí vi mi sombra, mi oscura y amada sombra. Quieta, tal como yo, quieto. Me miraba como yo a ella. Nos despedimos sin decir una palabra. Ahora entiendo, esta es la soledad.
Don Barón sonreía. Los dos fuimos testigos de como mi sombra se aferró a mis manos. Quise sostenerla pero se esfumó entre mis dedos. Un grupo de otras sombras aparecieron en el crepúsculo de los vértices, detrás del ropero, por debajo de la cama, desde el techo. Salieron fugazmente, danzando y bailando. Entre ellas. Solas. Con mi sombra. La envolvieron sin que yo lo permitiese. No había nada que pudiese hacer al respecto. Y Don Barón seguía sonriendo.
- Preste atención, me dijo. Aquella contra la ventana es el reflejo tenue de Estela. Fíjese en esas líneas, en esas piernas. A la izquierda sobre la almohada de la cama. Esa es la sombra del panadero. El vagabundo de la calle Holmberg, allí sobre la repisa. La pequeña nieta de Doña Adelaida, escondida abajo de la mesita de luz, allí mire. Son todas mías. La que baila en lo alto, era suya, ya no más.
Me desplomé en una silla polvorienta. Solo, absolutamente solo. Me había traicionado a mi mismo.
Don Barón me miró. No dejó de sonreír pero algo de lástima debe haber sentido.
- Miré, me dijo sin quererlo. Mañana mismo volveré a ahogar penas. Si usted cree tener un llanto que compartir, le presto mi hombro. Quien le dice, quizás que podamos jugar una revancha. No desespere buen hombre. Sea como Estela y nunca deje de creer.
Absolutamente abandonado y destruido me fui a mi casa. Salió el sol pero no hubo sombra conmigo. El día fue eterno. Aquella noche volví al tugurio de Coghlan. Estela seguía junto a la ventana. Don Barón me esperaba con la ginebra en mano.
- ¡Doble o nada!, grite. Y entré dando un portazo.
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