miércoles, 5 de octubre de 2011

Un Lugar Llamado Cielo

"Del paraíso no puedo hablar, porque no estuve ahí."
Sir John Mandeville (siglo XIV)

Después de haber pasado una vida entera bajo las estrictas normas de la honestidad, la lealtad, el respeto y la fé, aquel hombre llegaba a las puertas del Cielo portando una sonrisa triunfadora y celestina. Recordemos que en lo que duraron sus años mortales, este caballero no solo había sido estricto a la hora de batallar contra todo aquello considerado maligno e impuro, sino que además se tomó el gran trabajo de enseñar y esparcir la idea de Dios a lo largo y lo ancho del mundo. Aquellos que aún lo nombraban se referían a el como un Santo, un pregonero de la bondad y la misericordia quién en justa causa se había ganado un lugar en los altos templos donde los ángeles escuchan nuestros rezos y sollozos.

Habiendo cumplido con su meta en vida, el fraile se encontraba ante unas inmensas rejas retorcidas de metal escarlata. Hacía la derecha o hacía la izquierda, sea donde fuere que mirase, estas se perdían en el infinito de las nubes. No había puerta, no había entrada, no había carteles, no había Sol, no había Noche, solo una interminable reja gris que le impedía el paso.

Confundido, el buen fraile se rascó la cabeza. Durante un tiempo esperó. Su alma conocía la perseverancia así como la paciencia y en la mas absoluta calma se sentó sobre una nube. Una vez más, sus obras rindieron para ver el fruto de sus cosecha y después de tanto tiempo sentado logró divisar una figura que caminaba del otro lado de la verja. Lo llamó con un suave movimiento del brazo y para felicidad del santino, aquel paseador se acercó a su encuentro.

Separados nomas por la interminable reja, finalmente se vieron las caras. Él, un fraile de buen corazón, el otro, un caminante de los cielos.

- Digame buen hombre, ¿dónde puedo encontrar las puertas del paraíso? Setenta y cinco años de sudor lleva mi frente y no veo la hora de descansar entre amigos. Mi alma se encuentra exhausta, allí abajo, la batalla contra el mal no da respiro.

Se tomó un tiempo en contestar. Ese misterioso ser, aquel que vagaba por los senderos de lo que el fraile creía ser el Cielo, lo miró a los ojos y le respondió:

- Siempre llegan aquí, de una forma u otra, algunos abrazando sentimientos de victoria sin importar la causa, otros derrotados, llenos de promesas para cambiar y hacer el bien en esta nueva etapa en el camino del señor. Lo que ves, es lo que hay compañero. La imagen del paraíso no existe, así como la misma idea del infierno. Ambos mundos conviven juntos, allí abajo, en lo que dura la vida. Tu ya has caminado los jardines de tu propio elíseo y has luchado firmemente contra los demonios del infierno que te ha tocado conocer. No esperes más, si alguna vez creíste en disfrutar un lugar llamado Cielo, deberías haberlo hecho en vida, cuando todavía te era posible.

2 comentarios:

Tom dijo...

A disfrutar la vida que hay una sola.

Nina dijo...

¡CArPe DiEm!