viernes, 21 de octubre de 2011

De Mala Suerte

No quiero sonar fabulero ni tampoco que me acusen de mentiroso. En primer término, la palabra inventor no suena a insulto pero dicha fuera de contexto seguramente me generaría rechazo y una molestia (por lo cual no se aplica). Es que la leyenda que les traigo a continuación no es propia y ciertamente verdadera, como bien lo explican los textos encontrados después del terremoto, que dan cuenta de que lo sucedido es real. Y créanme cuando les digo que he pasado por penas y penurias para dar con esta historia, pero el relato de como llegué hasta allí lo guardo solamente para mi mismo, dulce tesoro bien ganado y fuertemente celado. Sin embargo aquí estoy ahora, de frente a ustedes, y he prometido una memoria no propia pero que da testimonio de un hecho que realmente ocurrió (aunque depende de ustedes creer o no) y que ahora me dispongo a narrar.

Hace ya incontables eternidades atrás, cuando los pueblos se veían obligados a vagar por lo ancho y lo largo del mundo (sin siquiera conocer un tercio de él), por causas divinas que prefiero omitir, un hombre fue confinado a la tristeza de la soledad, a vivir en un agujero profundo muy profundo, dónde no llegaba la luz de las estrellas y donde el aire apenas le dejaba respirar. Allí, en un pequeño cuarto circular, este desdichado se vió obligado a escribir sobre la mala suerte. En un principio, comenzó con su propia mala suerte, el cómo y el porqué de su abstracción del mundo terrenal, sus aciertos y sus errores. 

Con el paso de los años, de las décadas, de los siglos y los milenios, ya no le quedaron más gajos de su alma que descubrir. Como cuenta la propia búsqueda de nuevos caminos, cuando recién los hombres se reunían allí en la superficie para crear inmensas ciudades gracias a la memoria colectiva, fue que este prisionero decidió destinar su pluma entintada a la mala suerte de los demás, de aquellos que vivían en compañía y no en soledad como él. 

El mundo descubrió en su ignorancia una nueva era terrenal. Las grandes cosmópolis creadas hasta entonces se veían destruidas por montañas que escupían fuego y terror. Los mares devoraban las costas persiguiendo a los pescadores y sus familias. La tierra supuraba mala suerte, temblaba ante el llanto de los suyos que en vano le pedían a sus dioses por misericordia y ayuda. Aquellos que no caían por la infortunio de una mala cosecha debían verse obligados a huir de la peste que se cargaba a todo cuanto podía. Eran tiempos terribles, dónde la humanidad comprendió la impuntualidad de la palabra catástrofe.

Y allí en su profundidad dónde no existía día o noche, un hombre escribía sin parar sobre la mala suerte de los demás. Tantas ideas soltó en aquel primer tiempo que decidió racionar desgracias para dedicarse a detalles menores. Con el correr de los inviernos pulió su letra y ya no describía ríos envenenados o dioses que en su enojo le ordenaban a la lluvia esperar. Ahora, en cambio, su deber se centraba en la relación del hombre con la mujer.

La mala suerte del amor comenzó en aquel lugar, en esa mesa redonda y pequeña, de la mano de este sin nombre que velaba por el destino y el azar, dándole equilibrio a la canción de la vida. Con el correr del reloj inmortal se dió cuenta de algo mágico que unía los cataclismos que separaban pueblos con simples desgracias como nombrar al esposo por el nombre del amante.

En todos los casos, todos y sin excepción, la mala suerte comprendía una anécdota que abría nuevas puertas a caminos desconocidos. Caminos que, sin mencionar, llevaban a buen puerto (si es que acaso la sugestión del hechicero de la desdicha no había destruido ya), el de enfrentar la adversidad y vencerla.

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