jueves, 14 de junio de 2012

Cayó el peso muerto (mareado) sobre el suelo húmedo y las trompetas cantaron victoria al son de los tambores que majestuosos llegaron a oídos del Rey. Había que decidir, tal era la costumbre en tierras salvajes, el destino del animal monstruo. Algunos escépticos mezclados entre el público y por no decir la mayoría, selectos o sabandijas colados, jamás habían visto o vivido en propia sangre la fantasía y maravilla de tal criatura que ahora bufaba en rojo por esas dos cuencas que le salían por hocico. Sus cuernos habían sido astillados, uno cercenado de raíz y sus garras apenas tenían la fuerza para amagar con algún zarpazo perdido. Y sin embargo, a este bello ser que en otras tierras era llevado a la luz de dioses, donde los hombres le construían templos y lo veneraban como deidad, hoy aquí en este lejano mundo, habrían de enviarlo al más allá, o perdonar su alma para servir como objeto en una próxima batalla para saciar la hambruna de las moscas que pedían muerte, muerte y más muerte.

1 comentario:

Lunática dijo...

Me encanta cómo está escrito!!