lunes, 23 de julio de 2012

En La Memoria De Un Reptil


Capítulo Extraído de Tres Golpes de Timbal de Daniel Moyano

El Sietemesino, según refiere la minuciosa metáfora de Fábulo, recorrió las sangres zoológicas procurando introducir en cada especie la noción de un filo de cuchillo. Se desencantaba descubriendo que allí no había inteligencia criminal, que esos seres miserables eran movidos por una mecánica que no alcanzaba a comprender, y se enfurecía viendo cómo sus diferentes congéneres, según avanzaba o descendía en las escalas de la vida, se apartaban de él aunque tuviesen su misma forma.

El destino del hombre era ser dueño de la muerte y a través de ella llegar a ser dios, esa forma infinita del poder. A esa idea del Sietemesino, que podía ser la de la humanidad en su conjunto, se oponía la naturaleza, precisamente en salvaguardia del destino del hombre, cuya finalidad, insistía Fábulo, era la alegría, lo único que podemos oponer al sentimiento de la muerte. En el tinglado del titiritero asistíamos a la contemplación de una lucha, no eterna, entre la irracionalidad del poder o el deseo de ser dios, bajo la forma de un reptil persiguiendo una canción, y la libertad y la alegría, simbolizadas por el canto, que era la respuesta de la precariedad del hombre ante la historia y a la vez el refugio de sus desgracias. Mientras el cantor hacia un viaje a Lumbreras en busca de una palabra o un sonido para nombrar el mundo, el Sietemesino se metía en el mundo, provocando un ruido en el silencio de lo viviente, con lo que impedía que se lo nombrase. También él iba en busca de un pasado. Con ese propósito se introdujo en el mar.



Allí repitió miles de veces la matanza de Lumbreras, sosteniendo con las de abajo la veracidad de las matanzas de arriba, prolongándolas en el tiempo, justificándolas para siempre. El mundo era violencia y destrucción, y en el fondo de esta constante, como una belleza terrible, estaba la idea de ser dios, reservada a los más fuertes y violentos. El mar le pareció el lugar ideal para esos propósitos. Habiendo conseguido la condición del más sangriento de los tiburones, forzada hasta casi hacerla estallar más allá de sus alcances en busca de la belleza de la muerte, aspiraba a trasladarla intacta al interminable cuerpo de una ballena. Pero éstas, regresadas al agua tras una larga experiencia de la tierra, de la que sólo trajeron la leche materna introduciéndola como alimento, despreciaban a los tiburones. Para ellas, desde sus tranquilas lejanías cetáceas, eran como pequeños reyes glotones, y su ridícula ferocidad una forma asquerosa de comer. Es una lástima, se dijo el joven asesino acuático, la ignorancia del poder de la muerte las llevará al exterminio o al suicidio; habitadas por mi, serían inmortales.



Observando a las especies superadas, el soberbio tiburón capaz de rebasar sus propios alcances se complacía en la certidumbre de que en esa aburrida grey de pequeños sobrevivientes él había introducido la belleza de matar. Pero no lo entendían. Esas despreciables formas vivas, alimentos unas de las otras en una eternidad sin sentido, no tenían capacidad de comprender su hazaña maravillosa. En sus soledades de tiburón aislado por sus propios congéneres, a quienes llegó a aterrorizar, intuía sin embargo que ese enjambre interminable estaba en otra búsqueda. El mar, entonces, no era una afirmación de muertes que culminaran en la inmortalidad a la que él aspiraba, y se orientaba en cambio hacia la vida, frágil y temerosa. Tras millones de años y labores pacientes, las formas que los seres del mar lanzaron hacia instancias superiores de vida habían culminado en un ser terrestre tímido y cobarde que con su instinto criminal era el eslabón escapado de la infinita cadena, vuelto contra ellos y contra si mismo. Conscientes del fracaso, desde las algas hasta las poderosas ballenas buscaban una nueva forma destinada a completar el sentido de la vida, entregándose a una interminable cadena de sangres generosas.



Para evitar estos atisbos el SietemesinoTiburón se entregaba al goce solitario de su poder, una forma de melancolía ante la incomprensión del mundo al que por desgracia pertenecía. Y la melancolía rozaba los bordes peligrosos de la tristeza de vivir cuando veía pasar a lo lejos, radiantes de chorros espumosos, las inaccesibles ballenas como grandes crispaciones del mar, ya claramente inhóspito para él. Entonces borraba esas fronteras negativas matando y devorando, más allá de la saciedad, a los tiburones más sanguinarios y feroces, con lo que, multiplicando sus instintos, llegó a ser él solo todos ellos. Sólo un temor lo acompañaba en su isla privilegiada: el de que, dejándose arrastrar por la belleza de la muerte y su placer irresistible, pudiera devorarse a sí mismo. Conocía esa terrible tentación. Sus dientes, más de una vez, se habían vuelto hacia su cuerpo con apetito por su propia sangre.



Entristecido y solo, un día, fabuloso en los anales de su raza, convocó a los demás alrededor de la gran esfera de agua que era su isla despoblada de vida. Los depredadores del mar se acercaron cautelosos, apenas lo necesario para oír las razones del venerable tiburón que los contenía a todos ellos.



Tiburones del mar inmenso, exclamó; maravillosos aparatos de matar que sin embargo carecen de una noción precisa de la muerte, y con todo el poder que tienen forman parte sin embargo de la estúpida grey de los seres del mar nuestro. Es posible que mis días estén contados, por una debilidad que sufro, que en un momento dado ustedes me devoren y ocupando mi lugar me entreguen a la absurda mecánica de este mundo perdido.



Dominado por una tristeza letal que se le presentaba como término de su poderío, contempló su contorno y se concentró en sus contenidos. Mirándose hasta el fondo de su sangre, donde guardaba como deslumbrantes joyas rojas todas las muertes recogidas en su largo viaje, vio que su inconmovible palacio de terror estaba a punto de derrumbarse. El mar parecía vacío. Las familias acuáticas, al oír su voz, habían huido hacia lo oscuro de las profundidades. Solamente los terroristas del mar, aunque aterrados, se mantenían en sus puestos para ver la puesta del sol del carnicero venerable.

Tiburones, gritó poseído por las muertes que contenía; mis designios son más altos; yo no me perderé en búsquedas inútiles; pertenezco a la gloria: voy a comerme a mí mismo.



Giró furioso buscando los extremos de su cuerpo; cuando pudo darse la primera dentellada, la enorme esfera acuática que abarcaba con sus giros se convirtió en un oscuro ovillo de sangre que él iba devorando sin dejar de darse dentelladas, vacilando entre cortarse o engullir, los dos extremos de su placer terrible, buscando el centro deleitoso que le permitiera por fin comer su propia boca y cerrarse para siempre en su poder y en su placer, acabar su vida en sí mismo, heroicamente, antes de que sus congéneres, a la vista de su sangre, tragasen su formidable cabeza de tigre del océano. Pero los tiburones, sin poder soportar el espectáculo, habían desaparecido dejándolo a solas con su muerte.
Saciado su placer y viendo que no podría ir más allá aunque la imposibilidad de devorarse a si mismo hasta el final desapareciese, se abandonó a una corriente tibia que lo llevó hasta la desembocadura de uno de esos ríos dulces que bajan de la tierra, donde descansó sintiendo que su estirpe de tiburón lo abandonaba, y también el mar ingrato.

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