A simple vista podría describirla como una escalera infinita (que tenía un comienzo) pero que, a pesar de que mis ojos intentarán encontrarle el final, parecía perderse en las mismas nubes del ocaso, dándole paso a una inmensa luna que de a poco asomaba su tímida nariz. Los escalones eran medianos, tallados en la misma roca gris (fría y áspera al tacto), con alguna grieta perdida que daba lugar a helechos y hierbas que habían encontrado un lugar para crecer a pesar de la extrema humedad. Esta escalera tenia además de los peldaños, unos pasamanos labrados en oro y plata, cobre y bronce, de diseños suaves y delicados, algunas flores (rosas y tulipanes entre lotos y margaritas) y de vez en cuando alguna especie de runa o jeroglífico antiguo (no sabría decir de que época data, ni a que dios(es) o deidad(es) harían referencia). Supe dar los primeros pasos hacía el cielo sin problema alguno, dejándome llevar por mis pensamientos de curiosidad, sobre qué preciosura o monstruosidad encontraré al final del camino, sobre que me depararía el destino (si hubiese algo semejante en la sutileza del Señor) a alguien tan (in)puro como mi extraño ser.
Cuesta arriba mi héroe, hacia la nada misma de las alturas inalcanzables.
Allí nos veremos una vez más...
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