El pueblo de Uzhur es el último lugar donde un viajero puede encontrar comida y abrigo antes de iniciar una campaña más allá del Shaz Ahar, Las tierras Desoladas. Dicen, que en sus posadas se pueden oír las extrañas historias de aquellos que alguna vez se animaron a ir a donde no hay mapas, donde las estrellas se esconden, donde el sol se oculta.
No es muy difícil encontrar contra la chimenea un grupo de aventureros muy mal vestidos garabateando con un puñal una mesa de madera, hablando de las afiladas garras de una extraña criatura, de su elocuente astucia y su apetito por las vírgenes. Sus estallidos y carcajadas me aburren un poco, suficiente para posar mis oídos sobre la barra.
Un tabernero, viejo y maniatado por tanto trabajo, describe con lujo de detalles a un viajero que pisó este mismo lugar hace ya una veintena de años, trayendo consigo un inmenso colmillo de Aghrä, una de las oscuras bestias voladoras que (se dice) hacen sus nidos en los picos de unas sombrías montañas que (supuestamente) son el límite entre la nada misma y la vida que conocemos.
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