miércoles, 10 de noviembre de 2010

Implacable

Nuestro héroe recostó su cuerpo en el marco de la puerta y se dispuso a encender un cigarrillo. Su silueta recortaba la luz que entraba dese afuera, un Sol que lo ensombrecía al punto de congelarlo en lo que fácilmente podría haber sido la foto de una crónica de terror.

Y en el suelo yacía ella, aún con vida.

Sus rulos rojizos cubrían su mirada perdida. Respiraba con dificultad, sus pulmones se habían cerrado y el suelo temblaba al compás de su cuerpo agonizante. Poco a poco la vida comenzaba a irse, solo era cuestión de esperar, de ser paciente.

Inmovil y ajeno a la situación, decidió apagar lo que quedaba de tabaco. Giró la cabeza, la miró y sintió  un profundo asco. No de si mismo por lo que había hecho, sino por la imagen de ella ensuciando el suelo con su inmundicia. Tanto rechazo le dió que amagó con patearla, pero prefirió no ensuciarse el zapato.   

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