Aunque junto calendarios y me esfuerzo por sumarle días a la noche no puedo encontrar una fecha indicada para el pequeño evento que se sucedió hace ya (incontables) años atrás en una perdida localidad de la costa atlántica conocida por sus vecinos como San Clemente del Tuyú o como algunos viejos prefieren -Saint Clemount de Tou Chous -.
A metros nomás de la rotonda coronada por los delfines una casa de pesca encontraba allí su morada. Y en su interior un robusto hombre de corta estatura, ya entrado en décadas, quitaba el polvo de sus cañas y miraba con orgullo las fotos de trofeos del pasado ya lejano. Un toc toc despertó al viejo de sus sueños y lo llevó a agacharse contra la mesada que oficiaba del mostrador. Allí, un pequeñín que apenas apoyaba la punta de su nariz en ese inmenso exhibidor de anzuelos, rotores y mosquetones, se dio a conocer como aquel que podía pescar más peces y, mejor aún, los mas grandes de todos!
Así fue que estos dos ejemplares de pescadores se encontraron, uno en sus últimos alientos, el otro en sus primeros. Juntos idearon la línea más efectiva y letal del mundo, aquella que no podía ser rechazada por ningún ejemplar que se proclamase rey de océanos y señor entre los suyos. Una trampa con nudos corredizos que serpenteaban entre mostacillas azules, coronada por una plomada en su cabeza y blandiendo en su brazo un anzuelo brillante y plateado, afilado para un único y certero golpe.
Hoy en día, dejando de lado los almanaques, esa línea todavía sigue esperando en mi caja de pesca. Y sé muy bien que cuando sea el momento, quién sabe si será un amanecer o en la profundidad de la noche, saldrá a relucir centelleante, esperando por ese gran, gran pez.
1 comentario:
Bien! Volvieron los cuentos!
Me agrada, me agrada. Como siempre, un placer leerte.
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