lunes, 21 de marzo de 2011

Océanos del Mundo

No son buenos tiempos para navegar los océanos del mundo. Las tormentas azotan sin piedad los puertos y nosotros nos vemos obligados a encerrarnos en las tabernas, contar historias de monstruos del fin del mundo, jugar apuestas de cartas y dados que terminarán en sangre y juramentos de venganza.

Los relámpagos caen sordos en el horizonte y sus destellos iluminan los rostros de mis compañeros ya ebrios de ron y cerveza. Que ellos se entretengan con las hembras de la posada, que buceen sus miembros en sus pantanos dulces, que tengan un poco de placer en tierra.

Yo prefiero quedarme y pensar. Atento y sin perder el hilo de la charla escucho a un pirata de las costas contar que los pasos a la altura del meridiano de cáncer están siendo cerrados por una sombra que enceguece a los capitanes, forzándolos a estrellar sus naves contra los filosos picos de piedra.

A mi derecha, un pobre hombre con pocos dientes murmura la historia de una bestia gigante que habita las aguas que rodean los volcánes al sur de lo desconocido. Su compañero muestra un ojo totalmente consumido por la blancura del iris, aquel con el que se animó a contemplar al terror entre los terrores a un alto costo.

Una dama me abraza por la espalda y me susurra algo al oído sobre sus húmedos labios recorriendo mi cuerpo. La detengo sujetándola por el brazo evitando que me quite dos monedas de mi bolsillo. En estos lugares se debe tener los tres ojos abiertos en todo momento. Pobre de aquél hombre junto a la ventana, no sabe lo que le espera si sigue charlando con esa serpiente de rubios cabellos.

Es hora de irme. No pretendo esperar que la lluvia amaine, ni que los vientos se cansen, ni que los mares se tranquilicen. Si tengo que enfrentar la ira de los Dioses, que se preparen, no tengo nada que perder.

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