Aquel hombre, cansado y desgarrado por el paso del tiempo, ya admitía para sus adentros que no podía recordar de donde provenía o hacia donde iba. En realidad, y para ser mas justos con esta leyenda, deberíamos decir que este caminante sufría la mochila invisible de la eternidad, aquella que desgarraba su memoria y lo había apartado del camino, obligándolo a olvidar el porqué de su misión en este mundo.
Nuestro nómada, recolector de historias a lo largo y a lo ancho de los seis puntos cardinales, desde las penumbras del infinito eterno, navegante y pirata de los traicioneros nueve océanos, conquistador de picos montañosos, ya sea por sus cumbres o profundos túneles, domador de tormentas y de un impasible temple, había finalmente decido a sentar cabeza de una vez.
Soltó la pesada mochila, dejándola caer en el suelo estéril que había destruido sus ya engangrenados pies, y se desplomó sobre un pequeño arrollo de cristalina agua (que revolucionaria y libre aún desafiaba las sequías de estos días oscuros). Era tarde ya para pensar, era tarde para levantarse una última vez más.
Cuantas veces nuestro héroe, de espalda torcida y brazos frágiles, había vuelto a apoyar (como quien jamás se dejaría vencer) una áspera rodilla en el suelo para tomar el envión exacto que le de fuerza a su fino cuerpo a salir disparado una y otra vez al camino.
En los años que ya se perdieron, en las cuentas inexactas de las edades, sumando vidas suficientes para llenar inmensas bibliotecas, nuestro viajero imparable ya se había caído y vuelto a erguir tantas veces como para que cada estrella del cielo se sintiera orgullosa de él.
Cada pueblo a su paso, cada fábula trascripta por su boca y esparcida por el viento, todas sus proezas, fracasos y humildes errores, todos habían contribuido para que el mundo fuese lo que era hoy en día. Y en gran parte, gracias a él.
Antes de cerrar los ojos, nuestro nómade herido en el alma decidió que ya era hora de tomarse las cosas mas tranquilas consigo mismo. No importaba reino o trono, rey o reina. Dejó de lado las carreteras, las guías y las constelaciones, el viaje y la aventura, los tesoros y los peligros, no había nada más por conocer, pensó para sus adentros en silencio.
Se dijo entonces, no sin antes sonreír, hubiese podido hacerlo sin ti, querida, con o sin rutas hacía ningún destino, tarde o temprano, te hubiese encontrado (si tan solo pudiese recordar quien eras...).
Se dijo entonces, no sin antes sonreír, hubiese podido hacerlo sin ti, querida, con o sin rutas hacía ningún destino, tarde o temprano, te hubiese encontrado (si tan solo pudiese recordar quien eras...).
1 comentario:
Mmmm todos tarde o temprano necesitamos bajar unos cuantos cambios, pararnos o dejarnos caer para descanzar los pies, y pensar con lentitud...
You have touched my weak point.
*retell*
Publicar un comentario