lunes, 2 de mayo de 2011

El Tallador

Durante cuatro eternidades del mundo aquel esbelto hombre esculpió una inmensidad de joyas, cada una con su nombre propio y brillo especial. Tanto fueron los días que le dedicó a su más grande obra que incluso olvidó sus hijos, sus nombres y sus cumpleaños. Cegado por la ambición de su propio ser, el tiempo transcurrió para de forma efímera haciendo poca mella en su piel, no obstante sus manos sufrieron el peso de los martillos y los cinceles, los golpes y los detalles, llenándolas de grietas y asperezas profundas. Cuando levantó el último diamante en lo alto, entre dedos que lloraban hilos de sangre, supo que su creación estaba finalmente terminada. Juntó entonces cada una de ellas con sumo cuidado y las guardó en un precioso cofre de madera.

Agotado y con la espalda encorvada, levantó la mirada en busca de su progenie. Sin embargo aquellos que eran sus herederos ya no estaban junto a el, olvidados por el tiempo en las tumbas que cada uno supo encontrar en algún lado del mundo. Se dio cuenta que se encontraba absolutamente solo, sin nadie que pudiese contemplar el fruto de su esfuerzo, sin nadie con quien compartir su alegría. No pudiendo contener la tristeza, lloró sobre el cofre abierto a cada uno de hijos, derramando frágiles lágrimas de dolor sobre las gemas que ya habían consumido toda su fuerza.

Viendo que la pena lo devoraba y con la soledad como única amiga, decidió regalarle su obra maestra a quien fuese único testigo de su vida, al mismísimo Cielo. Así fue entonces como los astros fueron exhibidos en lo alto de la Noche, cada una recordando a los hijos del Tallador de Estrellas, aquellos que él supo olvidar pero que la penumbra sabría recordar para siempre en su honor y buen nombre, altas en el inmaculada negrura infinita.

2 comentarios:

Sofía dijo...

Que bello, lo escribiste vos?

sofía dijo...

¡Genial, genial! Me encantó. Hasta se me puso la piel de gallina.
Me hizo recordar un poco al primero de los buendía, en cien años de soledad.