Setecientos cuarenta y siete mil escalones formaban las trescientas escaleras del laberinto primero. Algunas eran circulares y a la vez uniformes, diez de ellas con pasillo pero sin ningún final. Otras cuarenta y tres guiaban el camino a puertas trampa o nuevos destinos perdidos en un plano ya olvidado del tiempo. De sus diez mil entradas solo veintiocho llevaban a salidas que volvían a morir en nuevos comienzos. Dos finales, entrar para nunca salir, o encontrar el camino y agraciarse de haber vencido las artes del carcelero.
Cuentan las malas lenguas que este laberinto fue construido como prueba a los primeros nacidos, obligados a entrar en él y a salir en menos de un doscientos trece días, probando así la valentía y el ingenio requeridos para ser designado Hombre de Dios entre los hombres.
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