viernes, 5 de agosto de 2011

El Mercado de Almas

Nuestro héroe caminaba por las calles de aquella Ciudad con firmeza absoluta, decidido a navegar los mares del infierno si así fuese necesario. Pero estos no eran océanos de fuego los que se abrían ante él, hacía donde quiera que mirara, Thurmekhalaâbar le daba la bienvenida. 

A cada rincón, a cada vuelta de sendero, pequeñas muchedumbres de personas se achinaban ante los pequeños puestos de mercancías como moscas de la pudredumbre intentando comerciar las extrañas y maravillosas promesas que se ofrecían por doquier. La gente iba y venia, de aquí hacía allá, inmersas en sus propios cuentos de hadas y juramentos de venganza. En la ciudad de la avaricia y la ambición, nuestro héroe luchaba para hacerse paso entre los perdidos rostros que constantemente le cerraban el camino en busca de los propios.

Un mercado de almas, eso era Thurmekhalaâbar. Jamás mejor descripto por palabras que conserven la misma dosis de esperanza como de pena, ni siquiera por los juglares de Rhâm, que para aquel lugar tenían una expresión en su propia lengua.  Haciendo pie entre la multitud y siempre sosteniendo su morral (donde guardaba su más preciado tesoro), nuestro héroe clavó su mirada en una pequeña carpa polvorienta y olvidada por el tiempo desde donde un hombre de serpentinos movimientos lo llamaba con la mirada.

Héroe, le dijo al oído y a la distancia, la música que escuchas en tu corazón es la misma que en este día sin nombre (aún) te trajo hasta aquí. Son las notas que te faltan, los acordes perdidos, aquellas que mi sabiduría puede ofrecerte y entonces, buscando entre mis pertenencias quizás encontraré, algo que pueda servirte en la necesidad. Y en un susurro apagado agregó, a cambio, solo pediré el honor de haber ayudado a construir la balada que los ancianos le contarán a los pequeños sobre tí y que llevará tu nombre, héroe de héroes.

¿Quién eres? ¿De dónde vienes? ¿Cómo sabes? Las palabras intentaban salir de de su boca come escupidas por una fuerza de voluntad que jamás había creído conocer hasta entonces. Muestrame lo que tienes, quiso decir, pero la frase jamás llegó a escapar de sus labios. Una extraña mujer, de finísima cintura y brazos largos como víboras, apareció por detrás de su cuerpo, abrazando con suma delicadeza a nuestro héroe por la cintura, invitándolo a entrar en aquel misterioso agujero del mundo.

Cruzó la telas que separaban el afuera del interior hipnotizado por una fascinación que no podía explicar. Adentro, una presencia se hacía dueño y amo del lugar. Nuestro héroe, aunque versado en ciencias ocultas, no lograba distinguir en este hombre signos de maldad concebida, pero a su vez, tampoco podía encontrar eco de bondad alguna en sus oscuros ojos. Y su mirada, ¡que maravillosa manera de contemplar que tenía! Una extraña torcedura en el labio superior, una nariz percudida por el tiempo, un cabello que en suaves mechones oxidados por los años se dejaban ver por debajo de una antigua capucha, un ser que evidentemente era poseedor de relatos fantásticos traídos de los más lejanos mapas alguna vez dibujados.

Continuará...

(cuando me vuelvan a dar ganas de escribir)

2 comentarios:

Nina dijo...

Me quedo con el título (genial), con esta parte: "En la ciudad de la avaricia y la ambición, nuestro héroe luchaba para hacerse paso entre los perdidos rostros que constantemente le cerraban el camino en busca de los propios."; con la música, su mirada y su morral. No se porque... vaya uno a saber.

¡Me gusto y mucho, así que ponete media pila para continuarla!

Besote gigante

Belén dijo...

Me hace acordar a un pibe que jugaba Rol...

Quiero saber por qué será ñeroe. Me imagino toda suerte de cosas.