Cuando aún era una promesa, un simple capullo encerrado en el cuerpo de un niño, nuestro héroe (que no tenía ganado su nombre todavía) destacaba por una sonrisa sincera y una voz celestial. Eran épocas de oscuridad en un mundo donde los pueblos apenas podían dedicarse a juntar comida por temporadas para volver a buscar caminos cuando las lluvias o las sequías así los obligasen. No tenía familia, jamás la tuvo, y refiere la leyenda que había sido rescatado bajo los escombros de un viejo molino por trotamundos. Aún era un retoño con pocas horas de nacido, uno de esos milagros inexplicables, cuando lo encontraron en brazos de su madre sin vida tras el gran diluvio de julio.
Hijo de las mil tormentas, le decían. Creció bajo el ala protectora de cuentistas y juglares viajeros de todas las tierras al norte de las montañas que lindan con las praderas verdes que desembocan en el mar y junto a ellos aprendió el arte de la historia y la leyenda. Para ellos, hombres y mujeres que no tenían más pertenencias que la propia cultura de la memoria, aprendió el fino arte del relato en su maravillosa extensión, de cómo las palabras atesoran en sus letras un significado diferente cuando son soltadas por una boca amable en su justo tiempo y lugar. Memorizó los cuentos y las fábulas de sus antepasados y, aunque aún muy joven para preguntar sobre su difunta madre, se sintió gustoso y en casa entre hermanos peregrinos.
Feliz y contento, nuestro héroe de prodigiosa voz celestial, contaba los pasos no en números sino en párrafos y versos. Cruzando senderos con sus salvadores en poco tiempo atravesó vastos paisajes, desde los cerros que aún no eran cordillera y les brindaban refugio en los inviernos, con sus arroyos cristalinos llenos de vida, sus cuevas iluminadas por el calor del fuego que sabían encender y, sobre todo, por los incontables cuentos que oía día tras día. Los veranos resultaban ser cálidos y alegres, siempre y cuando el clima les diese una mano y no inunde los fondos de los acantilados donde hacían refugios para esconderse del agobiante calor de la temporada. Nuestro héroe era feliz, y pese a las advertencias de los suyos, recorría la vida cantando.
El tiempo transcurrió en la forma en que el héroe lo permitió. Él, inmaculado en su inocencia, contagiaba paz a cuanta persona lo escuchase hablar y recitar. Ya se sabía a la perfección las canciones que había practicado hasta entonces y de a poco comenzó a inventar las propias. Sorprendidos por lo que oían, sus hermanos caminantes, en vez de aplaudirlo, comenzaron a censurarlo. Fue un duro golpe para el héroe que no se resignó y en silencio componía para sus adentros cuando nadie le prestaba un oído. Pero la reacción de los suyos tenía una justificación y así le explicaron. El arte de la creación estaba destinado a los dioses, sin su permiso, vendría el castigo.
Un día de primavera nuestro héroe despertó sobresaltado en la mitad de la noche profunda. Envuelto en un sudor frío e intranquilo alcanzó a manotear un morral con unas galletas y bajo la atenta mirada de las estrellas dio un paso en soledad, después otro y cuando se dio cuenta ya se encontraba lejos de los suyos. Sin poder conseguir la paz que lo había acompañado hasta entonces se sentó bajo un gran sauce llorón que crecía en el medio de un pequeño valle donde el viento no podía llegar con fuerza. Allí cruzó las rodillas y con los brazos abiertos comenzó a cantar suavemente. Sus primeras palabras salieron de su boca con la lentitud de un reloj al que se le da cuerda por primera vez. Recordó en una melodía multicolor la historia de los suyos, sobre cada amanecer y cada anochecer. Como bien le habían enseñado, supo darle brillo a las mañanas de sol y de a poco los pájaros se acercaron hipnotizados por el cantar del héroe. Zorzales y petirrojos llegaron primeros, luego una familia de torcazas acudió al llamado y por último un alborotado colibrí se congeló en un aleteo infinito frente a sus propios ojos. Se entusiasmó, contento y lleno por la armonía que sus sonidos transmitían (incluso a él mismo) se entregó por completo a la canción. Sin darse cuenta, absolutamente hundido en el hechizo que había creado, recitó estrofas de edades que aún no habían visto la luz, sobre ciudades que jamás había conocido, sobre un viaje que aún no había emprendido. Con tanto detalle cantaba que podía ver los adoquines de una gran escalera elevarse en las nubes, una plaza de flores cuyo aroma le llegaba límpido y dulce a su nariz. Viajó con los sonidos y allí, cruzando un amplio balcón con cortinas de seda blanca, la vio a ella y entonces dejó de cantar; Nuestro héroe se había enamorado.
De repente y como liberados por el silencio que cayó como el cuchillo de un verdugo, las aves dispararon en vuelo en todas las direcciones. Todas menos un cuervo, que impasible y casi ausente en la noche, aún lo observaba con atención. Son animales valientes los cuervos, pensó él, e intentó retomar la melodía. Pero un gran trueno a la distancia lo asustó y erizándose sobre sus piernas comprobó que las estrellas ya le daban la espalda y una macabra tormenta lo amenazaba con el tronar de los rayos explotando sobre la tierra. Rápidamente se dio cuenta que nada tenía que hacer allí y emprendió el retorno.
Los primeros surcos fueron tranquilos, con la típica calma que antecede al huracán. De a poco las gotas de lluvia fueron golpeando su rostro y en un abrir y cerrar de ojos ya se encontraba haciendo esfuerzos para abrirse paso en el lodo. Los caminos se habían inundado y amenazaban con llevárselo a él también, pero nuestro héroe ya mostraba un temple tenaz e impasible. Trepó una pendiente que se había convertido en catarata, esquivando rocas afiladas que caían hacía él y haciendo pie en el fango llegó hasta una inmensa saliente en punta de la misma roca, allí se irguió llevándose las manos para cubrir sus ojos de la tempestad y le hizo frente. Buscó con la mirada a los suyos pero no los encontró. Con la sombra recortada por los destellos que la furia del cielo escupía se lo podía ver, ya no a un niño, sino a un joven. Pero había sido advertido y debía pagar el precio de haber creado, de haberse enamorado, de haber encontrado un destino a su canción. Desde la inconmensurable negrura que dominaba las alturas un asesino relámpago estalló en llanto y nuestro héroe cayó dando tumbos por la colina. Entonces todo fue oscuridad.
Despertó quien sabe cuándo. La tormenta ya había pasado y solo había dejado una fresca brisa húmeda de recuerdo. Aún con la mitad del rostro sumergido en la tierra pudo ver los pájaros a su alrededor, incluso logró distinguir al cuervo, pero a diferencia de cuando su voz alegraba los corazones alados esta vez notó tristeza en ellos. Se recuperó de a poco y una vez de pie nuevamente corrió por los suyos. Cruzó las quebradas y las grietas de la tierra, a su paso, todo era desolación y destrucción, tal como algunas fábulas que le enseñaron en su niñez. Luego de mucho andar, cayó de rodillas ante una imagen que le hizo comprender el significado del dolor.
Dispersos y a lo largo del nacimiento de un antiguo río que supo estar seco en lo que él lo conocía, encontró a los suyos ya sin vida. Intentó salvarlos pero solo pudo desplomarse en lágrimas al ver que todo era en vano, había llegado tarde. Sollozando y herido se echó la culpa por haber creado cuando no le estaba permitido y los pobres pájaros lo miraban compartiendo su angustia. Era una matanza, una matanza divina pensaba él. Un castigo demasiado grande que no tenía razón de ser y que jamás le habían enseñado y por lo cual no lograba comprender. Un leve movimiento se escuchó entonces y para su bendición, vio una mano moverse entre los restos del temporal.
Se apresuró en quitar las piedras del cuerpo y debajo de ellas pudo ver un marchito y malherido anciano, el más anciano de los trotamundos que esbozaban las historias del cantor. Le sostuvo la mano delicadamente y le limpió la suciedad de la frente arrugada. Un hilo de vida aún se aferraba a él, suficiente para darle una última lección al hijo de las mil tormentas al que nunca una tormenta había vencido. Antes de morir, el último viejo le agradeció su canto y le pidió que mantenga viva la cultura de los historiadores viajeros del mundo, que con él aún con vida, su pueblo mantenía la esperanza de renacer. No dejes de crear nunca jamás, busca a tu amada ya que en tu amor vive nuestra memoria. Y dejándose llevar por la muerte (que en algún lugar cercano contemplaba con paciencia esperando) le regaló a nuestro héroe su más preciado tesoro.
Tomándolo con sumo cuidado lo guardó en el morral. Era el tiempo de nuestro héroe.
Tomándolo con sumo cuidado lo guardó en el morral. Era el tiempo de nuestro héroe.
1 comentario:
Qué genial...un héroe trovador...
Publicar un comentario