Habla en tercera persona, se ve desde afuera y se maravilla de si mismo. No es vanidad, no es hedonismo, es un extraño caso o condición que padecen los hombres satisfechos con lo que han logrado en vida. Se admiran como un cuento de hadas, se deprimen con sus problemas, sienten sus emociones a flor de piel mediante la facilidad que tienen de abstraerse de ser quienes son. Así cierro mi análisis por el día de hoy, pueden retirarse y que tengan un buen fin de semana.
Pero allí no había nadie quien lo escuchara, tampoco había un salón con butacas o una pizarra. El se encontraba completamente solo y confundido. Cierto, recordó, soy quien no dejo de ser, pensó, me convertí en aquel que alguna vez fui, lo supo con seguridad, algún día conseguiré lo que tanto soñé, exclamó en voz alta cerrando su puño con fuerza.
Es difícil seguirle el ritmo, esta un paso más allá del resto. De a momentos da la impresión de pertenecer a una época que aún no vivimos, sin embargo es cuestión de oír sus historias de vida para caer en un mar de antigüedad y lejanía. Hay noches en que sus arrugas se vuelven eternas, algunas mañanas parece haber amanecido como un adolescente que siempre quiere más y más. Sonríe cuando se da cuenta que hablo de él, suspira mirándose a un espejo.
Hay que tener cuidado con los espejos, lo que uno crea adelante de ellos vale por dos y hechiza mágicamente en un mundo paralelo. Eso sucede gracias al reflejo de las tangentes que derivan de un logaritmo que yo he descubierto hace mas de muchos años (sumados, divididos por tres mas catorce). Eso son varias primaveras, queridos. Y como les explicaba, los espejos son traicioneros si no se los sabe manejar. En lo más profundo de un resplandor refractario, o espejo, domé al exponente de la matemática sin números y me hice poseedor a la fuerza del ya nombrado logaritmo. Luego de meses de estudio y sabiendo que jamás podré comprenderlo en su totalidad, había llegado a una conclusión. Haciendo uso del resultado pude saltar dentro del destello de la imagen bajo cuatro marcos y en un mundo paralelo me fue posible adquirir la habilidad de Dios, la de crear a mi imagen y semejanza.
Lo veía hablar en diferentes tonos, mencionar la palabra algoritmo (intentando pronunciar logaritmo) con voz fuerte y pesada, pero para referirse a Dios destinaba suaves suspiros de aire sostenidos por una mirada convencida. Y aún así, si observamos a nuestro alrededor, no hay nadie que me escuche, ni butacas ni pizarra. Dentro del espejo hay un mundo diferente, afirma, pero que hoy solo encuentra refugio en mi cabeza y de allí no lo dejaré salir nunca jamás. Una sola vez busqué la forma de darle libertad y (si así lo hago) entonces el futuro es oscuro, lo sabía, lo se y lo sabré, porque el tiempo es ambiguo y volátil. Dentro de un espejo lo puedo controlar, fuera de el todo es Caos y Maravilla.
Habla en tercera persona y claramente lleva una luz que chisporrotea en esos luceros. Todo un Caos controlado dentro del espejo, aclara mirándome a los ojos, todo dentro de mi cabeza, le respondo a nadie, a nadie que me escuche en un salón sin butacas ni pizarra.
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