lunes, 6 de febrero de 2012

El Cazador De Estrellas II

Había caminado interminables eternidades a lo largo del mundo y luego de haberlo visto todo decidió que aquel era el lugar indicado. No solo por las montañas del horizonte que coronaban sus picos en blanco nube, tampoco por la interminable pradera verde que moría en las tranquilas fauces de un mar turquesa, mucho menos por los sonidos del viento suave o la cantidad de aves que allí le daban la bienvenida. La decisión pasaba por otro lado. 

Su vida había sido un viaje y de todos los extraños, hermosos y terribles paisajes que le había tocado contemplar solo allí podía él observar el Cielo en su mas majestuosa infinidad absoluta. Fue por eso, agregado a la idea de que allí en lo alto las estrellas siempre habían sido sus únicas e incondicionales testigos, que decidió finalmente asentarse y descansar el cuerpo de una buena vez.

Es que el cielo y sus titilantes habitantes lo fascinaban. Lo enamoraban. Le servían de guía en la oscuridad, de refugio para el alma e inspiración divina para la prosa y el canto. Las admiraba en su mas absoluta belleza, la negrura abismal en una lejanía inalcanzable, pero que para él era tan cercana que se sentía parte de la misma. 

Entonces pasó el tiempo, cuanto, nadie lo sabe. Pero importa poco y nada en esta leyenda ya que para estos héroes, los días duran meses, los meses años y los años se convierten en vidas enteras. En una saliente de roca había tallado un mirador y allí descansaba todas las noches en busca de nuevas historias que contar.

Y su preferida era la del Cazador de Estrellas, la del hombre que todos los ocasos salía a la intemperie con la vista preparada. Porque aunque el titulo de su fábula lo omita, este no era tan solo un Cazador de Estrellas, sino un Cazador de Deseos. 

Cuenta la historia que aparecía en los llanos con el último rayo de luz y desaparecía con el primero. Recorría y vigilaba las alturas esperando ver viajeros estelares. Estos viajeros, como él, guardaban un celoso secreto. Estrellas fugaces, les decía, tan fugaces que eran más rápidas que la vista misma. Aquellos con paciencia y buen corazón podían esperarlas. Atentos, podrían encontrarlas. Y atrapar una estrella fugaz significaba hacerse de un tesoro mágico. Ver una implicaba la posibilidad de pedir un deseo. Un deseo que podía cumplirse.

Así remiten los reglones del tiempo, que tantos deseos cazó este buen hombre que viajeros de todos los lados del mundo salieron a su encuentro. Movidos por la esperanza, la idea de que el cazador de Estrellas pueda regalarles un deseo sin pedir mucho a cambio. 

Los que saben, los que todavía recuerdan, aseguran que aquellos días el mundo fue un lugar más feliz.