Era la típica tertulia de los Jueves. Alrededor de una gran mesa redonda siete hombres con sus diferentes características se miraban fijamente, enfrentados, de costado, en diagonales. Uno llevaba su nombre como bandera y era conocido como Claustrio Poloktzi, el gran capital del Oeste, apodo bien ganado por sus incontables millones, por haber sido financista en la construcción del tren costero y consejero de uno de los tantos papas.
Este último dato no es menor y ponía seriamente incómodo a Jaqcues Buvauert, un descreedor de las religiones, un enemigo de todo dios, un rebelde de todos los sistemas. Un hombre sin reglas. Esto, a su vez, no era suficiente para convertirlo en un libertino y pese a estar ausente de ciertos dogmas comunes llevaba con él una elegancia y una educación que le rendía frutos a la hora de ser bienvenido en reuniones como la de los Jueves.
Volviendo al tema, el Sr. Bauvert consideraba repulsivo que Polotzki haya oficiado de concilieri de un magistrado de la iglesia, del mensajero del señor. Detestaba verlo sentado allí a su lado, con su mirada superior y sus aires de elevado. Si tan solo supiese que su fe es de mentira, pensaba, pero no se animaba a decirlo. Agregando, todos allí sabían y conocían su postura al respecto pero por respeto al círculo nadie sacaba el tema a la luz.
Podría describir al resto de los cinco contertulios abandonados en este relato pero me parece insignificante. Pese a sus nobles virtudes y condenables vicios ellos no tienen mención en lo sucedido aquel día post miércoles de verano del sur. Solo atinaron a observar y cerrar la boca.
Polotzki y Bauvert se conocían bastante bien. No eran enemigos sin embargo tampoco amigos. Solo conocidos del rejunte cultural que los unía por obligación, una obligación que tomaban como una responsabilidad en favor de encontrar una verdad verdadera. Pero en este camino Claustrio y Jacques siempre se mostraban opuestos y cada cual sabía defender su postura con los ejércitos de miles de palabras elocuentes y bien pronunciadas. Para sumar al trabajo de discernir en temas no físicos, Polotzki discutía en idioma polaco como su apellido lo delata mientras que Bauvert subía la temperatura en alemán (vivió en Freiburgo unas dos décadas) pese a haber nacido en Francia.
Bastaba con oírlos elevar la voz, gesticular con movimientos de brazos dignos de un director de orquesta. Y todo por una verdad verdadera, que para uno no era verdad, para el otro tampoco verdadera; Si guardaba en secreto alguna realidad, solo la razón podría descubrirlo, decía Bauvert. Es la fe en la esperanza la que revela el camino puro, contrariaba Polotzki. Los demás prestaban atención.
Todos los Jueves todos, siete hombres se reunían en una tertulia dedicada a una verdad que todavía no habían descubierto. Una verdad que para cuatro era mentira, para dos verdadera, para uno era relativa. Una verdad que era a su vez todas las verdades, todas las mentiras y era tan relativa que, luego de suficientes Jueves como para contar unos muchos años, entendieron que no existe verdad mas absoluta que la siguiente.
En esta vida todo se reduce al amor.
Así nació la reunión de los Viernes, destinada al desarrollo del manifesto correspondiente.
2 comentarios:
Love can make all possible, el amor se lleva puesto a cualquier razonamiento, argumento, incluso a cualquier superstición.
Así empieza, después todo se vuelve oscuro.
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