Dicen algunos que para conocer todas las verdades del mundo es menester ser un dios de las matemáticas, no literalmente hablando, pero capaz de encontrar la unión numérica donde nadie la puede ver. Así, creen, es posible bajar una incógnita a ecuación y resolver su significado. Otros, como por ejemplo los religiosos, aseguran que para elevarse en el plano de la verdad lo único que se necesita es la santa fé y una vida de sacrificio a la causa. Solo de esa forma se nos abrirá el camino a la luz. El gran problema es que verán respuestas una vez cruzado el límite de la vida. Yo no puedo esperar a morir. Tampoco se de logaritmos y derivadas. Yo creo en mi propia verdad.
Es más fácil para la gente seguir una idea que otro ya elaboró. O ni siquiera, en seguir una verdad divina que nació antes que los pueblos, incluso que pudo haber creado estos mismos. Es al contrario mucho mas complicado formular una verdad y darla a conocer. Todos creen tener su propia verdad, o la verdad ajena que toman como de uno, o la mía, que no suelo compartir pero que alguna vez el viento supo llevar a oídos desconocidos.
Tan difícil es reconocer la verdad (todos tienen su versión) que la mentira encontró el territorio suficiente para triunfar. Ante las miles de voces pregonando por infinitas verdades, la mentira se disfrazó de cada una de ellas. Para decir una realidad, que no siempre es la verdad, ni la sombra puede seguir a una mentira. Como las palabras de este texto, que nunca jamás nadie escribió, que hablan de verdades que conocemos y sin embargo nunca vimos. Probablemente, hasta mi propia verdad haya sido asesinada por una mentira que no supe ver venir.
O si. Y todo esto podría ser un engaño articulado y premeditado. Sea como sea, no necesito matemáticas o esperanza. Yo verdaderamente creo en mi propia verdad. Aunque deba mentir al respecto.
1 comentario:
Los cuentos son como hijos. Este no me resulta simpático, más bien lejano.
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