lunes, 13 de diciembre de 2010

El Cazador de Estrellas

Nuestro héroe (aquel de incontables batallas) se subió a su amada montura y cabalgó por las yermas estepas que separaban las montañas del mar. Cruzó los arroyos que nacían en los picos nevados a su espalda y sin dificultad alguna pasó las quebradas de piedras grises y afiladas, de arbustos con espinas sin flores ni vida. De vez en cuando se detenía a llenar su cantimplora, saciar el hambre con alguna galleta de viaje y a darle respiro a su cansado cuerpo.

Durante cuatro días viajó con poco descanso y al despuntar el alba del quinto amanecer, supo que había llegado a las costas del fin del mundo. En aquel lugar, el verde pasto parecía crecer hasta  donde termina el horizonte para ser devorado por el infinito del mar. Bajó de su caballo y lo dejó vagar libremente, un premio que tenía bien merecido. Buscó entonces en su mochila un largo y fino bastón de madera oscura con punta de plata. Lo clavó en el suelo y con cautelosa precisión midió el tiempo. El Sol le extendió así sus brazos y supo cuanto faltaba para la noche. Buscó unas ramas, juntó unas rocas y dejando una marmita cerca se aprontó a preparar un fuego y esperar el ocaso del día. Y el tiempo lentamente pasó.

Cuando le costó distinguir con sus ojos más allá de lo que su pequeña fogata iluminaba supo entonces que era la hora. Miró hacía el cielo y buscó en su negrura profunda haciéndose eco de los miles y miles de puntos brillantes que poblaban el espacio. De vez en cuando, aquí y allá, se mostraban luces fugaces que dejaban una mágica estela de colores. Y allí en lo alto la encontró, a ella, a quién había estado persiguiendo.

Fue así que nuestro héroe se irguió en su totalidad y llevando sus curtidos dedos a su boca soltó un chiflido que retumbó a lo largo y a lo ancho de la inmensidad. Su montura, veloz como el viento, se hizo presente una vez más ante la llamada de su señor. Acariciándole el hocico y con palabras de amor, el animal se sentó en la pradera y dejó a merced de nuestro héroe una alforja que cargaba al costado de su lomo. Buscó en ella y sacó entonces un poderoso artefacto largo y curvado, de metal finamente labrado y tallado. A la tenue y curiosa mirada de la Luna, nuestro héroe tensó un arco del doble de su estatura.

Probando la resistencia de su arma, arqueó la cuerda un par de veces, comprobando su fuerza y precisión. Sin soltarlo, movió su cabeza y clavó su mirada en el reloj que yacía todavía en el suelo, pero que en la oscuridad ya nada servía. Se acercó y con una mano levantó la vara con punta plateada, apuntándola por sobre si mismo hacía arriba.

Porque nuestro héroe era un cazador, y esa noche se había propuesto bajar una estrella, la más brillante y hermosa de todas, para envolverla y llevarla como regalo a quien una vez había conquistado su corazón.

2 comentarios:

viktoria dijo...

Guau.
Muy lindo. Escribe moy bien.
Pero a ésto lo hice yo ¿no? (?)
Jaj, de nada. Gracias a usted por leer

Tom dijo...

De tu blog saqué la inspiración necesaria, una frase, nada más. A veces funciona así, la idea aparece sola.