jueves, 2 de diciembre de 2010

Premio

Nuestro héroe se lavó la cara y miró al espejo con una sonrisa de costado. Dejó la mirada clavada en su reflejo, intentando encontrarse en aquel lugar (intoxicado de semejante forma) y con dos bellezas esperándolo detrás de la puerta.

Volvió a enguajarse el rostro y tomó coraje. Movió el picaporte y la imagen que se presentó ante el parecía salida del mismo panteón de los pecadores. Una música angelical sonaba de fondo, quizás Aretha Franklin. El cuarto se encontraba en penumbras, unas velas con aromas lejanos perfumaban el ambiente. Sin embargo por sobre todo, se olía a sexo.

Sobre una cama dos hembras jugaban entre sí. Una enredaba sus dedos en los cabellos de la otra. Las botellas vacías y los vasos secos decoraban el resto del cuadro. Nuestro héroe las contempló un instante, como devorándolas con la mirada. Se relamió los labios y se sentó en un sillón en un costado. Cruzó las piernas y se concentró en la muchacha de ojos claros. Volvió a relamerse.

Se dispuso a prender un cigarrillo. Con la primer pitada y soltando un humo espeso, torció la vista hacia la mujer de rubio. Definitivamente, ya estaba a punto caramelo. Con otro sorbo de tabaco, nuestro héroe les imploró que comience la función.

¿Seguro que solo querés mirar?

Seguro, respondió el.

Automáticamente las dos hembras se miraron a los ojos, como si estuviesen felices de haber recibido la orden. La rubia soltó una risa y con el comienzo de una nueva melodía enredó con su brazo a la  princesa de ojos claros. Comenzó a besarla. Ambos cuerpos cayeron rendidos sobre la cama, entregándose al juego.

Y nuestro héroe era un espectador de lujo. Durante un rato se limitó a observar. Prendió cigarrillo tras otro hasta que no pudo contener más su propia hombría. Mientras las damas luchaban por ver quien podía dar más placer con la lengua, se levantó y se fué dando un portazo detrás de él. Y nadie lo siguió.

Perdido en la noche y vagando por las calles, nuestro héroe dió paso tras paso ciegamente, sin seguir un camino en especial. Cruzo arroyos y avenidas, rechazó vendedores ambulantes y se adentró al barrió de los senderos arbolados.

¿Que pasaba por su mente? Solo él lo sabía. El tiempo pasó y no se percató de que tan lejos había ido ni cuanto había caminado. No hasta que algo lo bajó al mundo, o alguien, mejor dicho. Porque abrumado por el silencio de la noche, no se percató de que no estaba solo, y al doblar el camino, se chocó de frente con ella. 

Levantándose del suelo y limpiando las hojas que ensuciaban su ropa, se encontró de repente ante una mujer de pelos rojos como el infierno mismo. Y entonces lo entendió. El mismo frío del fuego pareció quemarle la misma piel y mirando hacia sus costados (asegurándose de que no había nadie más), se abalanzó sobre este nuevo demonio, tapándole la boca y arrastrándola hacia los arbustos. Ella intentó gritar pero las manos de nuestro héroe ya eran bozales curtidos por el tiempo y la experiencia. La empujó contra el suelo y mientras le sujetaba la cabellera (hundiendo su rostro contra la tierra), con la otra mano le levantó la pollera. 

Ella, como leyéndole la mente, comprendió entonces que su mejor opción era entregarse. Dejó de gritar, aunque sus ojos comenzaron a llorar más fuerte. Y nuestro héroe hizo lo que debía hacer, lo que le estaba encomendado por su propia carne, por sus propios pecados. 

Acabó, se acomodó la camisa, y con una última mirada de lástima hacía su presa, se fue caminando en silencio hasta perderse en la sombra.

2 comentarios:

Rocio McManus dijo...

Ajá... ¿así que este es el premio? tu si que sabes, me dejaste la piel de gallina.
¿Puedo ser la colorada del cuento?


;)

*unict*

sofía dijo...

Es fija que las coloradas son fetiche!
Algún día seré roja.