Enceguecido por su imagen y gran nombre, nuestro héroe se aferró con la fuerza de sus uñas a la inmensidad del tallo verde que crecía desde el suelo hasta donde los ojos no alcanzaban a ver. Absolutamente agigantado y consiente de la leyenda que cargaba en su espalda, supo hacer pie sobre las frágiles hojas saltando de espina en espina, soltando acrobacias, giros y mortales esquivando las envenenadas puñaladas que aquella inmensa flor le arremetía con demencia y odio.
Sus cabellos volaban al viento, su ropa destruida iba dejando hilos de tela a medida que subía hacia las alturas buscando los pétalos que se escondían mas allá de las nubes, inalcanzables para cualquier simple mortal. No había dudas en su mirada, ni con cada traspié o resbalón, siempre de pié o sostenido al menos por una mano salvadora, con el fin de su historia y una muerte segura cada vez que miraba hacía el vacío. Allí abajo, una ciudad dormía, un niño nacía, una pequeña cantaba en soledad. Para los demás, la vida continuaba sin cambio alguno.
De vez en cuando, entre rama y rama, alguna criatura aparecía decidida a enfrentarlo, quizás una abeja, con sus dorados y negros colores tallados en el abdomen, con aguijones que lo buscaban continuamente para darle caza y castigo. Una cayó partida a la mitad tras un certero golpe de espada, una inmensa araña escapó al ver su azote y un colibrí voló rápidamente para contar el cuento a sus compañeros alados. Por cada invierno que avanzó, por cada primavera perdida, por cada pétalo menos, nuestro héroe crecía en valor y coraje, en deseo y esperanza.
Hasta que una noche de Noviembre, bajo la protección de un generoso sépalo rosado, hundió sus dedos en el último tramo del cáliz. Tomó una bocanada de aquella helada brisa huracanada y decidió ponerle fin a la proeza que solo las águilas podían observar, espectadoras de lujo de la sinfonía del trepador. A su espalda, la infinidad de nubes lo cubría todo y no había nada más que negrura a la vista. Sus brazos, comidos y agrietados por el tiempo, marcaban músculos en cada torcedura de cuerpo, cada brinco y cada pirueta. Sangrando y empapado por la lluvia, nuestro héroe estiró la mano en busca de apoyo. Para su suerte, encontró base en un áspero pétalo de color extraño, cambiante con los relámpagos que de vez en cuando regalaban un ápice de luz en la densa oscuridad.
Rodilla al suelo, pierna flexionada y su cuerpo trepando como una víbora hasta el fruto de las alturas, nuestro héroe entendió que no había más por subir. Ante él, una flor de místicas fantasias le daba la bienvenida. Extendida de par en par, con su inmaculada presencia saludándolo de modo desafiante; y él, devolviendo la gentileza, levantó el rostro y afirmó sus pies, extendió pecho y entonces fue cuando quedó absolutamente hipnotizado por la belleza de la cual era testigo.
Un dulce aroma lo inundó desde que lo penetró por su nariz hasta el último escondite de su cabeza. Veía entonces lo que era un gran embudo de profundidad abismal abrirse ante él, llamándolo por su nombre secreto, invitándolo a nadar en aquellos piletas de miel en los cuales se divertían y jugaban incontables mujeres de exóticas procedencias, una mas hermosa que la otra. Trastabilló, mareado por el encanto de las voces, pero rápidamente venció la tentación y agudizando su vista distinguió los cadáveres de antiguos héroes a media profundidad, poco a poco fue escuchando sus lamentos y penas; rápidamente supo con certeza que en aquella naturaleza muchos como él habían caído para no volver nunca jamás.
Ven héroe, acércate, un poco más.
3 comentarios:
Como me gustaría trepar tu flor.
¡Me encantó el bienvenidos! *Aplauso*
Y bueno, como siempre, el cuento de hoy también.
increíble como logras hacerme visualizar todo perfectamente , genialidad la suya.
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