viernes, 25 de noviembre de 2011

Raupert

Si tienen la oportunidad de visitar La Sauterelle en París deben saber simplemente una cosa, allí he tenido mi primer y único hijo como mujer. De todas las vidas que me han tocado ya sea por destino o por azar (o por un pacto que no recuerdo haber hecho jamás), solamente en una sola he nacido bajo el hechizo de Eva. Fue toda una experiencia, por la época, por los tiempos que corrían, porque a pesar de haber vivido suficiente nada me preparó para nacer con corazón y curvas.

Es terrible a veces, tener que cargar con el peso de una dama. Esquivar incontables ojos delatores que asesinan con la mirada, contener una sonrisa para no despertar malos pensamientos, guardar la pureza para el elegido, para un amor que jamás llega. Déjenme decirles, que los hombres son todos iguales. Y ellas también, pero lo que diferencia al macho de la hembra es simplemente que ellas luchan contra el estigma de ser deseadas, ellos en cambio sufren la necesidad de desear.

Corrían los años veinte. Una noche de velas y música entre humo espeso lo vi entrar desde el fondo del lugar, con su galera alta y un bigote finísimo que le afilaba la sonrisa de alta alcurnia. Su rosa en el ojal prendía fuego su entallado traje color sombra ceniza, con unos hilos que centelleaban de forma vertical desde el cuello del chaleco hasta los zapatos de charol. Dinero fácil, pensé.

Recostada contra una pared bajo una pintura de no recuerdo quien, hice valer mis curvas. Corrí suavemente la caída de mi vestido dejando ver una pierna larga de bailarina, interminable desde la cadera pálida hasta el comienzo de una media de hilos cruzados transparentes. El corsé lograba que mi cintura desapareciera con poca luz. Mis pechos casi al aire pidiendo salir, aplastados por un escote de piedras brillantes que los transformaba en una puerta al pecado. Labios rojo fuego, ojos turquesas, cabello negro corto. Le clavé la mirada y lo recuerdo bien, se me acercó.

Cuesta contar la historia, pese a ser hombre aún me quedan las cicatrices de vidas pasadas. Aquella primer noche nada sucedió entre nosotros dos. Se presentó educadamente e hizo incapié en mi sonrisa espontánea. Intenté llevarlo al paraíso de mis encantos pero se resistió, sin explicación alguna. Volvió varias noches más, jamás puso sus ojos en otra más que en mí. A veces me traía flores, otras ocasiones el perfume de los jazmines se transformaban en dulces bombones. Hasta que un día me invitó a su casa.

Salimos de La Sauterelle por la puerta de atrás que daba al mágico callejón de piedras húmedas. Allí, bajo una suave lluvia por primera vez me besó. No llegamos a su casa, bajo un puente a orillas del Sena nos fundimos en uno solo. Y he aquí que deseo llorar. Han abierto una herida que tenía olvidada.

Mientras sostenía mi cabello contra una pared fui la mujer mas feliz. Al menos por un instante. Trenzados en la pasión no notamos un grupo de hombres acercarse a nosotros. Nos tomaron por sorpresa y con la crueldad de manos curtidas lo separaron de un empujón. Recuerdo las carcajadas, las pieles asperas, el olor a alcohol profundo y a miedo. No quiero contar mas, apenas sobreviví aquella noche, la mas feliz como triste de mi vida.

Sin dinero y apenas con un hilo de vida me dieron asilo y refugio en La Sauterelle. Me curaron y me alejaron lo necesario para que me recupere. De todas formas, poco tiempo pasó hasta que una vez más me exigieran trabajar para pagar mis deudas. Hasta el octavo mes tuve mostrarme en el escenario, los hombres pagaban más por las lunas de mi vientre. Una noche antes de la llegada del noveno, sola y en medio de la noche me até contra una columna de madera del sótano. Bebí una botella completa de Contreau y sola tuve a Raupert. Le puse el nombre de su padre Raupert de Mognac aunque no sabría decir si era su hijo o el de todos sus asesinos. 

Me encontraron en lo profundo de la escalinata por los llantos del pequeño. Ella me vino a buscar finalmente dos días después. No tuve tiempo de despedir a mi pequeño. Como dije, era momento de abandonar aquel cuerpo frágil.

Por mucho que lo intenté, nunca volví a dar con Raupert (pero esa es la historia de otra vida).

6 comentarios:

Tom dijo...

No le hice correcciones y no le dí ni siqueira una segunda lectura. Es un borrador y el tiempo no me permite darle otra lectura. Además, no se si me convence por lo que releerlo podría significar borrarlo por completo.

No estoy conforme del todo, pero prefiero hacerlo un bollito de papel y guardarlo ene ste lugar que es como mi cofrecito de cuentos.

En una vida fue mujer, para la renegada.

Ahora vendrá el del don juan que quedó pendiente.

sofía dijo...

Me encantó, genial, bravo. Me puso la piel de gallina. Yo le doy el ok.

Anónimo dijo...

Me falta el tuyo, en cuanto vuelva la luz me ocupo del comehembras.

Belén dijo...

Es una barbaridad de cuento. Increíble, Tom.

Por un momento pensé que habías fundido ambas historias en una, y que el dandy era el de Sofi...

Tom dijo...

Ese dandy esta al caer! Grazie Peperina!

Nada más importa dijo...

Excelente.