miércoles, 19 de enero de 2011

De la Bitácora del Capitán

Al octavo día de viaje encontramos lo que parecía ser una entrada a lo profundo de la selva entre cuatro elevaciones de rocas de varios metros de alto escondidas por la densa vegetación y flora autóctona del lugar. El primero en ver indicios fue un tripulante de tercer rango llamado Jeremías Rincón quién se topó en su camino con una piedra de forma esférica perféctamente tallada, posiblemente utilizada para morteros y caratulada en las posesiones de la expedición como Artículo 126-2. Su descubrimiento fue una llamada de atención por la locación de la misma, después de tantas noches de viaje hacía adentro desde que cruzamos Las Caídas al Abismo o como le decimos nosotros, Las Cataratas Oscuras. Lo extraño fue que hasta el día de la fecha no se conocían registros de tribus indígenas en la zona. 

Una vez tomada la decisión de seguir avanzando una gran tormenta tropical nos obliga a permanecer en el lugar y buscar refugio debajo de los árboles. Las lluvias se extendieron por varias horas y el nivel del agua subió hasta nuestras rodillas (para aquellos que permanecieron en el suelo y desistieron de treparse a los árboles). Perdimos una parte de nuestra comida y se humedecieron nuestros mecheros. Humberto Grecco Uribe, peón de transporte, cae enfermo luego de pasar el temporal y debemos tomar la decisión de dejarlo atrás antes de retomar nuestra expedición. 

El cielo se vuelve púrpura antes del anochecer, los pájaros parecen mirarnos de forma amenazadora, y extrañamente, todas las flores de (absolutamente) todas las plantas apuntan hacia nosotros como los girasoles hacía el sol.

Decido darle descanso a la caravana, continuaremos mañana a primera luz del alba.

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