jueves, 27 de enero de 2011

Séptimo

Tuve que aguantarme sus alaridos al teléfono, escupiendo anécdotas e historias de gente que no conozco ni me gustaría conocer. No me importaba la vida de la amiga de la amigo ni porqué el novio de la conocida dejó a su amante… simplemente no me interesaba. Apoyé el tubo en un costado del sillón y salí al balcón sin darle más importancia.

Ya era tarde, una de esas horas antes de la madrugada donde la gente duerme y descansa. Menos yo (hijo de la noche) mimado por la luna y las estrellas. Las miré buscando una respuesta, buscando como calmar mi enojo y mi tensión, de cómo terminar en paz, de cómo conciliar el sueño.

Me senté en el suelo dejando caer mis piernas al vacío mientras me prendía un cigarrillo. La oscuridad me envolvía, el humo me disfrazaba y yo parecía volar en las alturas del cielo.

Concentrado en como el fuego consumía el tabaco (y en los anillos de niebla que salían de mi boca) pude ver como una luz se encendía no muy lejos de donde me encontraba. En un séptimo piso del tercer edificio contando de derecha a izquierda me concentré en la sombra de un velador que cortaba la figura de una mujer en el umbral de una ventana. Se le notaba furia y bronca. Podía oír sus gritos y reclamos (aunque solo los captaba en mi imaginación) hasta que finalmente se dejó caer en un sillón, exhausta y liberada, lanzando un teléfono lejos por ahí.

De repente (como alguien que se transforma sin darse cuenta), dejé de ser quien era hacía unos minutos atrás. No necesitaba demasiado para convertirme en un animal, para sentirme atraído por una pequeña presa a lo lejos. La idea de hurgar en su intimidad me tentaba, demasiado, casi tanto como su cabello, su inocencia. La distancia era un obstáculo pero hubiese volado hasta ahí solamente para sentarme en silencio a mirarla, ver sus preocupaciones, sus gestos… sentir su perfume… básicamente para espiarla.

Por un segundo cruzó por mi cabeza la idea de esconderme. No quería que algo llamara su atención y que cerrara las cortinas, jamás. No quería ser visto ni descubierto. Quería disfrutarla en su mundo, en mi anonimato. Me quedé en silencio, callado, escondido en las sombras.

La vi apagar un cigarrillo y comer chocolate. La vi limpiarse unas lágrimas y soltar una sonrisa también. La vi con ropa (pero poca ropa al fin). Llevaba un vestido suelto, un vestido que de a poco comenzó a levantarse por una mano en forma de serpiente que se movía suavemente por su cuerpo haciéndose lugar y camino. La vi bailando en el sillón con movimientos seductores, mordiéndose los labios y soltando (lo que fantasee que eran) unos gemidos suaves de placer. Y cuando caí en la cuenta ella se estaba tocando, como una lady que se deja llevar por las caricias, por las sensaciones, por sus deseos más carnales.

Lo que pasaba por mi cabeza era extraño de describir. Hubiese bajado a tocarle la puerta y hacer realidad su imaginación (de ser posible) pero esa era solo mi fantasía, no la de ella. Sentí la boca seca después de unos minutos de tenerla entreabierta. Cuando bajé a la tierra, mis pantalones ya estaban medianamente bajos y sentía el frió de los azulejos del piso en mis muslos. Mi mano abrazaba mi orgullo y sin dejar de mirar nunca a su ventana, comencé a disfrutarla como se debe, con movimientos suaves que pasaban de lentos a rápidos acompañando cada uno de los suyos. Le seguía el ritmo, la perseguía justo para contener la explosión y poder seguir disfrutando de mi mano, o mejor dicho, de la suya.

Acabamos al mismo tiempo. Ella desparramó su placer retorciendo todo su cuerpo y cerrando las rodillas. Yo fui más visceral, solamente apunté al vacío haciendo de cuenta que eran sus pechos los que recibían mis sonrisas, todas mis sonrisas. Me pregunto si me habrá visto, si me contempló como yo a ella.

Hasta entonces no sabía su nombre y tampoco quería saberlo, no todavía. Ya habría tiempo, como para otras fantasías que supimos vivir juntos cuando (en otras noches de soledad) finalmente nuestras miradas lograron cruzarse… pero eso… eso…

Eso es para otra historia.

Me reincorporé subiéndome el pantalón, escondiendo mi miembro ya a media asta. Ajusté mi cinturón y con un beso al viento me fui a dormir en paz.

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