lunes, 17 de enero de 2011

De Mosaicos y Azulejos

Mil ciento noventa y siete mosaicos decoraban el mural de la izquierda. Tres se habían caído por el tiempo y yacían sin vida en el suelo polvoriento. De arriba hacia abajo, los pequeños azulejos iban de colores azules profundo a rosados claros, pasando por verdes agua a rojos carmesí. La mitad de izquierda a derecha se encontraba en sombras mientras que el resto se veía iluminado por un tenue rayo de sol que entraba por un tragaluz en lo alto.

Mil ciento noventa y siete mosaicos formaban una mujer, de mirada acusadora pero sensual, de labios gruesos y cabellos castaños. Envuelta en sábanas (grises por el tiempo) que alguna vez supieron ser blancas, cubrían parte de su cuerpo dejando al descubierto un pecho cálido que terminaba en un pezón del tono apenas más oscuro que el de la piel, desafiando la gravedad y el frío (que estoy seguro supo despertarlo).

Mil ciento noventa y siete mosaicos sabían reflejarla a la perfección, con sus miedos y alegrías, su timidez y lujuria. Me quedé observándola un rato hasta que decidí continuar por mi camino, el pasillo último del cuarto laberinto, aquel que había sido diseñado para guardar un gran tesoro de la ambición de ladrones y cazadores de fortunas.

Ajusté mi morral, tomé una gran bocanada de aire y caminé sin mirar hacia atrás pensando que me encontraría al final de mi destino.

1 comentario:

Amor primario dijo...

El final o el principio de su destino.Pienselo. Son caras de un mismo prima...