Era el manto gris de la nada misma. No había oleaje ni olor a mar, ni siquiera las estrellas se animaban al reflejo en el cielo. Ni barcos, ni botes, ni pescadores. No se veían por ningún lugar. Incluso las leyendas sobre las inmensas carabelas que vigilan las costas parecían ahora fábulas inventadas para asustar a los niños. Sin embargo había algo en el aire distinguible para todos aquellos que pertenecían a la tripulación (que hasta allí había llegado a pie). Frente a ellos, y en todo su tétrico esplendor, se desplegaba el mar de los perdedores y los caídos.
Los esclavos entraron en pánico, continúa la bitácora. Incluso los fuertes hombres de trabajo que tenían las piernas encadenadas intentaron escapar. Se arrastraban por el suelo inmersos en una enfermedad de espanto y miedo. En sus ojos se veía claramente que buscaban desesperadamente huir de la muerte. Intentamos controlarlos, pero preferimos darles descanso eterno, al menos a aquellos que no cayeron en el sueño mágico del lugar. Nos quedamos sin mano de obra antes de poner un pie en las aguas, de eso estoy seguro, termina la página.
Ajustadores y jubinos de armas se llenaron de dudas. Como habrían de cruzar semejante vacío, era una pregunta que daba terror contestar. Quizás ya habían perecido y esto era el deber de cruzar hacía el infierno, muchos de ellos nombraban al barquero del Caronté, que obviamente, jamás apareció. Se escuchaban tintineos de monedas y rezos a dioses perdidos. Las cábalas no sirven para construir embarcaciones. Nadar no era una opción.
Ante esas costas donde la parca había decidido cobrar vidas, ya sea por el terror o las manos de sus dominados, los Valientes decidieron armar campamento hasta encontrar una forma de vencer la desesperanza, o cruzar de alguna forma aquel paisaje al costado del mundo que ni siquiera estas lineas pueden describir con la lealtad que se merece.
1 comentario:
¡Como vos! =)
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