Bostezando como quien no quiere la cosa movió displicentemente la mano dando así por finalizada aquella trágica ceremonia. En el medio del salón, quince cabezas separadas de sus cuerpos decoraban una masacre, sus restos desplomados sin vida se apiñaban en un costado siguiendo el charco de sangre formando un gran piletón de color rojo profundo. El hedor ya comenzaba a tomar protagonismo y este humilde y macabro señor cubría su nariz con un fino pañuelo de seda blanca.
En aquel lugar, alejado de los hábitos de occidente, no se acostumbraba a practicar la cultura del verdugo. Pero fue él, quien una vez que tomase posesión del trono hace dos eternidades atrás, doblegó las leyes e instauró nuevamente este ejercicio para dar fin a la ola de asesinatos que cosechó su pueblo en aquel invierno post coronación. Crease o no, gracias a su personalidad dura de puño de hierro, logró terminar poniéndole punto final a tales actos de terror.
Lo que acababa de suceder, puesto que ya no era necesario, al menos hasta entonces, fue que un grupo de presidarios condenados a trabajos forzados había intentado un motín, tomando prisioneros a los carceleros y hasta algunos familiares que se encontraban allí, justo en vigilia de los festejos por el nacimiento de la nueva estrella del año. Injusto puede parecerles, pero para él, la solución era una sola, rápida y certera. Formaba parte de su deber como sumo señor el de limpiar las calles de tales prácticas y adoctrinar a su rebaño, sea como sea, cueste lo que cueste. Pragmático él, sin pulgas y de pocas palabras, mandó a citar a su campeón para que lleve adelante la proeza de implementar control y devolver la paz, al fin y al cabo, los caminos de piedra debían ser terminados antes del solsticio venidero.
Y este campeón, cuyo brazo no iba a temblar en dar muerte si se le era ordenado, no necesitó de brutalidad semejante para cumplir con su labor. Sangre corrió, miembros se cercenaron si, pero después de unas horas de batalla logró capturar a los rebeldes, con vida, para que sean juzgados como corresponde, bajo la mirada de la ley y de los hombres que la componen.
Bostezó nuevamente sin quitar la pañola de su rostro y levantó su débil cuerpo del trono real. No sentía compasión alguna, no debía tenerla, en su cabeza estaba convencido de que las medidas rápidas y ortodoxas eran la mejor manera de imprimir enseñanza y respeto. Su tarea había concluido y, excepto para aquellos que ahora descansaban en partes separadas bajo la atención de las aves de rapiña, para el bien de su reino que ahora podía seguir con sus diarias rutinas de expansión y crecimiento.
(A los pocos días habrían de tallar un mural recordando la matanza).
(A los pocos días habrían de tallar un mural recordando la matanza).
1 comentario:
Aquellos que descansaban en partes separadas bajo la atención de las aves de rapiña...
Formidable.
No hay otra palabra.
Formidable.
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