Ese hombre de manos ásperas se llamaba Fausto y le decían el filoso. Su apodo no había sido otorgado ni por su barba rala ni por su mirada profunda y pesada, sino por su habilidad para cortar la tensión con frases oscuras de augurios extraños.
En el pueblo de Funes a Fausto no lo querían, pero tampoco hacían nada para molestarlo. Era considerado una especie de místico loco que, a pesar de su moderada edad y su amor por la bebida, solía acertar con sus palabras de cuervo de la tempestad. Cuando Fausto abría la boca, todos escuchaban con atención, pero nadie se atrevía jamás a mirarlo a los ojos.
La última vez que se pronunció en público solamente necesitó golpear con su vaso medio lleno de bermú la mesita en la que se encontraba. Salpicó todo a su alrededor y en el bar reinó un silencio de muerte. Afuera los faroles se abarrotaban con polillas de la noche y el viento hacia golpear la pequeña puerta del lugar, sin embargo nada interrumpió que los clientes del lugar se encorvaran sobre sus cuerpos y le prestaran toda su atención.
Fausto los observó a todos, uno por uno, a medida que ellos corrían su cabezas para no sentirse maldecidos por el filoso.
Una de estas noches, dijo en voz baja, el cielo llorará Tormenta. Ella vendrá disfrazada en el viento y a él lo buscará, pero por un precio muy alto, solamente a ella se llevará. El pueblo tendrá un hijo.
No dijo nada más. Ante la mirada de todo el bar simplemente extendió su mano sobre la botella y se dispuso a seguir con su rutina de borracho. Sin embargo Fausto el filoso había hablado y sus palabras harían mella en asuntos por venir.
3 comentarios:
Me encanta.
Detesto que me dejes con la intriga!
(El bienvenidos con la mejor propuesta posible en el mundo entero)
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