A él le gustaba rodearse de enemigos, lo hacia sentir fuerte y joven, siempre alerta y en guardia. Le resultaba todo un desafío el pasar desapercibido, mezclarse entre los que no eran los suyos, intercambiar historias que no eran las propias, inventar una hazaña y llenarse de laureles sobre su profesión, la cual cambiaba día a día. Su nombre, el cual no dije aún, era todo un misterio. Ayer dijo ser
Milplayo Sacarías, hoy sin embargo su apodo era
El Picapedrero, mañana quien sabe.
1 comentario:
Es la magia de poder ser quien uno quiere en cualquier momento.
Bien por él.
A ver con que nombre se despacha mañana
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