La época de la peste fue una época olvidable, muy dura y cruel. Preferiría olvidar aquellos días nefastos, sobre todo las noches, con interminables lamentos de personas moribundas, jadeantes intentando escapar al abrazo de la muerte. Pero así fueron esos tiempos y los pocos que logramos esquivar la enfermedad hoy la evocamos con dolor y espanto. Las plazas, esas plazas que alguna vez perfumaban el aire con el dulce aroma de los jazmines, supieron convertirse en negros cementerios de humo. Allí, maldita memoria que guardas el recuerdo, amontonaban los cuerpos pútridos en pilas tan altas que llegaban al cielo. Y entonces les prendían fuego y los dejaban en ceniza, una ceniza con olor funerario que ya no cargaba con la peste pero que se respiraba, que teñía las narices de oscuro y flotaba en el aire como niebla.
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